lunes, 8 de octubre de 2012

El principio del final







EL PRINCIPIO DEL FINAL








Siempre imaginé el final como un gran castillo de fuegos artificiales, lleno de luces y de ruidos, y ahora resulta que todo será silencioso, todo se irá apagando como una vela suspirada por un susurro, los científicos le llaman VMH-07 y La Muerte Dulce lo denomina la gente, no hay vacunas ni remedios que inmunice de tal mal. El ser humano crea y destruye, jugó a ser “El Creador”, la omnipresencia en el planeta, todopoderoso…
El tiempo se agota como se apuran las esperanzas, el pueblo se resigna, ya no hay rezos ni oraciones, las mezquitas, las sinagogas, las iglesias, los templos… están vacíos, el silencio y el mutismo en ellos se puede escuchar y acariciar.
Ya no suenan las balas ni las bombas, ya no hay luchas, ni guerras… la paz reina en la tierra. Solo quedaran los ríos, las montañas, los valles, los mares…, la naturaleza salvaje después de siglos de exterminio vence, el hombre pierde y desaparece, se extinguen, ya solo serán como los dinosaurios, fósiles de un mundo perdido.
La Muerte Dulce extiende su mando, no hay rincón por muy escondido que no visite, solo será cuestión de tiempo… el mundo es una catacumba y pronto una necrópolis.   

Aportación de Mamé Valdés del blog Tomara que tu viera 

domingo, 23 de septiembre de 2012

23/09/2012 - Un tiempo eterno







 23/09/2012 - Un tiempo eterno





 

Durante el inicio del éxodo y tras el accidente el grupo se había escindido, Irene se encontraba acompañada de su padre y con su hijo pequeño en brazos durmiendo plácidamente pero su marido y su madre  se habían esfumado junto con otros cuantos viajeros, el grupo se temía lo peor aunque de vez en cuando podían escuchar algunas palabras ininteligibles en la lejanía  que les ayudaban a mantener la esperanza.  Fuertemente abrazada por su padre al tiempo que ella lo hacía con su hijo sus miradas se decían todo lo necesario sin necesidad que mediara palabra entre ellos, ella era una madre muy joven y su padre bien podría haber pasado por su maduro marido, algo que se estilaba mucho entre hombres que contraían un segundo matrimonio tras el divorcio pertinente, el resto de los viajeros parecían estar pendientes de aquel bello trío.

- Papá, papá, - gritó Irene asustada - mira  el niño se está esfumando. - 
- ¡Qué cosas dices hija!
- Que si, que si, que cada vez siento menos su peso
- Pero si lo veo igual que siempre y además duerme como un bendito, anda déjame tomarlo en mis brazos para que puedas descansar un rato.
Al instante de cogerlo notó que, efectivamente, el niño parecía haber disminuido de peso, pero como también se sentía somnoliento pensó que sería producto del agotamiento de sus sentidos tras el accidente.   
Irene dejó caer con cierta brusquedad su cabeza sobre el pecho de su padre y entró como en una especie de trance, se sentía agotada y necesitaba descansar al menos unos minutos.

Ya vuelve, ya vuelve, no dejéis de masajearle el corazón decía aquel médico bajo la luz del quirófano.  Tras aquel aciago accidente aéreo su hospital había sido "tomado" por ambulancias diversas que traían a  los supervivientes, aparentemente la mitad del pasaje. Entre ellos se encontraba una criatura de corta edad protegido por dos cuerpos que le habían salvado  la vida aunque le hubieran medio asfixiado,  el de una mujer joven y un varón maduro, el niño bajo la madre y ésta bajo el torso del hombre.
- Respira, ya respira, se ha salvado-  se escuchó exclamar desde el quirófano.

Es como si aquel grito hubiera despertado de golpe a la joven, 
- Papá, papá donde está mi niño, ¿no te lo había dado? Papá, papá ¿no me escuchas?, papá, papá, despierta. 

El padre abrió medio ojo y abrazó a su hija con enorme cariño,  - Ven conmigo mi niña que del bebé ya se encargará  tu madre, ya sabes lo bien que se le da.  Nosotros  vamos a descansar otro rato,-  y pensó para sus adentros -, un rato eterno cariño mío, un rato eterno pero juntos como siempre, como cuando eras pequeña.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

05/12/2012 - Una sonrisa verdadera








       05/12/2012 - Una sonrisa verdadera










Gustavo limpió su rostro para secar el sudor, se echó el cabello hacia atrás y lo tapó con su viejo gorro de ducha; con la desgastada esponja se embadurnó completamente la cara de polvo blanco y su rostro empezó a tomar un curioso aspecto entre frágil y melodramático, Luego se dispuso a  perfilar sus ojos con el delineador negro. Se dio cuenta que iba a ser una tarea difícil; unas inoportunas lagrimas amenazaban con arruinar la delicada labor de maquillaje. ¡Que tópico! – pensó haciendo una patética mueca. Un instante después se derrumbaba abrazado a su solitaria pena. Por unos breves segundos creyó que no podría seguir, sollozando se miró las manos, le temblaban tanto que casi era incapaz de controlarlas.  

- No eres el único que sufre pero si el único que alegra – le espetó su propia imagen  desde el espejo. 

Sobreponiéndose cogió los polvos de talco y comenzó a empolvarse la cara de una manera briosa, casi con violencia, para evitar que todo se descorriera, luego dibujó su boca y finalmente coloreó sus mejillas. Cuando se colocó la peluca naranja en la cabeza y la bola roja en su nariz, una emoción distinta le recorrió la sangre y se sintió dispuesto para afrontar la última función. La máscara de payaso una vez más le servía para aislar su verdadero rostro. Gustavo había dejado de existir. 

Gelsomín salió del cuarto, con dificultad y a oscuras fue abriéndose paso por entre el dantesco paisaje que mostraba el desolado pasillo. Con sus enormes zapatones caminaba despacio pisando enormes cantidades de gasas deshilachadas, botellas de suero despanzurradas, carpetas con historiales médicos, radiografías y multitud de medicamentos desparramados por el suelo, cada poco tenía que ir sorteando cuerpos y apartando camillas o sillas de ruedas cuyos ocupantes nunca pudieron encontrar cura para la atroz y silenciosa muerte dulce, la misma que ya lo esperaba a él.

Se sentía nervioso, tanto como el día que decidió hacer feliz a su propio hijo vestido de clown. Gelsomín caminaba con la vista al frente, ya no quiso mirar hacia atrás y por fin el payaso llegó a la única puerta de la que salía luz en toda la planta. Durante unos segundos se paró; luego, mirando al cielo cerró los ojos y tomó aire, lo hizo tan profundamente que la nariz de goma a punto estuvo de caerle al suelo.
Fue cuando de un salto entró en la habitación del ajado hospital infantil que los dos únicos niños que allí había le miraron incrédulos y sorprendidos: 

- ¡Bueeeeeenos díaaaaaas!, ¿quien de ustedes quiere una sonrisaaaaaaaaaa? 

- ¡Yooooooo! - Gritaron al unísono.  

Sus ojos en ese instante irradiaban tanta luz como la estrella más brillante del universo.




lunes, 3 de septiembre de 2012

07/10/2012 - Sentir la muerte dulce







07/10/2012 - Sentir la muerte dulce
 






Era consciente de que la muerte dulce llamaría a su puerta, pero lejos de pensar en un triste final, sentía que era un alivio arrebujarse entre sus brazos, rodearse de ese misterio que representa el vacío, el eterno silencio, la nada y dejarse llevar definitivamente hacía la serenidad.

Repasaba mentalmente sus últimos meses,  reteniendo el recuerdo de las personas que le habían acompañado; quería despedirse de todos y de cada uno de ellos, porque empezaba a sentir un cansancio extremo. En su estudio, frente al ordenador, su lugar habitual, testigo de su ingenuidad, recorría en pensamiento la lista de esa buena gente con la que había disfrutado.

Recordó a sus jóvenes seguidores que lavaban la ropa en la lavadora de los sueños, a su amiga de unir puentes solidarios entre los más desfavorecidos, recorrió la granja de Villarochel sintiendo el gorgorito de aves queridas revoloteando a su alrededor; recordó el hablar familiar llano y sencillo de aquella mujer viajera, madura y sensata, de la que aprendió a comerse el tiempo para que no fuera a escaparse, sin darse cuenta, como se escapa apresuradamente la vida; recordó aquel cobijo en donde se refugió con palabras bien escritas que la apoyaron cuando las necesitó; viajó con su mente sobre el mar, posando su mirada en aquel faro, cuya luz serena le había iluminado en momentos oscuros; suspiró recordando al hombre sensible que cada día escribía mejor y el eco de sus palabras cuando no quería que nada le salpicara y entorpeciera  en el camino a  esa colina de sueños; sonrió pensando en los buenos momentos pasados con aquella vital mujer y sus esotéricos pensamientos, que le habían hecho reflexionar sobre el destino o la casualidad; recordó los escritos sinceros de quien estuvo a su lado en momentos difíciles.

Retenía sosegadamente los bellos instantes vividos, cuando de pronto... palideció. Se vio en la cuneta como un fardo envuelto en papel de desprecio y desaire, en ese mismo instante se abrió la puerta de su estudio.... Venían para llevarse todo el material informático: ordenadores, disco duro, impresora, accesorios, etc., porque había prometido finalizar esa etapa virtual para dedicarse a otras actividades. 

Sintió paz en el silencio, calma en la nada.

Cerró los ojos y se abrazó a esta muerte dulce que tanto había deseado para liberarse de ataduras inútiles y estériles.


martes, 21 de agosto de 2012

12/10/2012 - Claustrofobia







    12/10/2012 - Claustrofobia





¡El hombre, no se lo podía creer!. Quería salir de su pequeño utilitario, pero por mucho que empujaba, no se abría ninguna puerta. Lo intentaba una y otra vez y nada. Rompería los cristales, si estos no bajaban, con las manos o con los zapatos. Nada. Le entró un sudor frío que le empujaba a una velocidad de vértigo hacia el desespero, directamente al abismo. Los otros coches, que como él estaban atrapados en aquel atasco de tráfico en una calle de salida de la ciudad, lo miraban con la indeferencia, con que se mira al vecino de al lado: de soslayo. Las señoras conductoras, muy puestas en su papel de señoras estresadas, por la familia y el trabajo, seguían hablando por teléfono mientras repasaban con la mirada el aspecto de sus manos y el maquillaje de su cara en el espejo retrovisor. Los hombres casi siempre con papeles, revisando quietos sus asuntos, sus papeles, sus periódicos...

Incluso en aquella escapada masiva provocada por un enemigo desconocido e invisible, cada cual iba centrado en sus propios asuntos y preocupaciones.

Todos parecían no darse cuenta de nada y tampoco sospechaban que aquel hombre, atrapado dentro de su vehículo, luchaba con todas sus fuerzas para que le vieran. El tiempo pasaba. El atasco no se disolvía y nadie se movía. Todos sin pestañear eran completamente ajenos a la gran angustia de aquel hombre atrapado y medio ahogado.

Pronto se dio cuenta de que ya no lo veían, habían desaparecido de su vista y él tampoco podía mirarlos a ellos. El vaho de su propia respiración ya no le dejaba ver nada con claridad. Y esto le aturdía más y más. Cada vez más. No podía  chillar y ya no veía a nadie para pedir auxilio. Solo se trataba de que abriesen la puerta desde fuera, pero no lo sabían ni nadie se percató de la situación. Ni al tocar insistentemente el claxon, solo recibió que protestas con más pitadas, hasta que agotó la batería. El miedo se adueñó de él. Se encontraba desvalido. Luchaba contra todos los elementos y contra su propio miedo. Se sentía perdido, solo en el mundo y abandonado a su suerte. Ya no quedaba nada donde aferrarse. Nada.

Cerró los ojos, quería descansar un poco. Si, si eso, descansar. Enseguida se dio cuenta que lo conseguiría, en un lugar que hasta entonces no había atinado. 
Bajo la cabeza hasta los pedales del acelerador y el embrague. Ya le empezaba a entrar por una pequeña rotura de la junta de goma el aire fresco de la playa, aquella playa desierta que hacia tanto tiempo soñaba. Y allí estaba ¡¡¡Santo Dios que felicidad!!! Era el goce supremo que por fin empezaba a tocar con la punta de  los dedos.

Aportación de Montserrat Sala del blog Refexións en veu alta


domingo, 5 de agosto de 2012

Cuando acabe todo

Poema para un Apocalipsis

 Cuando acabe todo


Cuando acabe todo lo que conocemos,
y el todo sea la nada perdida en la nada,
la soledad disuelta en cenizas,
el vacío intangible de la no existencia.
Cuando ya no tenga sentido la vida,
ni el poder, ni el más fuerte, ni el futuro, ni el éxito.
Y nos quede tan solo un instante fugaz
en el que aferrarnos a lo que más queremos
y apretarlo tan fuerte contra nuestro pecho
que apenas quede espacio para ese frío suspiro
que nos arranca el alma y hace dulce la muerte.
Cuando acabe todo lo que conocemos,
quedaremos tú y yo para siempre

miércoles, 1 de agosto de 2012

24/09/2012 - La última mirada



 



24/09/2012
 La última mirada


 



Hacía semanas que no salían a la calle para evitar el contagio, habían adquirido todo lo necesario para poder atrincherarse en el departamento desde que se habían enterado de la expansión del virus VMH-07.
Las noticias eran cada día más nefastas. En la ciudad ya casi no quedaba gente con vida, los hospitales estaban cerrados, habían desbordado de pacientes que a pesar de los esfuerzos habían fallecido y que, sin saberlo ni quererlo, habían infectado a todos los que se habían cruzado en su camino.
Pero ahora por fin había llegado el momento.
La noche anterior su mujer  había pasado por un infierno de dolor, pero las contracciones más fuertes habían sido esa mañana.
Este era el día que habían esperado toda su vida. Les había costado tanto poder engendrar a ese hijo que cuando su mujer le dijo que estaba embarazada pensaron que había sido un milagro. Después de tantos años de tratamientos, estudios y medicaciones, cuando al fin se habían dado por vencidos, ocurrió lo inesperado.
Los primeros tres meses habían permanecido callados, mirándose todos los días llenos de miedos, sin decir casi nada. Como si el mundo fuera de algodón. Después del cuarto mes se relajaron y le dieron a todos la noticia. Y  luego cada día había sido un nuevo descubrimiento para los dos. Cada ultrasonido, cada monitoreo se había convertido en un acontecimiento.
Cuando empezó la locura del virus, y aunque todavía no se conocían bien las razones ni los riesgos, habían decidido suspender todo, no arriesgarse ni un minuto más a contagiarse  y tener el bebé en casa.
Esa mañana cuando las contracciones de su esposa le indicaron que ya era el momento preparó la cama con sábanas limpias, agua, desinfectante y pinzas para cortar el cordón. Ya habían practicado el procedimiento miles de veces y estaba listo.
El parto fue rápido, el bebé salió a la vida de una disparada, sin desgarros ni desarreglos. Así como asomó a la vida, lo tomó entre los brazos, lo limpió con una toalla húmeda,  le cortó el cordón y se lo puso a su esposa en el pecho.
Menos mal que el obstetra no se había equivocado con la fecha del nacimiento.  No le quedaba mucho tiempo más. No se resignaba a  perderse la oportunidad de verle la cara a su hijo y tampoco de poder disfrutarlo al menos por esas horas que le quedaban.  El día anterior había sentido  un cosquilleo que le recorría las piernas y las manos, sabía lo que se le anunciaba, pero no dijo nada, era demasiado tarde para dar la mala noticia, si él estaba infectado todos en su hogar también lo estaban. La muerte dulce ya estaba cerca.  Evidentemente el virus se había fortalecido en todo ese tiempo y ya no respetaba ni siquiera a los que se habían mantenido aislados.
Cuando terminó de limpiar todo, se recostó al lado de su esposa que con los ojos empañados le mostró sus manos adormecidas. Ella también había sentido los síntomas desde el día anterior y no se había animado a decir nada. Se abrazaron en silencio y dejaron correr las lágrimas. Después los rodeó el silencio.
Ambos posaron sus ojos en los ojos de su hijo,  que acurrucado sobre el pecho de su mamá ya respiraba con dificultad,  y  esperaron. Hasta sentir como  la muerte se hacía dulce por el amor reflejado en esa última mirada.