domingo, 22 de enero de 2012

Crónicas de la Muerte Dulce - Relato Completo

 


CRÓNICAS
DE LA MUERTE DULCE







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PRÓLOGO

“… mensaje grabado y de difusión continua en determinadas frecuencias para todo el planeta, también ha sido enviado al espacio en forma de ondas de radio y en todas los lenguas conocidas de la Tierra, incluidas las lenguas muertas. El aparato que lo reproduce se alimenta de energía solar inagotable por cientos de años. El fin de ésta grabación es difundir y explicar, a posibles generaciones futuras y a cualquier ser que tenga capacidad de comprensión, las causas que han llevado a la aniquilación, probablemente total, de la Humanidad.  

El 14 de agosto de 2012, un fallo durante la manipulación genética de un virus diseñado íntegramente en un laboratorio de alto secreto, provocó su propagación de forma incontrolada y letal. Se trata del virus  VMH-07, más conocido como el virus de la muerte dulce. Se propaga por el aire, por contacto y por todo tipo de fluidos corporales, llegando a traspasar las mascarillas de uso habitual. Es el virus más potente y destructivo que haya conocido jamás la raza humana, incluso una simple conversación con un portador, es suficiente para contagiarse sin remedio. No se conocen excepciones y no se ha encontrado cura. En sólo tres meses ha exterminado a dos terceras partes de la población mundial.
El virus tiene un periodo de latencia de veinticinco días, sin que sea posible detectar su presencia en el organismo humano hasta que se vuelve activo, es entonces cuando su virulencia se torna  rápida y mortal. En apenas treinta y dos horas culmina una destrucción masiva de todas las partes blandas del organismo, corazón, riñones, bazo, páncreas, hígado y pulmones. En aproximadamente la mitad de ese tiempo el corazón ya ha dejado de latir. En ningún momento los infectados dan síntomas de dolor, sólo unas ligeras punzadas en el pecho, semejante a un pequeño infarto, precedido por un insistente cosquilleo en manos y piernas como consecuencia de la deficiente circulación de sangre…”










EL PRINCIPIO DEL FINAL







Siempre imaginé el final como un gran castillo de fuegos artificiales, lleno de luces y de ruidos, y ahora resulta que todo será silencioso, todo se irá apagando como una vela suspirada por un susurro, los científicos le llaman VMH-07 y La Muerte Dulce lo denomina la gente, no hay vacunas ni remedios que inmunice de tal mal. El ser humano crea y destruye, jugó a ser “El Creador”, la omnipresencia en el planeta, todopoderoso…
El tiempo se agota como se apuran las esperanzas, el pueblo se resigna, ya no hay rezos ni oraciones, las mezquitas, las sinagogas, las iglesias, los templos… están vacíos, el silencio y el mutismo en ellos se puede escuchar y acariciar.
Ya no suenan las balas ni las bombas, ya no hay luchas, ni guerras… la paz reina en la tierra. Solo quedaran los ríos, las montañas, los valles, los mares…, la naturaleza salvaje después de siglos de exterminio vence, el hombre pierde y desaparece, se extinguen, ya solo serán como los dinosaurios, fósiles de un mundo perdido.
La Muerte Dulce extiende su mando, no hay rincón por muy escondido que no visite, solo será cuestión de tiempo… el mundo es una catacumba y pronto una necrópolis.   




Poema para un Apocalipsis

 Cuando acabe todo
Cuando acabe todo lo que conocemos,
y el todo sea la nada perdida en la nada,
la soledad disuelta en cenizas,
el vacío intangible de la no existencia.
Cuando ya no tenga sentido la vida,
ni el poder, ni el más fuerte, ni el futuro, ni el éxito.
Y nos quede tan solo un instante fugaz
en el que aferrarnos a lo que más queremos
y apretarlo tan fuerte contra nuestro pecho
que apenas quede espacio para ese frío suspiro
que nos arranca el alma y hace dulce la muerte.
Cuando acabe todo lo que conocemos,
quedaremos tú y yo para siempre
 y un amor eterno.

 

Las Crónicas de la Muerte Dulce




 

 31/08/2012 - El hijo del notario
(Aportación de José Vte. García del blog Ya que digo...)




“A quien madruga Dios le ayuda”. Para Rogelio Maldonado Llorens no había mejor refrán que reflejara la actitud que todos esperaban que él tomara ante la vida.

Educado desde bien niño bajo una estricta disciplina, siempre trataron de inculcarle los más altos valores como la puntualidad, la educación y el rigor. Su padre, Don Vicente Maldonado y Piquer reputado notario, murió cuando él sólo tenía ocho años, víctima de un infarto al salir de su propia notaría en el centro de la ciudad.

Su madre, Doña Amparo Llorens Ibáñez, con el corazón envuelto en un luto ya permanente, no tuvo más remedio que vender la parte de la notaría al socio de su marido, paso obligado para afrontar las numerosas deudas heredadas de su esposo el notario, fruto de un excesivo y secreto interés por el juego y la vida disipada. 
Doña Amparo se dedicó en cuerpo y alma en dar la mejor educación a su hijo. Lo matriculó en los más selectos colegios estrictamente privados y católicos que pudo encontrar. El dinero ya nunca fue un problema. Muchos clientes y amigos de su difunto esposo estaban encantados de devolverle algunos de los muchos favores que en vida de éste contrajeron. Doña Amparo siempre fue muy discreta con  los documentos minuciosamente guardados en la secreta caja fuerte que un día encontró por sorpresa.    

El joven Rogelio, marcado por la inesperada muerte de su padre, mostró siempre un impenetrable halo fatalista y algo taciturno que arrastró toda su vida, era un estudiante mediocre pero voluntarioso como pocos. Logró entrar en la universidad y conseguir, tras siete años de duro empeño, su licenciatura de derecho. El sueño de Doña Amparo de que su hijo recuperara la notaría perdida estaba más cerca. Fue entonces cuando, tras una reveladora charla con el antiguo socio de su finado esposo, consiguió que lo contrataran como pasante en el despacho.
Era Rogelio un hombre alto y extremadamente delgado, de rostro adusto y mirada escurridiza que, unido a la pronunciada calva que lucía desde muy joven y a que siempre iba impecable y elegantemente trajeado, le confería un aspecto frágil y bondadoso. Era amable y exquisitamente educado pero algo huraño y frío en el trato y su excesiva timidez, rayando en lo paranoico, creaba cierta aversión entre quienes no lo trataban con asiduidad. Nunca tuvo amigos conocidos a excepción de algún compañero ocasional por motivos laborales o de estudio. Tampoco jamás se le conoció relación con mujer alguna.

Cuando no trabajaba o tras acabar las horas de estudio reglamentadas por Doña Amparo, Rogelio se encerraba con llave en su estudio durante horas. Allí, aislado de legajos, documentos y libros es donde se sentía realizado y el mundo que creaba se convertía en verdaderamente el suyo.
Rodeado de  su proyector y de cientos de películas del Hollywood clásico, Rogelio hacía algo más que visionarlas, las rememoraba, las interpretaba, las vivía. Sabía de memoria los diálogos de prácticamente todas ellas. Disponía de un gran vestidor, discretamente oculto, donde  guardaba infinidad de trajes de los personajes de aquellas películas, muchos de ellos valiosos originales comprados a coleccionistas y en subastas. Le fascinaba vestirse de mujer y encarnar a los grandes personajes; a la Garbo de Anna Karenina o la Marlene Dietrich de el Ángel Azul. Rogelio no se consideraba homosexual, en realidad no sabía si lo era o no, tampoco le importaba, su travestismo no era más que la estimulante manera de identificarse con los personajes que interpretaba.

Ese día no veía llegar el momento de terminar su trabajo en el despacho. Llevaba ya varias horas que no se encontraba bien, tenía una extraña sensación, pero no era raro que en ocasiones se sintiera nervioso cuando le esperaba una velada especial y hoy era la noche de la diosa.
Después de cenar con su madre, subió a su estudio, se aseguró de cerrar con llave  y se dispuso a disfrutar del gran momento. Ya lo había vivido otras veces, pero cada una de ellas siempre era diferente. Con cuidado colocó en el proyector “El Crepúsculo de los Dioses”, luego, de una manera ceremoniosa se fue vistiendo y maquillando como su admirada Gloria Swanson. La película se empezó a proyectar llenando la estancia de deslumbrantes y tintineantes luces y sombras y Rogelio, envuelto en una atmósfera decadente e irreal, interpretó cada escena y cada diálogo como la mejor obra de su vida.   
Cuando llegó el momento cumbre, Rogelio ya no existía, era la propia Norma Desmond quien bajaba aquellas escaleras imaginarias mientras con un intenso gesto dramático recitaba, dirigiéndose a su propio público admirador, el inmortal diálogo de la estrella:

"Estoy muy contenta Sr. De Mille, ¿le importa que diga unas palabras?.. Gracias. Solo quiero decirles a todos cuanto me alegro de estar en los estudios otra vez. No saben cuanto los he echado de menos. Prometo no volver a abandonarles, porque después de Salomé, haremos otra película y después otra. Es mi vida y siempre lo será... No existe nada más, solo nosotros, las cámaras, y toda esa gente maravillosa en la oscuridad... Sr. De Mille, estoy preparada para mi primer plano”.

Y fue en ese momento casi sobrenatural cuando Rogelio cayó fulminado por un fuerte dolor en el pecho. Horas después, cuando lograron entrar en la habitación, su madre pudo comprobar que aquel hombre extrañamente vestido y maquillado de mujer en una sala oscura y con un proyector de cine emitiendo luz blanca, era su hijo y que su rostro inmóvil mostraba una mueca serena y feliz como pocas veces en su vida le había visto.

Rogelio Maldonado Llorens, murió aquella tarde de un infarto fulminante, igual que le ocurriera a su padre. Tenía treinta y un años.
Al día siguiente su muerte fue noticia en todos los noticiarios y en la mayor parte de los periódicos del país. Lo extravagante del caso levantó una gran expectación en todos los medios. Durante varios días no se hablaba de otra cosa. Su vida fue desmenuzada y pasó a formar parte de todas las tertulias del corazón y de la de sucesos. Rogelio, hombre discreto  como pocos, se convirtió, sin pretenderlo, en una celebridad como todas aquellas estrellas a las que con tanto afán revivía.

Dos semanas más tarde, Doña Amparo a quien ya la cabeza se le había ido definitivamente, comprendió a medias que su hijo la había dejado sola y fue en uno de los escasos momentos de lucidez, o quizás no, que encargó que colocaran en la entrada de la cripta familiar donde estaban enterrados su marido y su hijo, una inscripción con
Una misteriosa frase que decía:
“El corazón tiene razones que la razón no entiende”



  

     05/09/2012 - Atrapados en las nubes




Me recuesto en el asiento. Intento buscar una postura para dejar de notar el entumecimiento en las piernas. Llevo casi cuatro horas sentado sin moverme y aún quedan aproximadamente cinco más… A mi lado, una señora mayor, con arrugas por todas partes, un vestido de lo más hortera y toda enjoyada, ronca como un oso invernando. Y sí, sus proporciones físicas se aproximaban bastante a las de un oso. Llevo cuatro horas sentado porque dicha señora lleva dormida desde que empezó el viaje y, como soy tonto, me sabe mal despertarla.

¡Quien me mandaría a mi irme de viaje hasta Miami, con lo bien que estaba yo en mi casita de Madrid! Eso solo se lo debo a mi, desde hace una horas, nada querido amigo Carlos por ponerme la miel en la boca sin avisarme de las consecuencias. Y aquí estoy yo ahora, rodeado de jubilados, parejas recién casadas y niños tocapelotas en un viaje de diez horas, en un avión claustrofóbico a no sé cuantos kilómetros del suelo. Bueno, del suelo, no. A no sé cuantos kilómetros de distancia del agua, porque si me asomo a la ventana, veo el mundo ahí debajo acuoso y de color azul. El Océano Atlántico rodeándonos por todas partes en todo su esplendor.

Un fuerte golpe en el avión me hace volver de mi ensimismamiento. La señora se despierta bruscamente y me pregunta que pasa. Yo miró en todas direcciones. Todos los pasajeros parecen nerviosos y al igual que yo, buscan a las azafatas con la mirada.

Aparece una de ellas, con su traje de chaqueta negro y su horrible gorrito a juego, con la frente perlada en sudor nos intenta tranquilizar con unas cuantas palabras que suenan nerviosas, huecas y uniformes, como un robot al que le han enseñado a decir un puñado de frases y las suelta de retahíla… Algo va mal.

De repente, unas tres filas de asientos por detrás del mío, se oye un grito. Me levanto sobre mi asiento y hecho un vistazo. Una mujer está llorando, medio enloquecida, y se levanta de su asiento para alejarse de su compañero. El hombre tiene los ojos abiertos de par en par, pero no ven. Desde esa distancia sé, sin acercarme, que ese hombre está muerto. La histérica mujer comienza a decir a voz en grito que su marido no respira.

El caos se apodera del avión. La azafata rompe a llorar, los niños rompen a llorar y la mujer-oso, a mi lado, rompe a llorar. Yo no lloro, pero me inquieto. Observo a la azafata, ahora acompañada por otra que acaba de salir de la cabina de los pilotos. Ambas están en estado de desesperación. Me levanto como puedo, esquivando a la vieja, y me acerco a ellas. Intento tranquilizarlas, aunque es del todo imposible, y me entero, entre susurros entrecortados y llantos desgarrados, que los pilotos, ambos, están inconscientes en la cabina de mandos.

Noto que me entran sudores fríos y, dejando de lado las normas, entro por la puerta que da a la cabina. Las azafatas no me lo impiden.

Allí están los dos. Vestidos con sus uniformes y recostados en sus asientos. Uno de ellos tiene la mano derecha aferrada a la muñeca izquierda y tiene los ojos cerrados. Sin embargo, el otro piloto tiene los ojos abiertos, con una expresión de sorpresa que me deja helado. Inmediatamente, pienso en el hombre que acaba de morir ahí fuera.

Ya sé que el piloto número dos está muerto, pero aún así le tomo el pulso. Aún está caliente, así que debió fallecer hace escasos minutos. Con un poco de vana esperanza le tomo el pulso al primero y compruebo que, efectivamente, no oigo ni un latido dentro de él. Éste está más frío. Debe de llevar muerto al menos una hora. En mis cavilaciones, acabo por hacerme la idea de que pensaron que se había desmayado y no le dieron demasiada importancia para no alarmarnos a los pasajeros. La realidad ahora es que hace ya rato que el avión va con el piloto automático y sin nadie que lo gobierne.

Casi inmediatamente comienzo a sentir un cosquilleo en las manos, siento que me invade un terror irracional y salgo corriendo de la cabina. ¿Qué está pasando allí? ¿Por qué hay tres muertos en el avión? ¿Qué coño los ha matado?

El avión por dentro es un hervidero de gritos, histeria colectiva e insultos por doquier. Esto me da por pensar que la noticia de que volamos en dirección al mar, sin pilotos, se ha extendido irremediablemente. Las madres agarran a sus hijos, las parejas se abrazan entre si y yo solo pienso, en un ataque de locura momentánea, que soy gafe y que solo a mí podría pasarme que, con el miedo que le tengo a volar, me haya dejado convencer por mi ahora asqueroso ex-amigo Carlos, y dicho avión vaya estrellarse en cuestión de unas pocas horas.

Me siento en mi sillón y me pongo a llorar como un niño. Voy a morir encerrado en un avión. Vamos a morir todos. Estamos atrapados en las nubes y, en cuanto el combustible acabe, nos precipitaremos en caída libre vete a saber donde. Pienso en mi ex-novia y en el capullo al que creía mi amigo. Ahora ya no me parece tan grave que me pusieran los cuernos en mi propia cama. Pienso en mis padres, a los que dejé preocupados después de anunciarles este viaje relámpago para visitar a Carlos y a sus nuevas amiguitas. “Un viaje para pasarlo bien y conocer al bombón de Pamela, ¿no te encantaría conocer en persona a ese pibón?” me dijo. En este momento me da igual Pamela, me da igual Miami y me da igual todo. Solo desearía que todo fuera una aterradora pesadilla y que, al despertar, la señora que está a mi lado, siguiera roncándome estruendosamente al oído.

Me viene a la mente las escenas de tantas películas en las que alguien grita, “¿Hay algún médico en la sala?” y siempre aparece algun médico o algún piloto que los salva a todos; ahora comprendo que esas gilipolleces solo pasan en las películas, que nadie de los allí presentes tenemos ni puta idea de cómo funciona un avión.

Los cosquilleos de mis manos se hacen cada vez más insoportables y ahora también lo siento en las piernas. Ya no es un cosquilleo leve, ahora lo noto incesante, como miles de agujas clavándose poco a poco en mi piel. Noto los oídos algo embotados. Los gritos a mi alrededor parecen como amortiguados, como si estuviera escuchando desde detrás de un fino cristal. Intento relajarme, cierro los ojos e inspiro hondo y es entonces cuando noto la fuerte y palpitante presión en el pecho. Un dolor que me impide respirar y entonces, todo se vuelve negro…









17/09/2012 - Inmortalidad perdida
(Aportación de Anna Jorba del blog Sir Enry Baskerville)






CAPITULO I

Llevaba años trabajando en aquel yacimiento del casco antiguo de Barcelona y nunca imaginó que aquellos restos materiales fosilizados,  de vida humana ya desaparecida,  la hubieran llevado a aquel resultado tan sorprendente;  sus estudios estaban en la última fase de investigación, aquellos fósiles de alto valor paleontológico, clasificados para su comercialización, demostraron tener los resultados más eficaces jamás conocidos  en los laboratorios de biología. Un rotundo éxito científico y tecnológico.

Descubrió el secreto de la vida en aquella minúscula molécula, aquello que tantos científicos estudiosos  habían soñado encontrar. Siempre el ser humano ha querido sobrevivir, frenar el envejecimiento, llegar a la longevidad en plenas facultades y Anne Jhorben Reicarth, encontró el camino llegando a las comprobadas y  certeras conclusiones, que  basadas en el método científico, conferían a su descubrimiento la propiedad de único.

Había procesado en el laboratorio aquel "nummulites" de la Era Cenozoica,  del que estrajo la molécula AJR59 que daba vida a aquel gusano  microscópico, el llamado "Mureropodia apae", encontrado en la roca caliza;  el cultivo llevaba meses y ese preparado,  catalizado con Acetato de plomo y  neutralizado con glicerol,  que confería al elixir un sabor dulzón agradable estaba preparado y no daba lugar a dudas, que la reacción en cadena de la polimerasa, evidenciaba,  que  con un índice de fallo del 99'99% los resultados eran excelentes:  ¡el hombre sería inmortal!.

Había donado todos sus conocimientos al servicio de la humanidad, no sin antes solucionar la idea de la inmortalidad. Conociendo la condición humana de ambición y codicia, reguló minuciosamente la distribución del elixir  para que llegara a todos los continentes, sin que mediaran (como es habitual) los intereses de los más poderosos,  y  ultimó las bases de la creación de la altruista fundación  ONNC (Organización de Nuevas normas de Convivencia) a través de la cual los seres humanos que ingerían el elixir, además de inmortales se tornarían absolutamente respetuosos con sus semejantes y con el planeta tierra.

CAPITULO FINAL

Descansaba tras una larga jornada de trabajo cuando en su computadora por video-conferencia saltó la alarma;  al parecer las previsiones de las profecías de los Mayas se estaban cumpliendo, el caos y la destrucción al otro lado del Atlántico había empezado a acontecer.
El  equipo de su amigo, el más prestigioso científico estadounidense Jhosep Vincent, intimo colaborador de la doctora del Nobel Carol Greider con quien había estado trabajando intensamente en los últimos tiempos,  no podía impedir  la activación del  virus VMH-07,  causante de la "muerte dulce" y su propagación incontrolada y letal ya era una desoladora realidad.

Anne, y sin tiempo que perder, se disponía a poner en marcha todos los mecanismos de distribución del elixir Revital©AJR porque no dudaba que era la única esperanza ante los fatales acontecimientos que se avecinaban;  intentó ponerse en contacto con su laboratorio, pero no respondía nadie al teléfono, decidió acercarse sin tiempo que perder;  apresuradamente bajó las escaleras de su dormitorio cuando le sobrevino una somnolencia súbita,  al llegar al salón encontró a su marido postrado en el sillón, con una extremada palidez,  se sentó su lado,  le cogió de la mano, él sonrió cerrando los ojos,  es entonces cuando tuvo la certeza de que el virus de "la Muerte dulce" les había infectado... y Anne, sin fuerza para evitarlo, comprendió que era el final.


      

      18/09/2012 - Feliz cumpleaños
        (Aportación de Teresa Oteo del blog Puntos suspensivos)
   




 
Hoy cumplo cuarenta y tengo la certeza de que es mi último cumpleaños.

No puedo decir que me siento feliz porque no sería cierto pero sí he decidido celebrarlo. Daré una fiesta en  mi casa esta noche, nada multitudinario ni ostentoso aunque bien pudiera haberlo hecho, de poco me van a servir ya los ahorros que tengo en el banco o el plan de pensiones.

Estaremos en familia: mi marido, mis hijos, nos acompañarán mis padres, vendrán también mis hermanos con sus parejas, mi sobrina… pobrecilla, apenas hace unos meses que empezó a vivir… y algunos amigos, los más cercanos; otros ya no viven para poder acompañarme hoy, el maldito virus VMH-07 los infectó y acabó con sus vidas dejándonos una amarga sensación de impotencia, se fueron sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo.

Ha sido una cena muy agradable, tranquila y divertida, sin tensiones familiares ni malos rollos.

La noche transcurrió rememorando anécdotas de cuando éramos pequeños y recordando buenos momentos; nos hemos reído, nos hemos abrazado y, por unas horas, he conseguido que olvidaran que nuestros días estaban contados.

Saqué la tarta de la nevera, de selva negra, mi favorita y unas botellas de cava.
Brindamos por el pasado, no tenía sentido hacerlo por el futuro.

A la mañana siguiente hallaron nuestros cadáveres. Después de todo tuvimos una muerte dulce, puse el veneno en la tarta,  nadie lo notó; lo más duro fue darle ese biberón letal a la niña, se me saltaban las lágrimas mientras lo hacía, solo yo sabía que  era el último que tomaba.
Decidí por todos, es cierto, pero no me arrepiento; yo ya estaba infectada,  el contagio era inevitable.

En nuestro último aliento permanecimos juntos y fuimos felices.







19/09/2012 - Amor de verbena



Eran las fiestas de San Genaro y Alex y su banda tocaban, completamente entregados, las canciones programadas y otras que le iba pidiendo la entusiasta y agradecida audiencia de aquella recóndita aldea alejada de casi cualquier lugar.
Todo el pueblo, más concurrido que nunca, estaba en la plaza engalanada, los niños correteaban alegres y alocados por entre la gente, los hombres daban buena cuenta de los botellines de cerveza que se iban amontonando en las improvisadas barras que por toda la plaza habían dispuestas, y las mujeres y los jóvenes bailaban agradecidos a los sones de la versión que Alex y su grupo hacían de Black Eyed Peas y otros cantantes de moda.

Todos allí eran ajenos a cuanto sucedía en el mundo. Ese día todo lo que no fuera diversión estaba prohibido.

Hacía rato que Alex se había fijado en un grupo de jóvenes, y en especial en una de ellas que lo miraba con ojos entre tímidos y seductores, bailando con un ritmo acompasado, mientras daba pequeños sorbos a través de una pajita metida dentro de un vaso de plástico.
Alex era consciente de que estar ahí arriba era un imán para muchas jóvenes, atraídas por lo que ellas consideraban el fulgor de alguien famoso por el simple hecho de estar subido a un escenario. Alex no dudó en seguirle la corriente, y así se inició un juego de miradas y seducción entre ambos. A sus veintinueve años sabía muy bien como atraer a jovencitas como ella. Esa era una ventaja a la que raramente renunciaba. Hoy menos que nunca.

Al terminar la verbena, Alex y su grupo fueron a la escuela y allí hicieron uso de las duchas a modo de camerino, algo muy habitual en aquellos bolos de verano por los pueblos. A la salida, y tal y como habían quedado mediante gestos y guiños, estaba Rosa, así dijo llamarse la joven, esperando bajo un árbol en una zona semioscura y algo alejada de la escuela y de la plaza. Cuando Alex llegó, la saludó con cortesía mientras le  pasaba un cigarrillo de marihuana a medio consumir, ella inicialmente lo rehusó, pero ante la insistencia de él, finalmente lo aceptó, dando unas profundas y desenvueltas caladas. Era Rosa una morena de diecinueve años recién cumplidos, de complexión recia y prominente pecho, aunque no muy alta; sus ojos color caramelo era lo que más sobresalía de un rostro decididamente vulgar aunque agradable. Apenas había salido del pueblo y trabajaba ayudando en la carnicería de su padre. Y lo más interesante para Alex, nunca había tenido novio ni relaciones con otros chicos.

Alex, halagador y zalamero, fue envolviéndola en un halo de irrealidad con lisonjas y preguntas interesadas que la hacían sentir importante y única. Rosa se sentía bien junto a él, la escuchaba y parecía entenderla; así es que no tuvo ningún reparo en contarle cuan harta estaba de todo. Le contó lo reprimida y sola que se sentía en aquel pueblo perdido en mitad de ningún sitio y lo aburrido de no ver nunca a nadie salvo a las cuatro abuelas chismosas que acudían a la carnicería; le explicó su hartazgo de vivir  durante meses y meses casi sin amigas, todas estudiaban en la capital, y sin apenas distracciones. Su madre hacía ya varios años que había muerto, según dijo Rosa también de aburrimiento, y las peleas con su padre eran continuas. Hacía ya tiempo que le rondaba por la cabeza irse de allí.


Esa noche iba a ser la de su verdadera liberación.

Mientras se sentaban bajo la tenue luz de la luna de Septiembre, Alex dejó salir toda su aura de seductor implacable, aunque no pudo evitar sentir una cierta empatía por aquella joven que había abierto su corazón a un desconocido como él. Eso le gustó, hacía más tentadora la conquista.

Le gustaba Rosa, le había caído bien su franqueza y hasta hubiera jurado que empezaba a sentir cierta atracción hacia ella. Idea que rápidamente retiró de su cabeza.
Con seguridad y delicadeza la fue empujando hasta el suelo, ella quedó allí esperando  y entregada, él la miró con deleite durante unos segundos. Luego, mientras en el pueblo lanzaban los fuegos artificiales que anunciaban el fin de las fiestas de San Genaro, Alex sacó de uno de sus bolsillos una pequeña navaja de apenas cinco centímetros. Rosa embriagada por el momento no  fue capaz de detectar ningún peligro, ni siquiera cuando, con una mano, Alex le tapaba suavemente la boca mientras con la otra le hacía una pequeña incisión en el cuello para rápidamente comenzar a absorber su sangre.

Desde hacía algunas semanas corría el rumor de que una epidemia estaba asolando el planeta dejando miles de muertos a su paso, la muerte dulce la llamaban, también decían que bebiendo la sangre de una virgen se lograba ser inmune al virus. Alex no quería morir.








21/09/2012 - Una dulce muerte




En nuestro mundo actual, existe una palabra nueva que aterra, que hace que tiemblen todas nuestras más sólidas convicciones, que se hundan todas nuestras esperanzas de vida y de felicidad, que nos hace incrédulos en Dios y en la fe cristiana, desagradecidos con la madre naturaleza y consigue que nos revelemos al destino, que perdamos la confianza en todo y en todos. Nuestra moral se tambalea, nuestro carácter se agria y todo se nos viene abajo solo de oír su nombre.  Nadie se atreve a pronunciarlo nunca. Para nada. Solo oírlo produce un desagradable escalofrío. Impacta, impone, inflige.
Nos humilla, y nos puede desde todos los frentes, aunque a veces parece utilizar, una delicadeza y unas maneras completamente ajenas a sus propósitos, a su meta final, al cumplimiento de su desafortunado trabajo, de su mayor dedicación. No hay que fiarse si viene disfrazada y sin su guadaña, porqué no tarda mucho en sacarla y enseñar a todos su furibundo poder. Su tenebroso objetivo: Llevarse con ella al desgraciado/da de turno.
Esto no parece la muerte dulce que asola, pero si que lo es. Seguro. Porque el que padece Alzheimer, no llega nunca a saber que esta condenado sin remisión, y si lo sabe no lo puede asimilar, ni comprende ni se pregunta el porque va a irse poco a poco, sin prisa pero sin pausa. Irremediablemente, sin sufrimiento, cada día un poco más a la orilla, un paso más hacia el precipicio, para mayor desesperación de sus seres queridos.
Pero el protagonista se va apagando como una vela prendida. En silencio, lentamente... tenuemente... dulcemente...







22/09/012 - Muerte dulce
(Aportación de MariLuzGH del blog Diario de un Loco)




Maytena había decidido su final mucho antes de que los agoreros empezaran a dar fechas y vaticinaran las más desoladoras formas de morir que el fin del mundo tenía predestinado para la humanidad. Hoy es un buen día, sentenció. Recogió toda la casa para que estuviese limpia y en orden; vistió sus mejores galas,  dio color a sus hermosos labios y un leve sombreado a sus lánguidos párpados que embellecieran sus  ojos,  ya opacos.
El dolor era insufrible, preparó la inyección letal que le garantizaría una muerte digna. Ató la goma elástica a su antebrazo y dando unos leves golpecitos sobre la vena,  para  hacerla visible, introdujo suavemente  la aguja hipodérmica y,  lanzando una última sonrisa, vació todo el contenido en su riego sanguíneo.
La radio interrumpió su sesión musical:

“El equipo de investigadores de la NASA ha verificado los cálculos y en este preciso momento se está produciendo una reacción en cadena, provocando averías en todos los sistemas energéticos y electrónicos de nuestro planeta, debido al impulso magnético que ha provocado la potente erupción solar prevista para el día de hoy: 22 de septiembre de 2012. Nuestro planeta se muere y nosotros con él.”  

Pero nada de eso estaba ocurriendo. La explosión solar no ha afectado a la Tierra. Una nueva falsa alarma. Los investigadores y analistas se han equivocado. Pero a Maytena ya nada le importa; muertos su marido y sus queridos hijos por culpa de la Muerte Dulce, y ella misma arrasada por el cáncer de piel,  decidió no esperar la llegada del virus y se entregó a la muerte, como su mejor aliada. 







    23/09/2012 - Un tiempo eterno




 

Durante el inicio del éxodo y tras el accidente el grupo se había escindido, Irene se encontraba acompañada de su padre y con su hijo pequeño en brazos durmiendo plácidamente pero su marido y su madre  se habían esfumado junto con otros cuantos viajeros, el grupo se temía lo peor aunque de vez en cuando podían escuchar algunas palabras ininteligibles en la lejanía  que les ayudaban a mantener la esperanza.  Fuertemente abrazada por su padre al tiempo que ella lo hacía con su hijo sus miradas se decían todo lo necesario sin necesidad que mediara palabra entre ellos, ella era una madre muy joven y su padre bien podría haber pasado por su maduro marido, algo que se estilaba mucho entre hombres que contraían un segundo matrimonio tras el divorcio pertinente, el resto de los viajeros parecían estar pendientes de aquel bello trío.

- Papá, papá, - gritó Irene asustada - mira  el niño se está esfumando. - 
- ¡Qué cosas dices hija!
- Que si, que si, que cada vez siento menos su peso
- Pero si lo veo igual que siempre y además duerme como un bendito, anda déjame tomarlo en mis brazos para que puedas descansar un rato.
Al instante de cogerlo notó que, efectivamente, el niño parecía haber disminuido de peso, pero como también se sentía somnoliento pensó que sería producto del agotamiento de sus sentidos tras el accidente.   
Irene dejó caer con cierta brusquedad su cabeza sobre el pecho de su padre y entró como en una especie de trance, se sentía agotada y necesitaba descansar al menos unos minutos.

Ya vuelve, ya vuelve, no dejéis de masajearle el corazón decía aquel médico bajo la luz del quirófano.  Tras aquel aciago accidente aéreo su hospital había sido "tomado" por ambulancias diversas que traían a  los supervivientes, aparentemente la mitad del pasaje. Entre ellos se encontraba una criatura de corta edad protegido por dos cuerpos que le habían salvado  la vida aunque le hubieran medio asfixiado,  el de una mujer joven y un varón maduro, el niño bajo la madre y ésta bajo el torso del hombre.
- Respira, ya respira, se ha salvado-  se escuchó exclamar desde el quirófano.

Es como si aquel grito hubiera despertado de golpe a la joven, 
- Papá, papá donde está mi niño, ¿no te lo había dado? Papá, papá ¿no me escuchas?, papá, papá, despierta. 

El padre abrió medio ojo y abrazó a su hija con enorme cariño,  - Ven conmigo mi niña que del bebé ya se encargará  tu madre, ya sabes lo bien que se le da.  Nosotros  vamos a descansar otro rato,-  y pensó para sus adentros -, un rato eterno cariño mío, un rato eterno pero juntos como siempre, como cuando eras pequeña.








24/09/2012






Hacía semanas que no salían a la calle para evitar el contagio, habían adquirido todo lo necesario para poder atrincherarse en el departamento desde que se habían enterado de la expansión del virus VMH-07.
Las noticias eran cada día más nefastas. En la ciudad ya casi no quedaba gente con vida, los hospitales estaban cerrados, habían desbordado de pacientes que a pesar de los esfuerzos habían fallecido y que, sin saberlo ni quererlo, habían infectado a todos los que se habían cruzado en su camino.
Pero ahora por fin había llegado el momento.
La noche anterior su mujer  había pasado por un infierno de dolor, pero las contracciones más fuertes habían sido esa mañana.
Este era el día que habían esperado toda su vida. Les había costado tanto poder engendrar a ese hijo que cuando su mujer le dijo que estaba embarazada pensaron que había sido un milagro. Después de tantos años de tratamientos, estudios y medicaciones, cuando al fin se habían dado por vencidos, ocurrió lo inesperado.
Los primeros tres meses habían permanecido callados, mirándose todos los días llenos de miedos, sin decir casi nada. Como si el mundo fuera de algodón. Después del cuarto mes se relajaron y le dieron a todos la noticia. Y  luego cada día había sido un nuevo descubrimiento para los dos. Cada ultrasonido, cada monitoreo se había convertido en un acontecimiento.
Cuando empezó la locura del virus, y aunque todavía no se conocían bien las razones ni los riesgos, habían decidido suspender todo, no arriesgarse ni un minuto más a contagiarse  y tener el bebé en casa.
Esa mañana cuando las contracciones de su esposa le indicaron que ya era el momento preparó la cama con sábanas limpias, agua, desinfectante y pinzas para cortar el cordón. Ya habían practicado el procedimiento miles de veces y estaba listo.
El parto fue rápido, el bebé salió a la vida de una disparada, sin desgarros ni desarreglos. Así como asomó a la vida, lo tomó entre los brazos, lo limpió con una toalla húmeda,  le cortó el cordón y se lo puso a su esposa en el pecho.
Menos mal que el obstetra no se había equivocado con la fecha del nacimiento.  No le quedaba mucho tiempo más. No se resignaba a  perderse la oportunidad de verle la cara a su hijo y tampoco de poder disfrutarlo al menos por esas horas que le quedaban.  El día anterior había sentido  un cosquilleo que le recorría las piernas y las manos, sabía lo que se le anunciaba, pero no dijo nada, era demasiado tarde para dar la mala noticia, si él estaba infectado todos en su hogar también lo estaban. La muerte dulce ya estaba cerca.  Evidentemente el virus se había fortalecido en todo ese tiempo y ya no respetaba ni siquiera a los que se habían mantenido aislados.
Cuando terminó de limpiar todo, se recostó al lado de su esposa que con los ojos empañados le mostró sus manos adormecidas. Ella también había sentido los síntomas desde el día anterior y no se había animado a decir nada. Se abrazaron en silencio y dejaron correr las lágrimas. Después los rodeó el silencio.
Ambos posaron sus ojos en los ojos de su hijo,  que acurrucado sobre el pecho de su mamá ya respiraba con dificultad,  y  esperaron. Hasta sentir como  la muerte se hacía dulce por el amor reflejado en esa última mirada.








25/09/2012 
 Día de mi Lúgubre Jubilación
(Aportación de Alicia Montoro del blog Ysupais)



  

Es increíble como ha pasado todo, en tan poco tiempo como ha ido acelerándose la marcha de los míos, amigos y familiares... ¿y porque yo no?, me pregunto... ¿cuando me llegará la hora del ataque a mi metabolismo?

Cuando mis hijos y nietos decidieron irse a la Ribera Maya a disfrutar de todos los encantos que allí ofrece aquella tierra, sentí como si algo por dentro se me rompiera; les pregunté el porque de esa decisión, ¿porque tan lejos? aquí en España había muchísimas bellas playas y montañas donde podrían disfrutar de la naturaleza viva...los niños eran muy pequeños aún y quizás no lo recordarían pasados unos años...pero se fueron, se fueron con la ilusión de vivir aventuras nuevas con la naturaleza salvaje de aquellas lejanas tierras que,  aunque mancilladas por la mano del hombre, aún ofrecían algo de lo ancestrales que siempre fueron... y se bañaron entre tortugas y delfines, en aquellas playas paradisíacas mejicanas donde parece que nada puede pasar, pero si, claro que pasa, los terremotos son muy frecuentes allí, por las placas tectónicas cercanas que hacen cambiar la faz de la tierra. Pero la maldición estaba ya echada...no con sus terremotos y volcanes, sino con ese virus letal que estaba acabando con el mundo entero... y ellos mis hijos, no lo sabían, Vivian en su mundo "feliz" y se fueron en busca de más felicidad, las distracciones y las visiones de otros mundos más naturales que el que tenían aquí, trabajando desde que comienza el día, hasta que cae la tarde, recogiendo y llevando a sus hijos del colegio a las actividades y vuelta a empezar, un mundo esclavizado por mantener una calidad de vida, que me pregunto si lo será, aunque ellos lo vivan felizmente.

Y lo consiguieron, si, consiguieron ver esas realidades de otros mundos diferentes, dentro del mismo mundo, porque yo pienso que solo tenemos un mundo, no hay terceros mundos porque sean más pobres que los llamados del primer mundo...y ahí está la respuesta...todos somos del mismo mundo, pobres y ricos, sanos y enfermos, ante una amenaza mortal como la que estamos padeciendo.
Sus muertes allí, según me contaron las autoridades que quedaban vivas, fueron de las más dulces, abrazados en la playa les sorprendió la muerte, todos y cada uno de mi amada familia dejaron allí sus vidas, en aquella tierra en donde la maldición Maya se estaba resarciendo de su pronóstico necrófilo...quien pensaría que iba a sobrevenir la antigua maldición Maya, por un virus y no por el cataclismo natural de volcanes y maremotos.

No me pesa no poder haberles visto, los recuerdo tal como eran, alegres, inocentes, con aquel toque de felicidad inconsciente de que se rodeaban. Yo cada día me debilito más, pero no sé porque no acaba ya mi naturaleza de "doblar" ante tanta destrucción; a mi perro le pasa lo que a mi, debe ser su fiel naturaleza hacia mi persona... vamos vagando lánguidamente por los caminos, viendo el panorama cruento del que nadie escapa; ¿porque tengo que durar yo más que mis hijos? y ¿porque a mi perro no le ha pasado ya, al igual que a otros animales?...¡¡ahggg, me ahogo, no respiro ¡¡ ya llega por fin mi muerte, creo... me abrazo a mi perro que estaba mientras escribía estas letras a mis pies y noto que su cuerpo esta tan solo tibio... que alegría ya me llega el fin, y al menos me llega junto al más fiel hijo animal, que me ha concedido la naturaleza ... y
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Veinticinco de septiembre de dos mil doce. Día de mi Lúgubre Jubilación.








01/10/2012 - OH MANI PADME HUM





No encuentro la manera de explicar lo que sucedió aquel 1 de octubre de 2012. Despavoridos corrimos sin parar durante horas. ¿De que escapamos?  ¡Escapamos del caos!  Nuestro ego y nuestra vanidad alimentada por un consumo enfermizo hicieron que cada vez más no desligáramos de la humildad y la compasión por nuestra raza y nuestro  mundo. ¿Dónde íbamos? No estábamos seguros, pero según una antigua leyenda detrás de aquellas montañas vivía un sabio Maestro quien conocía el secreto para alcanzar la felicidad.

El camino se hizo interminable, las montañas era tan altas que se confundían con el firmamento. Finalmente avanzamos por un empedrado de grandes árboles y ahí estaba nuestro guía esperándonos.  Una pequeña linterna ardía ante él, las aves revoloteando, la tapaban a ratos.  Sus pupilas llameantes nos envolvieron, y sus cabellos canos y largos se enredaron con los nuestros en un fraternal y caluroso abrazo de bienvenida.

-Soy Nenúfar.  Bienvenidos, ésta es su casa- dijo el anciano. Les he preparado una riquísima cena y  luego han de dormir. El día comienza temprano aquí.-

La casita era humilde, sus paredes de madera estaban pintadas de azul y rosado. Los muebles eran rústicos pero artísticamente diseñados.  Nos llamó la atención un bouquet de lotos morados recién cortados que se encontraban en una mesita de nuestra habitación. Tal era la fragancia que expedían que nuestras cabezas cayeron profundamente dormidas hasta el día siguiente.

Era de madrugada cuando Nenúfar nos despertó.  El canto de un gallo vibró en el aire y a seguidas otros respondieron.  Mientras caminábamos por el valle sentíamos como el rocío nos humedecía los pies descalzos.  El anciano, nos había advertido de no pisar las flores que aun dormían esperando a que el hada Aurora con su varita de virtud las despertara.  Al rato vimos como un destello de luz caía sobre el césped y las alondras se levantaban gorjeando de entre las flores.  Las abejas atareadas e infatigables aprovecharon para libar el zumo de las flores recién abiertas.  A un extremo de la rama de un árbol un pájaro dormía con la cabeza debajo del ala, y unos petirrojos apretujados uno contra los otros ensayaban una melodía matinal. El horizonte se iluminaba, y en la blancura del alba, divisamos rebaños de ovejas que eran llevadas a beber a un arroyo que serpenteaba campos abajo.  Al otro extremo se encontraba un  lago imponente invadido por lo que a distancia parecían manchas verdes y blancas.
-Aquel lago es vuestro destino- dijo el buen hombre, acariciando su barba.
Durante el largo trayecto íbamos en silencio como si estuviéramos bajo un hechizo. Cuando llegamos Nenúfar nos impuso las manos sobre la cabeza. Sentimos una energía subiéndonos desde debajo de los pies por todo el cuerpo, hasta por encima de la cabeza y luego bajando por los brazos hasta las manos.
Las manchas que desde el tope de la montaña habíamos visto eran blancas y fragantes flores de loto. En la orilla del lago un pavo real de pechuga azul añil gritó desplegando su cola de discos dorados mientras el buen hombre nos decía:
 Zambúllanse, no teman, dentro de estas benditas agua vive el Maestro, él los espera.
En las profundidades del lago, a más profundidad  cánticos celestiales, himnos alados, música del cielo, se engarzaban  como una tromba de luz y sonido. Una flor de loto inmensa, color blanco, cuyos pétalos se movían al vaivén de las aguas se abría y cerraba invitándonos a entrar.  Impulsados por una corriente de energía entramos y en el centro de la flor sentado en un trono estaba el Maestro.  Vestía de color púrpura y una capa bordada en pétalos multicolor.  En su pelo cano descansaba una corona de hojas de loto.  Sus ojos verde jade resplandecían como esmeraldas; su piel era de nácar.
-OM MANI PADME HUM-(Mantra: Se aclama a la Joya en el loto)  Su voz retumbaba como un eco; pero era tierna y dulce. Atentos escuchamos como las flores de loto nos daban el secreto de los grandes maestros.

Alzad vuestros corazones del fango
con tallo fuerte hacia la luz
sean como nosotros
pétalos delicados, fragantes y sencillos.

Manténganse sujetos a sus centros, a sus corolas.
Que las gotas de rocío que les acaricia cada mañana
sea luz y albergue para aquellas abejas
y mariposas que quieran libar
el néctar de sus flores.

Cuando salimos de aquellas aguas nos miramos los unos a  los otros, nos sobrecogía una inmensa felicidad. Éramos distintos habíamos dado un salto cuántico hacia una consciencia mas humana y verdadera. Una nueva leyenda se había escrito el 1 de octubre de 2012.




        
 
Versión en catalán


                  05/10/2012 - El indio 
                                     (Inspirat en un relat de J.L.Borges)
                                       

 (Aportación de Montserrat Sala del blog Refexions en veu alta)

                                        




Segóns la magnífica historia del autor, aquell indi, va ésser retornat amb els seus pares verdaders, mitjançant unes informacions que els hi havien arribat, per boca de l’ultim correu que hi van enviar, per saber si estave en poder, d’aquella tribu.

Mai van perdre l’esperança de retrobar-lo. I ell en veuere’ls va reconeixer, la casa y els persones que l’habitàven. En va estar del tot segur, el dia que va trobar, un petit ganivet, a un forat del mur de pedra, de la cuina. Havia estat allà, des de que ell matiex,l’hi possà abans de que sentís aquella olor tan forta de palla creamada, i els crits esgarrifosos d’una dona, que mai va saber d’on venien.  Una foscor molt gran, amparave aquells records i no va trobar la manera, de poder endinsar-se dins els passadissos estrets i tenebrosos de la memòria.

Molt temps havíe passat, i fins ara, no havie sospitat, ni el qué, ni el quan, ni el perqué d’quells pensaments, que el turmentaven. Ho havíe intentat tantes i tantes vegades, però, infructuosament. Mai l’hi va esser posible

Crescut al ràs, estave acostumant a dormir i viure sense sostre. Gaudia de  llibertat total, com el séus germans del poblat, fins el moment, de anar-s’en amb  aquells homes, que es cobrien el cap amb un barret i que tots anaven igual de tapats. Fins llavors, mai arribà a sospitar que ell fos diferent. No podie pas ser, aquell parlar tan estrany. que només entenia el mes vell de tots els poblats, i amb pròu feines. La llengua que l’hi parlàven, no l’entenia, però pensave que a lo millor es solucionaríen les seues cabories, que des de l’arribada del primer extranger, el corsecaven cada nit. Marxar del lloc que ere casa seua, i pensar en els perills, que podía correr, si s’en anava sense ni arc ni fletxes, i sense que ningú l’acomanyés. Va ser un gran repte, que si le presentà. Una lluita interior, que no podrie resoldre, sense l’ajud de moltes hores de silenci i d’escoltar la veu aquella que venia de dins, aquella que, sempre el guiava, pel cami a seguir. Si, aquella que moltes vegades, el treia de dubtes.

D’un costat, no volia fer mal aquell vellets, que s’el miràven, amb una devoció sense limits. Els seus ulls cansats, li pregaven  de quedar-se però quedar-se amb ells y viure estacat a un llit a uns menjars antinaturals, i sense poder fer el malón … I tantes coses, de les que en disposave lliuement; aquelles immenses explanades que eran el seu refugi i la seva casa. S’eixoplugave, sota els estels i menjava el que ell caçava.
Allá tornarie a gaudir del cavalls que ell mateix domava, pujar al galop, fer mil salts a pel, sentir sota les seves cames tota la força de la bestia, i el bullir de la sang i poder dominar-lo, i abraçar-lo, desprès d’una cursa; sí aquella que sempre guanyave.
No, no,  tot allò, no ho podíe deixar, de cap manera.

Passaven, els dies i com més temps romangués allà, mes forta seríe la sorregada.
Estave completament, frisòs per retornar a les seves montanyes. Alla on véia axecar-se el vol el condor, el tot magestuòs planejar de l’aguila reial. Allà òn el trò, resonave amb tanta magnitud i força, que entre aquells penyassegats, hom diría, que era l’esfondrament de la Terra. Aquell brogit ensordidor, era per ell, só de vida.
Tenie que pendre una decisió, i ho va fer. Perquè definitivament no es podía quedar. Tenia que trovar la manera però, de no ofendre als  seus progenitors. I pensava que com més ho allargaría, seria pitjor per tots.
 
Al dia seguent, de  bon matí entrà a l’habitació, ja vestit d’indi. Tors nú, amb totes les pintures i plomes que havia guardat sota un matoll, i que per ell representaven, el segell de la seva identitat, d’indi guerrer.
Es presentà devant d’ells amb un got de llet de búfal,  que havíe, munyit a la matinada, i el passà al pare primer que en begué un glop. Despres a la mare que l’escurà del tot. Ho van comprendre al instant.  
Els abraçà, cosa important, que havíe aprés de nou, i escoltá els darrers suspirs, que el van fer allunyar-se per sempre més.





Versión en castellano



                 05/10/2012 - El indio 
                   (Inspirado en un relato de J. L. Borges)







Según la magnífica historia del autor, aquel indio fue devuelto con sus padres verdaderos tras la información que les llegó por medio del último correo que enviaron para saber si se encontraba en poder de aquella tribu.

Nunca perdieron la esperanza de recuperarlo. Y él al mirar reconoció la casa y a las personas que la habitaban. Estuvo del todo seguro el día que encontró un pequeño cuchillo en un agujero del muro de piedra de la cocina. Había estado allí desde que él mismo lo colocara justo antes de que sintiera aquel olor tan fuerte de paja quemada y los gritos escalofriantes de una mujer, nunca supo de dónde venían. Una gran oscuridad  amparaba aquellos recuerdos y no encontró la manera de poder adentrarse en los pasillos estrechos y tenebrosos de la memoria.
Mucho tiempo había pasado y hasta ahora no había sospechado, ni el qué, ni el cuándo, ni el porqué de aquellos pensamientos que lo atormentaban. Lo había intentado tantas y tantas veces, pero siempre fue infructuoso. Nunca logró recordar nada.

Creció al ras, estaba acostumbrando a dormir y vivir sin techo. Gozaba de libertad total, como sus hermanos del poblado, hasta el momento de irse con aquellos hombres, que se cubrían la cabeza con sombrero, todos cubiertos de igual forma. Hasta entonces nunca llegó a sospechar que él fuera diferente. No entendía nada de aquel hablar tan extraño que sólo comprendía el mas viejo de todo el poblado, y con dificultad. No entendía la lengua con la que le hablaban, pero pensaba que a lo mejor se solucionarían sus preocupaciones, que desde la llegada del primer extranjero le consumían cada noche. Irse de aquel lugar que era su casa, y pensar en los peligros, que podía correr si se iba sin arco ni flechas y sin que nadie lo acompañara. Fue un gran reto el que se le presentó, una lucha interior que no podría resolver sin la ayuda de muchas horas de silencio y de escuchar aquella voz que le venía de dentro, aquella que siempre le guiaba por el camino a seguir. Si, aquella que muchas veces, le sacaba de dudas.

Por otro lado, no quería hacer daño a aquellos viejitos que lo miraban con una devoción  sin límites. Sus ojos cansados le rogaban que se quedara, pero quedarse con ellos y vivir estancado en aquel lugar, atado a  una cama y unas comidas antinaturales, sin poder hacer el malón ..., y tantas cosas, de las que disponía libremente; aquellas inmensas explanadas que eran su refugio y su casa, con su techo de estrellas. Y comiendo lo que él mismo cazaba. Aquí no volvería a disfrutar de los caballos que él domaba, trotar al galope, hacer mil saltos, sentir bajo sus piernas toda la fuerza de la bestia y el hervir de la sangre,  poder dominarlo y abrazarlo después de una carrera, sí, aquella que siempre ganarían.
No, no, todo aquello, no lo podía olvidar, de ninguna manera, y no podía dejarlo.

Pasaban los días y cuanto más tiempo permaneciera allí mas fuerte serie la sacudida. Estaba impaciente por retornar a sus montañas. Allí donde vería levantarse el vuelo del cóndor, el majestuoso planear del águila real. Allí donde el trueno resonaba con tanta magnitud y fuerza entre aquellos acantilados se diría que era el derrumbamiento de la Tierra. Aquel ruido ensordecedor era para él: un sonido maravilloso de vida.

Tenía que tomar una decisión, y lo hizo. Al día siguiente, de madrugada, entró en la habitación, ya con sus escasos ropajes de indio. Torso desnudo, con todas las pinturas y las plumas que había guardado bajo un matorral, y que para él representaban el sello de su identidad de indio guerrero.
Se presentó delante de ellos con un vaso de leche de búfalo que había ordeñado en la madrugada y lo pasó, primero al padre, que bebió un pequeño trago, después a la madre que la terminó de beber de un sorbo.  Los dos comprendieron al instante.
Los abrazó, sintiendo lo importante que era para ellos este contacto, y que él había aprendido de nuevo. Y escuchó sus últimos suspiros que le hicieron alejarse, para no volver jamás.








07/10/2012 - Sentir la muerte dulce
Aportación de Anna Jorba del blog Sir Enry Baskerville






Era consciente de que la muerte dulce llamaría a su puerta, pero lejos de pensar en un triste final, sentía que era un alivio arrebujarse entre sus brazos, rodearse de ese misterio que representa el vacío, el eterno silencio, la nada y dejarse llevar definitivamente hacía la serenidad.

Repasaba mentalmente sus últimos meses,  reteniendo el recuerdo de las personas que le habían acompañado; quería despedirse de todos y de cada uno de ellos, porque empezaba a sentir un cansancio extremo. En su estudio, frente al ordenador, su lugar habitual, testigo de su ingenuidad, recorría en pensamiento la lista de esa buena gente con la que había disfrutado.

Recordó a sus jóvenes seguidores que lavaban la ropa en la lavadora de los sueños, a su amiga de unir puentes solidarios entre los más desfavorecidos, recorrió la granja de Villarochel sintiendo el gorgorito de aves queridas revoloteando a su alrededor; recordó el hablar familiar llano y sencillo de aquella mujer viajera, madura y sensata, de la que aprendió a comerse el tiempo para que no fuera a escaparse, sin darse cuenta, como se escapa apresuradamente la vida; recordó aquel cobijo en donde se refugió con palabras bien escritas que la apoyaron cuando las necesitó; viajó con su mente sobre el mar, posando su mirada en aquel faro, cuya luz serena le había iluminado en momentos oscuros; suspiró recordando al hombre sensible que cada día escribía mejor y el eco de sus palabras cuando no quería que nada le salpicara y entorpeciera  en el camino a  esa colina de sueños; sonrió pensando en los buenos momentos pasados con aquella vital mujer y sus esotéricos pensamientos, que le habían hecho reflexionar sobre el destino o la casualidad; recordó los escritos sinceros de quien estuvo a su lado en momentos difíciles.

Retenía sosegadamente los bellos instantes vividos, cuando de pronto... palideció. Se vio en la cuneta como un fardo envuelto en papel de desprecio y desaire, en ese mismo instante se abrió la puerta de su estudio.... Venían para llevarse todo el material informático: ordenadores, disco duro, impresora, accesorios, etc., porque había prometido finalizar esa etapa virtual para dedicarse a otras actividades. 

Sintió paz en el silencio, calma en la nada.

Cerró los ojos y se abrazó a esta muerte dulce que tanto había deseado para liberarse de ataduras inútiles y estériles.








09/10/2012 - Último Calor
 



Después de ver la terrible situación en la que se hallaba la humanidad entera, de ver como los miembros de mi familia iban desapareciendo poco a poco y que, desgraciadamente y sabe Dios por qué, a mi no me afectaba aún el virus y de ver como la mitad de la gente del pueblo donde vivo estaba desapareciendo, decidí hacer una lista de cosas que debería hacer antes de que me tocase el turno, decidí que no podía morirme sin más, llorando por los que ya no estaban. Así que comencé a elaborarla.

Primero tenía que pensar qué era lo que más me apetecía, el sol, no podía esperar a la muerte con el paraguas en la mano, eso era impensable, así que cogí un coche, el más bonito que había en el concesionario, por supuesto morado, me fui a una tienda de bikinis, elegí los más bonitos, uno de rayas azul y blanco, de lentejuelas mates, otro colores tierra y los metí en una preciosa bolsa de playa con una toalla a juego.

Me hice con comida que no caducase, no sabía cuánto tiempo más iba a durar, así que tampoco llevaba demasiada solo para mantenerme con vida y no morirme de hambre, ya que sería gracioso en esas circunstancias, morirse de hambre, también podría hacerme con ella en cualquier lugar, por eso no habría problema, bueno pensándolo bien ni por eso ni por nada, todo estaba a mi alcance no había nadie más.
Lo metí todo en el coche y salí rumbo al sol, a la playa, tampoco había tráfico así que no tendría problema de perderme, tampoco sabía a dónde ir, así que la dirección siempre sería al sur, no habría problema.

Me sentía muy sola, de vez en cuando una lágrima rodaba por mis mejillas pero se lo debía a ellos, a los que dejaba detrás, ellos no habían tenido la oportunidad de elegir, pero yo sí, quizás fuese inmune, pero eso que más daba ya, si lo fuese, tenía muy claro que me suicidaría; a mí no me gusta estar sola, nunca me gustó, y menos esa soledad tan terrorífica, ser la única persona del mundo, que estuviese viva, traté de quitarme eso de la cabeza, porque solo el pensarlo me daban escalofríos.

Hace como un mes que comenzó todo y cuando supimos la gravedad de lo que estaba pasando, pensé egoístamente que yo quería ser la primera en caer, que yo no quería sufrir la perdida de los míos y como una broma macabra los vi caer de uno en uno, la muerte era dulce y sin sufrimiento para ellos, pero ir viendo como caían, fue la peor pesadilla y se cumplió íntegra.
Según iban pasando los días y se iban sucediendo las muertes, llegó un momento que ya no quedaban lágrimas y era tanto el dolor que dejo de doler, es increíble la capacidad de supervivencia de la mente humana o dejas de darle importancia o te vuelves loca, y allí me encontraba, yendo al sur, al sol, a bañarme en la playa porque se me ocurrió que era lo que más me apetecía hacer en mis últimos días de vida.
En realidad era una suerte saberlo porque podría aprovechar todos esos minutos de regalo que me quedaban en recordar los momentos felices y revivirlos, aunque fuese sola.

Ya casi estaba llegando, notaba la brisa marina, no sabía dónde me encontraba, pero era el Mediterráneo, inconfundible azul, un poco diferente al mar del norte que es un poco más oscuro, pero igual de bello, si no fuese por el mal tiempo.
Encontré un pequeño pueblecito, con casas blancas y preciosas flores adornando sus fachadas, un típico pueblo costero, pero , no se veía a nadie, no se oía nada, llegue hasta el mismo paseo marítimo con el coche, aparque sin problema  aunque tuve que apartar cuerpos y vehículos con gente que no tuvieron la misma suerte que yo, ellos no llegaron a la playa yo si llegaría, aún no sentía ni el hormigueo en las manos y los pies, aún me quedaban por lo menos horas, ya no contaba con días, me conformaba con seguir contando las horas, ¡qué ironía!.

Llegué a la misma orilla, me bajé del coche, cogí la bolsa con los bikinis y la toalla y me dirigí a la playa. Hacía un día espléndido era perfecto para morir y para vivir, comencé a desnudarme, para ponerme el bikini, cuando caí en la cuenta, que bobada, si no me veía nadie, así que lo dejé a un lado.
Me senté frente al mar, entonces vi lo que me rodeaba, grupos de cuerpos que habían tenido el mismo último deseo que yo, el sol, mirar el mar y sentir la brisa en la cara y el cuerpo, respirar hondo y dejarse ir...

De pronto algo me asustó, un perro se estaba acercando a mí, un precioso perro color canela que me miraba como diciendo me quedo contigo, no hay nadie más y se sentó a mi lado, le acaricié detrás de las orejas y se tumbó en mi toalla, soltando una especie de suspiro, como si hubiese llegado a casa, movió la cola un par de veces y se quedó dormido muy tranquilo.

Miré a mi alrededor no se movía nadie, no había duda, estaba yo sola con mi perro.
Decidí despertarlo, no podíamos perder tiempo durmiendo, había que hacer muchas cosas más, aunque no se me ocurría que hacer, primero un baño, recordaba lo que me contaba mi amor de los baños en el mar, en su mar, de sus paseos por la playa y del sol. No quería pensar en él, no quería pensar en nadie, casi estaba enfadada con todos ellos por haberme dejado sola.

Nos levantamos, el perro era consciente también de que no había que perder el tiempo y me siguió o era por no quedarse solo, creo que se sentía como yo así que nos dimos un baño saltamos las olas, me reí como hacía un mes más o menos que no me reía, salimos del agua y nos secamos al sol, era delicioso sentir la brisa recorriéndome en cuerpo, esa brisa templada y suave que me acariciaba, dándome el calor que tanto añoraba.

El  perro levantó las orejas y se irguió oteando el horizonte, algo se movía al fondo, una sombra negra como la noche se estaba acercando a nosotros, el perro al cual aún no le había puesto nombre comenzó a ladrar, me levanté para ver qué era y no salía de mi asombro, era un perfecto corcel negro como la noche. Era  precioso, parecía una de esas fotografías de un corcel corriendo por la playa que tantas veces veía en internet, pero este era de verdad, era igualito a Plutón , el caballo de mi amor, que corriendo como el viento se acercaba a nosotros, no venía solo, en su lomo un jinete que gritaba y gritaba moviendo sus manos. Nosotros comenzamos a saltar y a llamar su atención ya éramos dos seres humanos en aquel paraíso, los  gritos de júbilo se oían por toda la playa mientras se terminaba de acercar y de un salto bajo del hermoso corcel, nos abrazamos como si fuese el último abrazo del mundo y quizás lo fuese, nos mirábamos, nos volvimos a abrazar así un buen rato, no nos lo podíamos creer nos tocábamos las manos  y las caras, nunca fue tan importante el contacto con otro humano, algo que no le dábamos la más mínima importancia se había convertido en lo más deseado del mundo, ver otra cara, otros ojos, oír otra voz… una risa que no fuese la mía como hace un ratito, tocar un cuerpo caliente de un ser humano y sentir la calidez de sus miradas y de sus manos al contacto con la piel, eso y el sol, ya no quedaban más cosas por hacer en mi lista, y en la de él tampoco, así que nos sentamos a ver el atardecer, a recrearnos en su belleza, el uno abrazado al otro, quizás ese fuese el último que viésemos pero ..... 

De momento el sol se ocultaba y estaba hermoso más hermoso de lo que lo había visto jamás… y él estaba a mi lado, caliente, vivo, respirando… Eso era lo único que importaba en ese momento… Mañana ya pensaríamos qué hacer, si había un mañana.








12/10/2012 - Claustrofobia


 



¡El hombre, no se lo podía creer!. Quería salir de su pequeño utilitario, pero por mucho que empujaba, no se abría ninguna puerta. Lo intentaba una y otra vez y nada. Rompería los cristales, si estos no bajaban, con las manos o con los zapatos. Nada. Le entró un sudor frío que le empujaba a una velocidad de vértigo hacia el desespero, directamente al abismo. Los otros coches, que como él estaban atrapados en aquel atasco de tráfico en una calle de salida de la ciudad, lo miraban con la indeferencia, con que se mira al vecino de al lado: de soslayo. Las señoras conductoras, muy puestas en su papel de señoras estresadas, por la familia y el trabajo, seguían hablando por teléfono mientras repasaban con la mirada el aspecto de sus manos y el maquillaje de su cara en el espejo retrovisor. Los hombres casi siempre con papeles, revisando quietos sus asuntos, sus papeles, sus periódicos...

Incluso en aquella escapada masiva provocada por un enemigo desconocido e invisible, cada cual iba centrado en sus propios asuntos y preocupaciones.

Todos parecían no darse cuenta de nada y tampoco sospechaban que aquel hombre, atrapado dentro de su vehículo, luchaba con todas sus fuerzas para que le vieran. El tiempo pasaba. El atasco no se disolvía y nadie se movía. Todos sin pestañear eran completamente ajenos a la gran angustia de aquel hombre atrapado y medio ahogado.

Pronto se dio cuenta de que ya no lo veían, habían desaparecido de su vista y él tampoco podía mirarlos a ellos. El vaho de su propia respiración ya no le dejaba ver nada con claridad. Y esto le aturdía más y más. Cada vez más. No podía  chillar y ya no veía a nadie para pedir auxilio. Solo se trataba de que abriesen la puerta desde fuera, pero no lo sabían ni nadie se percató de la situación. Ni al tocar insistentemente el claxon, solo recibió que protestas con más pitadas, hasta que agotó la batería. El miedo se adueñó de él. Se encontraba desvalido. Luchaba contra todos los elementos y contra su propio miedo. Se sentía perdido, solo en el mundo y abandonado a su suerte. Ya no quedaba nada donde aferrarse. Nada.

Cerró los ojos, quería descansar un poco. Si, si eso, descansar. Enseguida se dio cuenta que lo conseguiría, en un lugar que hasta entonces no había atinado. 
Bajo la cabeza hasta los pedales del acelerador y el embrague. Ya le empezaba a entrar por una pequeña rotura de la junta de goma el aire fresco de la playa, aquella playa desierta que hacia tanto tiempo soñaba. Y allí estaba ¡¡¡Santo Dios que felicidad!!! Era el goce supremo que por fin empezaba a tocar con la punta de  los dedos.








 
15-10-2012 - La habitación

 


Por fin, después de una larga búsqueda que había comenzado en el momento en que tuve conocimiento de las alarmantes noticias acerca de la aparición del virus VMH07, pude entrar en la Habitación. Aquella que según mis intensas investigaciones debería haberme desvelado el enigma de aquel virus mortífero y su antídoto, que aún estaba por descubrir. Si mis cálculos no fallaban, yo sería el primero en conseguirlo

Creyéndome ya enfermo, decidí dedicar los últimos, quién sabe si días o semanas de mi vida, a encontrar la Habitación. Cuando por fin me encontré delante de la Puerta que daba acceso a ella, pensé que aquel difícil camino había llegado a su fin.
Muchos antes de mí lo habían intentado hasta la muerte, no habían llegado a tiempo. Sus cadáveres yacían esparcidos delante del umbral, en diferentes estados de putrefacción. ¿Sería ese también mi fatal destino? Los pocos CIU (Científicos Ingerentes Unicelulares) que aún no habían muerto hacía días que procesaban la escena del crimen para aclarar la causa de sus muertes, aunque ésta era ya para todos evidente: ellos también habrían sucumbido al virus conocido ya como el de la Muerte Dulce.

Aquella Puerta era la más robusta y hermética de las que había visto a lo largo de mis experiencias en abrir Puertas Difíciles. Mirarla desde mi posición, un metro cincuenta, la hacía aún más imponente; su altura debía sobrepasar cualquier medida conocida pues se perdía en el infinito. A ambos lados parpadeaba un gran cartel luminoso que llamaba la atención con sus colores fluorescentes verde y naranja y que se encendía y se apagaba de manera intermitente advirtiendo al intruso:

¡Solo los que resuelvan esta ecuación matemática podrán abrirla!

Cuando volví la mirada hacia abajo mis cansados ojos miopes descubrieron entonces un cartelito de plástico con una cadena que colgaba de un gancho adhesivo sobre el que estaba escrita esta ecuación:




¡Retorcida propuesta! No iba a ser tarea fácil, intuí.

Ese fue el primero de los muchos obstáculos que iba a tener que superar.
Empecé por emplear mis especializados conocimientos en API (Apertura de Puertas Imposibles) en abrir aquella: la más importante. Detrás me esperaba la solución a la incógnita que podría salvar a aquella pequeña parte de la Humanidad que aún resistía.
Miré y remiré la ecuación sin que el conjunto de aquellos pequeños caracteres tuviera significado para mí en aquel orden sorprendente. Algo se me escapaba.

Pero llegado a ese punto, después de dedicarle todas mis energías a aquella aventura final, no podía darme por vencido, pensé. Así que decidí utilizar mi última tarjeta infotecada de las tres que había tomado prestadas en mi Infoteca antes de iniciar el viaje. Una vez llegado a mi destino, ya no la necesitaría. Para mi fortuna, habían instalado junto a la Puerta el último modelo de Dispensador, el de Objetos Mágicos. Quizás si mis antecesores hubieran tenido acceso a uno de ellos no habrían corrido aquella suerte nefasta. Con la tarjeta infotecada obtuve una Libreta Mágica de la que tanto había oído hablar a mis colegas. Era el último ingenio salido al mercado para la resolución de problemas complejos de todo tipo, no solo matemáticos; aún desconocía su funcionamiento. Para conseguirla el Dispensador me exigía además sacrificar una parte de mis conocimientos: era el precio que había que pagar. La Libreta a cambio de sabiduría ¡qué difícil decisión!

Apunté cuidadosamente la ecuación en un ticket arrugado del supermercado que llevaba en el bolsillo, sin dejarme ni uno solo de aquellos signos cuyo significado se ocultaba, paradójicamente, a mi mente privilegiada, pero que salvaguardaban el secreto de aquel templo sagrado como soldados en permanente imaginaria.

La Libreta que había adquirido con aquella cualidad extraordinaria resolvería la intrincada ecuación; no sería vano mi sacrificio. Era ligera, manejable, tenía dos potentes pero minúsculos altavoces a ambos lados y entre ellos debía estar el nanodifusor de sonido porque era inapreciable a la vista humana; una espiral interminable giraba y giraba sobe sí misma en todas direcciones, activando la batería que se alimentaba con rayos ultracatólicos. Solo reconocía la voz de su propietario que registraba automáticamente con solo adquirirla. Venía acompañada de un libro de instrucciones en quince volúmenes virtuales que tuve que estudiar concienzudamente para inicianizarla. Conocer todas sus cualidades me acercaría un poco más a mi destino.
Antes de realizar esta operación por primera vez, era imprescindible introducir en sus dos discos todos los datos que solicitaba a través de su sistema de vociferación indirecta. Superada la fase de suministro de información a los discos, el unívoco y el biunívoco —el más complejo— había que pasar a inicializarlos en el punto exacto, según las indicaciones del prospecto virtual. Al cabo de varias horas de operaciones frustradas que se me hicieron interminables, deduje el dato: no existía tal punto exacto. Dejé de lado las instrucciones, pues concluí que debían pertenecer a una versión anterior de la Libreta. Ahora entendía por qué nada coincidía con la mía. Opté por la intuición, arma que se había demostrado definitivamente como la más eficaz para resolver aquel tipo de dificultades y al fin completé el procedimiento. Cada vez me sentía más cerca de mi salvación.

Tuve un momento de pánico cuando la Libreta, en una de aquellas respuestas, me dijo: “Error 45.678: voz irreconocible.” Era cierto, me había quedado una leve ronquera, consecuencia de una gripe atrapada durante el viaje. Tuve que reiniciar el sistema de vociferación indirecta.
La emoción me embargaba, por fin estaba a punto de consumar la hazaña que ningún otro hombre había logrado antes de mí. Pasé el ticket con la fórmula por el detector óptico heterodino de mi Libreta y esta me confirmó: “Leyendo con el SMDEI” (Sistema Matemático Diferencial de Ecuaciones Inteligentes). Sabía que con ese sistema era imposible que la ecuación se me resistiera, nunca me había fallado. Sin embargo, al cabo de pocos segundos me dijo: “Lectura imposible: información arrugada” Cogí de nuevo el ticket e intenté alisarlo con esmero, lo pasé de nuevo por el detector y me volvió a repetir el mensaje confirmando el inicio de la lectura. Esta vez no hubo contratiempos e inició el proceso de cálculo. Desconocía la capacidad del sistema en estos nuevos artilugios de carácter fantástico, dado que era mi primera experiencia con uno de ellos. Pero estaba cada vez más cerca.
Durante el procedimiento de descodificación de la fórmula la Libreta conectó telepáticamente con mi memoria musical e inmediatamente sonó mi ópera preferida: el Carmina Burana, en versión dirigida por Zaratustra, discípulo del virtuosísimo Friedrich Nietzsche. ¡Quedé sobrecogido! Aquella música me envolvía y me transportaba a tiempos remotos, tiempos ingenuos y crédulos. A continuación conectó con esa misma memoria, pero referida a mi sentido olfativo, y una fragancia mohosa y rancia penetró por mis pelillos nasales. El olor los erizó y me trasladó a lugares inciertos y a lejanas mujeres de la vida. Supuse que los esfuerzos de la Libreta por halagar mis sentidos debía interpretarlos como una disculpa por su tardanza. No dejaba de asombrarme el artilugio.
Sin embargo, al cabo de solo unos minutos disparó un haz de luz láser muy potente que proyectó sobre la Puerta. Al final del haz de luz iban saliendo los deseados números que resolvían la endemoniada ecuación:


              


¡Por supuesto! ¡Cómo no me había dado cuenta, era evidente, hasta un niño la habría resuelto! Sentí una cierta frustración teñida de sonrojo.
En unos segundos la luz se apagó: ¡No había tenido la precaución de anotar el resultado! ¿Y si lo había perdido para siempre?
Pero la Libreta volvió a asombrarme: inmediatamente oí un quejido prolongado y la Puerta se fue deslizando poco a poco hacia el interior. ¿Qué me aguardaba en aquel lugar que yo había concebido como aquel en que encontraría la fórmula del ansiado antídoto?
Tantos meses de espera habían ido tejiendo en mi imaginación un espejismo que al fin creí tener ante mí.
Aquel intrépido paso para la Humanidad había llegado y yo iba a ser su excepcional protagonista: cuando cesó el chirrido de los goznes herrumbrados, la Puerta de la Habitación quedó completamente abierta. Avancé temeroso sin saber cuál sería la visión que me ofrecería su interior.

Al entrar la oscuridad me cegó, solo un hilo de luz solar penetraba en la estancia a través de una claraboya del techo que apenas la iluminaba; el hilo de luz descendía en una dirección perpendicular levemente inclinada hasta el suelo y a través de él se veían millones de partículas de polvo en suspensión de los cientos de millones que ensuciaban la habitación.
¿Sería esa la luz que me revelaría la fórmula? Me situé debajo, me mantuve inmóvil y expectante unos minutos: nada. A medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, fui recorriendo la estancia buscando algo, otra puerta, algún indicio que me condujera al lugar que escondía la solución. Vano intento: era la vacuidad absoluta.
Aquello desató mi desesperación: ¡todo aquel tiempo y esfuerzos dedicados… a nada! Mis esperanzas se vinieron abajo y yo con ellas, me senté con dificultad en el suelo polvoriento y lloré con amargura.
Tuve que aceptar que mi búsqueda había sido inútil. No podría salvarme yo ni salvar a la Humanidad.

Reponiéndome por un instante a tanta pesadumbre, miré hacia la Puerta en un intento desesperado de salir para poder advertir a cualquier otro ingenuo de su gran error, pero ya estaba clausurada para siempre. Con ella se cerraba también la posibilidad de revelar mi desolador testimonio: había errado el camino; este solo llevaba a un callejón sin salida.
Es esa certidumbre la que me ha llevado a dejar constancia escrita de mi experiencia antes de morir y pasarla por debajo de la Puerta, confiando en que alguien recoja este testigo y pueda entregar mi negativa experiencia a la Humanidad.










20/10/2012 - El cumpleaños










Cincuenta años, hoy cumplía cincuenta años. Miraba con desespero el reloj, las horas se le hacían eternas, se sentía esclavo de la rutina monótona de un gris trabajo. El que podía ser el dueño del mundo estaba aquí, precisamente aquí. Los recuerdos se le agolpaban queriendo salir. Los sujetaba a base de apretar los dientes, era un maestro en este arte,  pero esta vez estaba claro que se le iban a instalar en el mismo centro de su alma, taladrándola sin que pudiera hacer nada.

Ella había dedicado toda su vida a él. Enviudo siendo muy joven, hubo de trabajar sin descanso para sacarlo adelante, sin familia, sin amigos, ella y su hijo, su hijo y ella. Lo mejor para mi niño, decía una y otra vez. El mejor colegio, la mejor universidad, la mejor mujer. Tan buena mujer buscaba que nunca acepto a ninguna. Nadie igualaba a mamá.

Después de toda una vida junto a ella, era el centro de su universo. Al concluir sus estudios cum laude, le invitaron a viajar al otro extremo del planeta, un puesto de gran relevancia, digno de su capacidad y preparación. El preguntó ¿podrá viajar conmigo mi madre? No, dijeron, solo usted.

No dudó, pero ahora después de tanto tiempo, demasiado, se siente ahogado, prisionero sin posibilidad de escapar. Tal vez pensó, la única salida sea esa muerte dulce de la que todos hablan, pero no, ¡que absurda ocurrencia!, tengo que ocuparme de ella, ¿Quién la cuidaría?

Volvió a mirar el reloj.

Ya falta menos, ahora estará en casa preparando la fiesta sorpresa. ¿Fiesta?, ¿que clase de fiesta es esa?, ella y yo, yo y ella. ¡Sorpresa!, durante cuarenta y nueve años he representado el papel de sorprendido, hoy  no será la excepción, hoy será la representación número cincuenta.

Pero no, no me quejare, lo ha dado todo por mí, y ahora me necesita, no sabría hacer nada sin mí.  Ella y yo, yo y ella.

¡Ya es la hora! , por fin.

Ordenó la mesa, las carpetas verdes a la derecha, sobre ellas las blancas, sobre ellas las azules. En la batea, el correo que llegó a última hora preparado para su reparto. Lapiceros al cajón. Todo alineado, perfecto.

Empujo el sillón dejándolo encajado en la mesa. Del armario tomo su abrigo, hoy hacía un frío polar,  el que cala hasta los huesos, lo abotonó hasta el cuello. De los bolsillos saco la bufanda y los guantes. Los miró y le parecieron feos, rematadamente feos, aun así se enfundo en ellos, eran el último regalo de mamá.

Anduvo cabizbajo, el viento gélido penetraba incluso sus pensamientos, volviéndolos aun más triste y negros. Al pasar frente al café que bordeaba la esquina de su edificio se detuvo un instante y la vio tras la caja registradora, María, la bella María. Que dulce mujer, siempre le sonreía, como ahora.

 María agita su mano invitándole a entrar, le sonríe y sus ojos se iluminan, el mueve su cabeza de lado a lado diciendo, no, y continua a paso ligero. Siente que su corazón palpita enfadado, ¡como le gustaría sentirla cerca! María deletrea en silencio.

Al llegar a casa le sorprende que todo este en tenue penumbra, no se escucha más que la nada. 

Madre, la llama, nadie responde

Madre repite, dirigiendo sus pasos de habitación en habitación.

El cuarto de Eloísa está abierto, entra, no comprende el sentido de ese desorden, vestido,  camisas, suéter, todo está tirado en el suelo.  Lo recoge ¿que ha podido pasar?, se inquieta, De una ojeada recorre la habitación, en un rincón cerca de la cabecera de la cama asoma un sobre abierto ¿y esto? Curioso extrae el papel que hay dentro, es una carta. Una carta dirigida a su madre de un tal Ezequiel.

A medida que sus ojos leen lo que hay escrito, la rabia le nace desde lo más profundo de su ser.

Frase a frase le revela una ardiente pasión, detalla un paseo cálido y húmedo por el cuerpo aprendido por los años. Un amor oculto, gemidos contenidos maquillados sobre una máscara de falso pudor.

La ira inunda sus ojos, tanto perdido en el camino, para esto, cuanta mentira en su boca al cantarte tú y yo, yo y tú.

Se dejo caer en el sillón de ella, el sillón que la abraza cada día, amoldado al contorno de su cuerpo, al hacerlo su olor le hiere.

Cuando la noche daba paso a un nuevo día, Eloísa regreso envuelta en felicidad, lo había decidido, si le diría que ya era hora de que el volara solo, de que se marchara de casa. Buscara amigos, amigas, una mujer, le pediría que se independizara, ella necesitaba vivir, necesitaba mostrar al mundo su amor, no había nada ni nadie que se lo impidiera ya muerta Jacinta, la mujer de Ezequiel, eran libres, por fin eran libres.

Al entrar en casa fue directa a la habitación de Tomás, lo encontró dormido. Tranquila se fue también ella a descansar, había sido un día muy largo. Mañana hablaría con su hijo.

Bien entrada la mañana, la encontró Marisa, la asistenta, fue a llamarla,  al ver que no respondía la movió, un grito sobresalto a los vecinos. Eloísa estaba muerta.

LA MUERTE DULCE había entrado en la casa, decían unos y otros. 

Llegaron los exterminadores.

Cuando llega a un lugar deja rastro, comentaban asustados los vecinos. 

¡Pobre Eloísa!, fue enterrada sola, de su hijo nadie sabía nada.









25/10/2012 - Alborada oscura
(Aportación de José Vte. García del blog Ya que digo...)





En ésta alborada oscura, de luz acibarada y triste,
cuando el negro dolor envuelve mi alma,
y mi cabeza rebosa de recuerdos exaltados,
evoco un amor envuelto en puro delirio.

Quiero ver tu cuerpo blanco y tocarlo
sentir tu piel entre mis dedos y acariciarla
besar tus pechos como pétalos rosados y libarlos
y saborearte preso de lujuria inacabable y amarte.

Pero tú ya no estás, mi amor.
La casa vacía como ese jarrón solitario,
que no vierte agua, sino soledad y desconsuelo,
llora tu ausencia y es mi tormento.

Porque la muerte te ha deseado,
con más fiereza que la mayor de mis pasiones,
esa muerte que no es dulce, tampoco amarga,
sólo es dolorosa porque es, únicamente muerte.









04/11/2012 - ¿Solo una mosca muerta?
(Aportación de Juan Carlos Celorio del blog ¿Y que te cuento?






Se sintió confortado tras matar a aquella mosca. Ni llegó a sospechar que la insistencia del insecto tenía una razón. 

Nunca sabrá que, de haberse fijado en ella, habría sabido como eludir los efectos del virus de la muerte dulce.










           05/11/2012 - ¡¡¡Que Ironía!!!
       (Aportación de Julián Mingo del blog El Retorno del Dibujante)







Que ironía, después de tres meses, nos enteramos que el maldito virus,VMH-07  se propagó en un laboratorio de “alto secreto” tiene cojones el tema, ni más ni menos que un 14 de agosto un día después de mi cincuenta y dos cumpleaños. Maldita sea la hora y la estampa de  estos científicos, seguro que aprendices del doctor Bacterio, cuando empezaron a remover y a tocar los tubitos de ensayo, y a algún becario se le debió ir la mano en la proporción, en la manipulación, que se yo, y heme aquí indeciso, con toda una carrera de funcionario por delante, con mi paga asegurada a fin de mes, que me tenga que ir al otro barrio, que mis ahorrillos se los coma el demonio, que mi flamante auto no tenga quien le monte… lo peor también es que desde que me separé aun no he tenido una relación carnal satisfactoria que me haga olvidar este mal trance, suponiendo que aun queden mujeres, no creo que estén pensando en pasar un buen rato en la cama, aunque mirándolo bien que mejor que echar un buen polvo y espicharla en el mejor momento, en fin por otro lado me alegro de no tener que pagar impuestos este año, éstos estaban al caer pero no creo que haya gente para pasar los cargos, aunque nunca se sabe estos cabrones del ayuntamiento son capaces de todo para incluso no dejarte morir a gusto.

    La muerte dulce avanza, no queda otro remedio, hay que morirse, algún día nos habría tocado, incluso esto puede ser  mejor que reventarse en un accidente de coche, electrocutado, lleno de dolores por un cáncer, hay muchas formas de morir, esperémosla, si hubiera remedio, seguro que no nos llegaría, siempre a pagar poca ropa…





     



   06/11/2012 - Éxtasis final
(Aportación de José Vte. García del blog Ya que digo...)


 

 


El desconocido la penetró con fuerza. Gina aguantaba los violentos empujones con los ojos cerrados y tratando de concentrase en su propio placer. Sólo tendría una oportunidad y no pensaba desaprovecharla.
Durante horas había recorrido las desoladas calles de la ciudad en busca de algún hombre, ofreció dinero, todo cuanto tenía, su coche y su casa, el primer ofrecimiento siempre era su propio cuerpo.
Gina frenaba la fogosidad  del hombre que mesuró sus bramidos mientras a duras penas mantenía la apocada erección. Entonces, y con vehemencia, estalló una  batalla de caricias, arañazos y besos, sus cuerpos, inundados en saliva y sudor, se debatían de puro gozo hasta que Gina rogó que llegara el final. El hombre bombeó con toda la fuerza de su sangre, la presión era casi insoportable. En aquel mismo instante en que una punzada rompía en dos su corazón, Gina alcanzó, durante apenas tres segundos, el inexplorado éxtasis que unió el placer más profundo con la muerte más dulce.


 

    



  07/11/2012 - El sobre secreto


 



Nos conocemos desde hace más de quince años, el tiempo que llevamos trabajando juntos. Él, Emil, es… mejor dicho… era mi jefe, yo, su fiel empleado. Nada más. La realidad más evidente es que, a pesar de los años trascurridos, apenas nos conocemos. Todos estos años nos hemos tratado con corrección y respeto, pero sin ningún atisbo de amistad que pudiera romper la relación laboral. Emil siempre lo dejó bien claro desde el principio y así lo mantuvo siempre. 

El ejemplo más claro de la falta de confianza entre nosotros se ha dado durante los últimos meses. Todos los días Emil abría la caja fuerte que se encuentra en su despacho y, tras recoger el sobre que había colocado el día anterior, colocaba uno nuevo. Al principio era de vez en cuando, pero pronto fue a diario. Así todos los días, sin faltar ninguno, recogía el viejo, lo destruía y depositaba el nuevo, lo curioso es que no siempre lo llevaba él encima, a veces lo traían y otras salían misteriosamente de algún cajón. Al principio no le di importancia, me parecía el juego absurdo de un viejo inútil, pero con el discurrir de las semanas, y al ver que el continuo cambio de sobres no cesaba, empecé a pensar que algún gran secreto se traía entre manos. Pensé en amantes y en sobres de dinero negro, también que quizás querría despedirme y estaba recopilando nombres de candidatos, pero rápidamente lo fui descartando todo, nada de aquello tenía sentido. Esos sobres secretos tenían que contener algo muy importante y sin duda ilegal. Nuestra pequeña empresa se dedicaba a la coordinación de transporte logístico entre países. Si, algo de eso debería de ser. La cuestión es que poco a poco se fue apoderando de mí una enorme curiosidad, que yo mismo sentía que se estaba convirtiendo en patológica. Nunca le pregunté directamente por el contenido de esos sobres, Emil era muy estricto en este asunto y no me hubiera permitido semejante intromisión en su privacidad. Más de una vez me lo había dejado bien claro, pero mi intriga iba más y más en aumento y ya era algo que difícilmente podía controlar.

Cuando al poco tiempo se empezó a rumorear que una siniestra plaga en forma de virus se extendía inexorablemente por el planeta, llegué a la conclusión de que en esos sobres estaría la clave de la enfermedad, y quizás de la curación. Busqué las mil y una formas de hacerme con la combinación de la caja fuerte. Le espiaba, intentaba ver el movimiento de sus dedos al pulsar las teclas, aprovechando sus ausencias probé cientos de combinaciones, pero todo fue inútil. Finalmente tive claro que únicamente me quedaba una solución.
Ahora Emil esta sentado en la silla de su despacho, el cuerpo reposa inclinado sobre su mesa y encima de sus brazos se acomoda su cabeza, pareciera que ha decidido tomarse un descanso, pero en realidad está muerto, un hilillo de sangre resbala desde su sien hasta el suelo y un gran charco ha empezado a formarse inundando parte del suelo.

Rápidamente me puse manos a la obra. Tenía que hacerme con la combinación y acceder al sobre como fuera. Busqué por toda la oficina, en cajones y armarios, entre los libros, incluso entre sus propias ropas algo que me diera alguna pista sobre la clave, pero todo fue inútil. La impaciencia y la intriga me consumían, entonces recordé esos chismes de láser verde que permiten ver las huellas marcadas. Busqué por toda la ciudad alguna tienda que los tuviera. La ventaja de vivir en una ciudad fantasma y devastada era que todos los comercios estaban accesibles para coger todo lo que uno quisiera, la desventaja consistía en que yo no era ningún experto en cuestiones tecnológicas y prácticamente no había nadie a quien preguntar. Finalmente lo encontré. Al pasarlo por la tableta de dígitos de la caja comprobé con horror que todas las teclas estaban marcadas casi por igual. El despreciable de Emil probablemente cambiaba la cifra cada poco. Creí morirme, pero me negué a desistir. En la combinación de esos números estaba sin duda la clave y el acceso al conocimiento para la curación de la Muerte Dulce.

Empezando por el número 1 y de manera metódica y ordenada empecé a probar combinaciones posibles. Ahora llevo treinta y dos horas probando infinidad de variantes numéricas. No he comido, ni he dormido, tengo los dedos entumecidos y la cabeza embotada, pero ahora ya es algo más que paranoica curiosidad, ahora me va en ello la vida, hace más de quince horas que he comenzado a tener los síntomas que llevan a la inevitable muerte dulce. El cosquilleo en manos y pies empiezan a ser casi insoportable... ¡Un momento!, ¡he escuchado un clic! Si… la caja por fin se ha abierto, río a carcajadas entre saltos de alegría, estoy tan frenético que a punto estoy de resbalarme con el charco de sangre que inunda la habitación, pero lo conseguí y eso es lo que importa. ¡Ahora si que estoy seguro de que me voy a curar! Miro entre la enorme pila de folios llenos de números la anotación de la combinación que la ha abierto: 7,2,9,6,3... ¡¡¡no me lo puedo creer!!! el muy canalla no tuvo mejor idea que colocar la fecha de mi propio nacimiento. Ahora más que nunca, me alegro de que esté muerto. ¡Que se joda!, no se merecía otra cosa.

Con cuidado, el que me permiten mis temblorosas manos, cojo el sobre y, con toda la meticulosidad de que soy capaz, lo abro. El corazón parece que me va a estallar, pero aun me quedan ocho horas para que eso ocurra y quizás la solución la tenga en mis propias manos.
Abro el sobre. En su interior hay únicamente una hoja, está escrita de puño y letra por Emil, dando un profundo suspiro empiezo a leer:

“¡Diantres Dominic, te ha costado! Si estás leyendo esta carta significa que finalmente has conseguido abrir la caja fuerte y que yo estoy muerto. Como es improbable que haya sido a consecuencia del virus de la muerte dulce, eso significa que tú mismo me has matado. No te preocupes, lo esperaba. Hace ya varias semanas que el sobre que coloco tiene este mismo mensaje. El otro, el que de verdad te interesa, ese que te hace rumiar despierto, ese que te está consumiendo de dudas, ese que piensas que te puede ayudar a librarte de la plaga mortal. Ese sobre hace ya varias semanas que dejé de colocarlo aquí. Ya no era necesario. Fue el mismo día que me diagnosticaron un cáncer de hueso que acabará conmigo de una manera dolorosa en cuestión de meses. Pronto no habrá ni médicos ni nadie que me ayude a aliviarlos. Por eso, consciente de tu estupidez y de tu avaricia, me inventé este juego del sobre, sabiendo que tarde o temprano te dejarías llevar por tu intrigante curiosidad y acabarías conmigo.
Sin duda nos veremos en muy poco tiempo. Si es en la Puerta de San Pedro nos saludaremos como viejos conocidos y lo celebraremos, si es en la entrada del Infierno, maldeciremos nuestro destino. Pero si nuestros caminos son los opuestos, veré la manera de mandarte un querubín o algún ángel de la oscuridad para que te de conocimiento del contenido real del sobre que tanto te ha intrigado todas estas semanas. Si nada de todo esto existe… lo siento mucho por ti. Adiós Dominic”

Emil Hubs

Ahora, sentado aquí en el frío suelo y con la carta estrujada entre mis manos, sólo espero el final. Únicamente tengo un deseo, que no exista un después. No podría soportar su risa por toda la eternidad.












¡Qué difícil levantarse cada mañana para vivir una vida sin sentido, sin futuro, sin ilusión, sin esperanza… una vida de muerte! 

Hemos intentado mantener la calma y continuar con el protocolo habitual durante todo este tiempo, desde que el VMH-07 empezó a propagarse y a sembrar el planeta de víctimas mortales. Ahora ya no es posible. El terror nos está paralizando a todos y aunque la idea de un mañana inexistente nos hace pensar en arrojar la toalla, en abandonar la lucha, no nos rendiremos antes de tiempo, tenemos que seguir adelante… hasta el final. 

El pánico a la muerte dulce será aún mayor si las calles permanecen sembradas de cadáveres en descomposición, los malos olores inundan nuestros hogares, el aire se hace irrespirable y el solo hecho de pisar la calle se convierte en un espectáculo dantesco; es nuestra obligación encargarnos de las víctimas y eso haremos.

Hace ya tiempo que se ha implantado el plan de contingencias para grandes catástrofes, pero esto desborda todas las previsiones.

Las brigadas para la recogida de cadáveres son insuficientes, necesitan ayuda, cada día más ciudadanos se ofrecen voluntarios para retirar los cuerpos sin vida que se agolpan en las calles, en los parques, en las puertas de nuestras casas…, después son trasladados a las plantas de incineración, ya no damos tiempo ni a que se enfríen; hay hornos crematorios improvisados por todas partes; en cuestión de segundos se convierten en polvo, tan solo una breve explosión, un fogonazo y un calor insoportable.

Tras cada hornada unas horas grises de desolación en las que el sol se oculta tras una nube de muerte.

El tiempo se agota, nadamos contracorriente.

Soy el único trabajador que queda en la planta; intentaré mantenerla  en funcionamiento, no sé por cuanto tiempo…










         13/11/2012 SACRIFICIO








No para de hablar, Marita consigue atraparme con su charla, yo la observo  como bebe de su copa y dibuja una sonrisa de pintalabios rojo.   Pero lo que más me gusta de ella es su forma de mirarme mientras se dirige  a mí. En esos momentos me alegro de haber aceptado la invitación a cenar,  nada es comparable al brillo de sus ojos. Ya desde pequeña  me enamoró  ese desparpajo de mujer fatal que desprendía sin ser consciente de ello. A lo largo de mi extensa vida he conocido muchas mujeres, que me han  vuelto loco o me han enamorado,   he conocido su cálido sexo y me he alimentado de ellas para sobrevivir.  Quizá,  porque la he visto crecer y   he conocido  a todos sus amigos, novios y amantes, podía perdonarme ser un canalla esta noche.   Y estaba decidido a serlo con ella.  He notado su pie descalzo deslizarse por mi entrepierna,  la he mirado  como  introducía el dedo en su copa de vino y luego  lo ha colocado en  sus labios.  Mis ojos se detienen  en  su pecho que  respira agitado y  me contengo las ganas de acariciar su cuello con mi lengua. 
Ahora no  escucho; ella me habla y me habla, pero yo la he desnudado con mi imaginación, la he colocado en la mesa y he respirado su aroma de perfume caliente.   Noto el deseo que me empuja y comienzo a desnudarme para sujetarla contra mi cuerpo. Pero despierto del ensueño cuando me llega un olor fuerte a sangre fresca y otro olor familiar que  me  advierte. No la  he visto salir de la habitación  pero llega desde la cocina  con una copa.
- Esta es mi sorpresa . - dijo colocando  la copa de sangre frente a mí.- Conozco tu secreto.
 No sabía qué decir, son muchos años los que vivo en esta ciudad, he tratado de ser discreto, pero ya quedan pocos de mi especie. Sonrío. Sólo tengo ganas de estrecharla entre mis brazos, de perderme bajo su  piel, de tocar su sexo húmedo y de escuchar la música de sus gemidos. Tal vez la sangre me consuele y me dispongo a beber de mi copa  cuando ella me la arrebata.
-Tómame a mí. - Y  me ofrece  su garganta.
Abandono mi asiento,  me coloco  detrás de su espalda y le susurro al oído. Me envuelve su perfume, me seduce su nuca, su pelo, su cuerpo. Quiero hacerle el amor antes de que  la muerte dulce se apodere de ella, porque está aquí, acechando, la huelo por la habitación.  Mi deseo  busca la 'petit morte'  para vivir un instante. Marita  se abre  toda entera  y me abraza,  mis manos  suben por sus caderas y noto  su cuerpo  que vibra junto a mi sexo,  juego con su boca  y no puedo contenerme, le muerdo los labios  para tener el sabor de su sangre y desde  allí, recojo su gemido  y  el mío  me azuza las entrañas. Repite una y otra vez en su lamento que no quiere morir.
-Muérdeme... quiero ser como tú. - me susurra.
Quiere vivir eternamente conmigo  y sonríe feliz  cerrando los ojos,  su cuerpo desnudo se desvanece  entre mis brazos. Con premura   muerdo su  cuello y bebo su sangre hasta saciarme; sé que está contaminada con el virus, por eso,  me aferro  a su cuerpo  tibio  y espero  a que llegue mi turno.





  

 

 

15/11/2012 - AMANECER DE NUEVO
(Aportación de Julián Mingo del blog "El retorno del dibujante")

  

 

 

Desperté bruscamente, estaba mareado, mi situación, era realmente extraña, allí estaba mi cuerpo en una cama rodeado de aparatos desconectados y sin vida, de mi brazo izquierdo colgaba una vía, que en otro tiempo habría sido el sitio por donde recibiría los fármacos necesarios para poder seguir existiendo, y que ahora su función era más que prescindible, con cuidado la arranqué de la vena y la deposité en un cubo donde habían restos de vendas y demás deshechos hospitalarios, me incorporé lentamente,  era todo realmente extraño no había nadie en la estancia, recorrí como pude los largos pasillos del hospital y no encontré a nadie, intenté viajar por mi memoria para recordar algo en lo que pudiera identificarme, mi nombre, mi aspecto, los hechos por los cuales fui ingresado en aquel centro hospitalario, no encontré nada, solo el vacío, solamente me llegaban preguntas, sin respuesta.

Empecé a darme cuenta de lo grave de aquella situación, hacía frío en la calle y solo llevaba puesto el liviano pijama del hospital, así que retomé los pasos y busqué algo con que aliviarme, al fin encontré un armario con varias prendas que me vendrían de maravilla para enfrentarme a mi delicada aventura, lo mismo encontré en las desangeladas calles vacías, un silencio brutal, no esperaba que ese silencio rebumbaría tanto dentro de mí, era insoportable ver los coches vacíos, las aceras desiertas, las tiendas sin su algarabía habitual, ¿que habría pasado durante mi estancia en el hospital? ¿cuanto tiempo habría estado inconsciente? un mar de dudas empezaba a taladrar mi recién cobrada consciencia, empecé a andar mas rápido que de costumbre la amplia y desértica avenida, quizás tenia miedo, el miedo te hace obrar de manera diferente, miedo ¿a que? buscaba respuestas, subí el ritmo de los pasos, esperando encontrar a alguien, algo que me diera alguna solución, pero nada ocurría,  pasaba los cruces de calles miraba a un lado y a otro y solo encontraba el devenir del gélido viento que  resecaba mi rostro, cansado me senté a reflexionar el porqué de todo aquello, y algo ocurrió, era como un lejano murmullo, que cada vez se hacia mas insistente y cercano, mi estado anímico se disparó como un resorte, el rumor se hacía evidente a cada minuto que pasaba y los latidos de mi corazón empezaron a retumbar en mi cabeza como un tambor.

No podía dar crédito a lo que se acercaba, era como una maraña inmensa, una jauría indecente de destrucción, en esa nube se amontonaban miles de perros que en otro tiempo habían estado a servicio de las personas, y ahora locos por el hambre se aprestaban a dar caza a todo aquello que estuviera a su alcance, ni que decir tiene que mi situación ahora si que había ido a peor en un cien por cien, y loco por el miedo empecé a correr todo lo que me permitían mis flojas  piernas, que no era ni mucho menos lo que yo quisiera.

Aquello pintaba muy mal, tanto que pensé por un momento acabar de otra forma mi fugaz bienvenida al mundo, acabar cuanto antes, pero el instinto de supervivencia me hacia retraerme de esa suicida idea, había que encontrar una salida de alguna forma pero ¿cual? las fuerzas empezaban a fallarme, creo que ya no podría resistir mucho más, me paré, el corazón estaba a punto de desbocarse y mis menguadas fuerzas dijeron basta, habría que resignarse a este fin, y prepararse para acabar cuanto antes, me arrodillé como el que pide clemencia, ante algo que iba a acabar con mi recién estrenada vida, algo que no entendía, que me superaba en todo momento, y me sentí frágil, mi cuerpo se volvió blando, caí de bruces encima del asfalto, y un pinchazo dentro de mi pecho alivió de algún modo mi posterior sufrimiento, porque cuando el enjambre de canes cayó sobre mí, hacía unos segundos que me había ausentado para siempre de este mundo








16/11/2012 - Preludio de la noche eterna
(Aportación de José Vte. García del blog Ya que digo...)
 



Carla Rojas se sentó cómodamente en uno de los dos sillones de rejilla que tenían colocados en el césped de la terraza de su casa para, como solían hacer todas las noches en que el tiempo aun era agradable, hablar en susurros y contemplar la luna bajo los mágicos influjos de la noche estrellada.
Quería sentirse hermosa. Se había puesto su mejor vestido, aquel negro y entallado que llevaba el día que se conocieron en aquella fiesta y que tanto le gustaba a él. Se le escapó una mueca triste cuando cayó en la cuenta de que sólo habían transcurrido quince meses desde aquel día. Durante más de una hora se maquilló con esmero, se cepilló largamente su pelo largo y moreno y se adornó con abalorios y colgantes, aquellos que él mismo le había ido regalando durante todo ese tiempo. Deseaba sentirse bella y deseada.

Decían que no había dolor, que no se sentía nada, apenas una pequeña sensación como de un ligero infarto. Hacía ya varias horas que tenía ese extraño hormigueo en las manos y en los pies. Esa era la simple percepción que precedía a la muerte dulce. Era el preludio para la larga noche.
El sillón de al lado estaba vacío, su marido no lo ocupaba desde hacía cuarenta y cuatro días, él había sido uno de los primeros.
Carla se recostó y esperó. No deseaba otra cosa. Unos pocos minutos más tarde sintió una pequeña punzada en el pecho. La taza de café le resbaló de entre las manos y unas pocas gotas derramadas se confundieron con la noche, absorbidas entre los hilos de su precioso vestido negro.








25/11/2012 - Horas de amor y despedida
(Aportación de José Vte. García del blog Ya que digo...)






Ray llevó el nutritivo desayuno a la cama donde, como era habitual en los últimos días, le esperaba su mujer, exuberante, desnuda y entregada. Así llevaba los últimos seis días. ¿Qué más puede esperar un hombre de la vida? Se preguntó con irónica sonrisa.
Fuera en la calle aun se escuchaban algunos escarceos y tumultos, pero claramente iban a menos. Nada que ver con los incesantes saqueos y las cruentas batallas callejeras que se sucedieron sin cesar al principio, cuando fueron apareciendo las primeras víctimas de manera masiva, ante la incredulidad y el silencio de las autoridades. - ¡Pero incluso a las calamidades y a la muerte es capaz de adaptarse el ser humano! – pensó.

Pasado el primer mes, cuando ya los cadáveres se contaban a miles por todas partes, la gente empezó a refugiarse en si mismas, en sus creencias más profundas, en sus propias casas. Aceptó el hecho como inevitable y se conformó. Eso mismo era lo que habían decidido hacer ellos. Se encerraron en casa con todo cuanto necesitaban para un mes, cerraron la puerta por dentro y tiraron la llave por la ventana del sexto piso donde vivían.
Ray y Susan eran de ese tipo de personas que se vanagloriaban de haberlo experimentado todo o casi todo en la vida, triunfadores y exigentes como eran, ahora se les presentaba la oportunidad única de experimentar el mayor de los goces. Sólo iban a tener una oportunidad y no querían desperdiciarla.   

Hacía ya varias horas que ambos tenían el mismo cosquilleo en manos y pies. ¡Una suerte!- expresó Ray con un sarcasmo no exento de un oculto desconsuelo, iba a suceder tal y como ellos deseaban, concientes como eran de que el clímax estaba cercano. La noche, como todas, había estado llena de desenfreno y lujuria, como a ellos mismos les gustaba referirse, no querían desperdiciarla durmiendo, apenas lo hacían durante un par de horas, lo justo para aguantar y no caer exhaustos. No deseaban que la muerte dulce les alcanzara desprevenidos. Desayunaron en silencio, cada uno pendiente de sus propios pensamientos y sus íntimos recuerdos. No hablaron, en realidad no tenían nada que contarse, sólo se alimentaban y se amaban, tampoco deseaban que una palabra equivocada rompiera la magia que disfrutaban. La magia de un amor caótico envuelto en una despedida triunfal. La magia de la culminación del sexo y el amor.

Se abrazaron y comenzaron un nuevo juego amatorio. Les era fácil encontrar la pasión necesaria, la atracción continuaba siendo extraordinaria. Se besaron con extremado frenesí y se acariciaron con dulzura pero también con una vehemencia ya conocida, conscientes como eran de que, ésta vez si, iba a ser la última vez. Sudorosos, agotados y al borde de sus últimas fuerzas, continuaron su propia función, el picor de las manos era mayor cada vez, incluso empezaba a ser ligeramente molesto. 

En el momento preciso Ray la penetró, con suavidad pero con calculada rudeza. Durante unos segundos el empujó con fuerza y ella recibía entregada, así sucedió incansablemente durante algunos minutos hasta que unos fuertes calambres en el corazón les paralizó por unos segundos. En ese momento sus miradas se cruzaron y ambos se detuvieron. Fue entonces cuando Ray se derrumbó. De pronto un miedo atroz le taladró el cerebro. Se salió del interior de Susan y como un niño se acurrucó entre sus pechos. De repente se dio cuenta de que tenía miedo a morir.
Susan, comprensiva, lo abrazó todo lo fuerte que pudo.

-    ¡Te quiero mi amor...! - dijo Susan - ¡...Adiós!
-    ¡...Adios, mi amor...! – respondió Ray

Unos segundos después ambos expiraron enlazados, no hubo momento culminante, no hubo exaltación suprema del goce, sólo un abrazo y unas pocas lágrimas derramadas a la vez se fundieron en el momento definitivo y real de su despedida.











01/12/2012 - El Canto de la Sibila
 (Aportación de Felicitat del blog El Jardí del Pirineu)







Todo ha empezado a finales de este siglo. A penas falta escaso tiempo para el final del milenio y se augura un fatal presagio. Soy Jimena de Huro, hermana de Guido de Huro y prima hermana directa de Olegario el Zurdo, Obispo de Campos y Conde de Huerta. Nos hemos criado juntos, ya que nuestra madre, Ana de Estola, murió tiritando de fiebre amarilla en los brazos de Herguido de Huro, esposo fiel y gran guerrero, padre nuestro; su torso grueso y su nariz encorvada lo distinguía de entre otros compatriotas. Ana de Estola, fue una mujer de tez fina, piel blanquinosa y bien educada entre la nobleza. Su boda fue anunciada por ambas partes desde su infancia, poderes terrenales y decretos reales que destinan un futuro sin poder cambiarlo, aunque mismamente fueron felices hasta ese instante.
Me encuentro en estos lugares, sentada frente al espejo de esta fría habitación. Mis cabellos castaños y ondulados se enredan entre púas de un cepillo anacarado y rodeado de lujuriosas piedras. Dicen que soy bella, heredada mi piel fina de madre y bien engendrada por un hombre poco casto y fuerte, de piel más bien morena y ruda y de rostro marcado; en ello basan mi belleza, y, aunque por edad ya debiera, todavía no he conocido hombre que deshonre mi pureza. Los aposentos y ventanales pertenecen al Castillo de Casanueva, tierras de Matallana. Estoy invitada por mi primo Olegario a pasar estos días de fiesta grande, dónde en el centro de la Catedral de San Cristóbal, tendrá lugar, para anunciar las fiestas, el canto de la sibila, al que me han ofrecido intervenir en esta ceremonia y vestirme de gala, junto al coro que pertenece a la real nobleza de estos confines. El final del año se acerca, y en la profundidad de las voces, se respira el miedo del pueblo y el terror en todo el feudo. Rumores que han llegado a sus oídos, palabras que intuyen el fin de estos tiempos. Cantos que denotan tristezas e incertidumbres al mismo tiempo y que me producen cierta nostalgia. Nunca he comprendido porqué cuando termina el año, este canto sibiliano se convierte en melodía de bastos poemas, creencias absurdas y rituales lejanos que un día nos impusieron personas de otros caracteres, aquellos que una vez nos enseñaron el Libro Sagrado, al que seguimos venerando. Después del canto se ha acercado a mi lado Romualdo, el Duque de Cierva. Hombre galano, de unos treinta años. Ojos oscuros y llanos, en su mirada se difuminan batallas, caceras y mujeres de taberna. Me ha conmovido. Se ha fijado en mi peca negra. Esa que delata la regatera que marca el vestido que llevo para la sibila. Un tejido verdoso, de seda rasa, se ciñe torpemente a mi cuerpo atado por el corsé y, en su torpeza, se abre exuberante la regatera, deleite para el caballero Romualdo de Cierva. Irrumpe ese momento de éxtasis mi primo Olegario, para confirmar que en la sala grande, la que linda con la superior destinada a la Biblioteca y reservada para los monjes, está servida la cena. Una mesa larga se divisa en el centro, en la que caben cien tenedores, todos con sus vajillas pertenecientes. Se hallan entre nosotros abades, condes y señores de otras tierras. Hoy va a ser el gran día, hoy sabré ciertamente cuál es la sorpresa que mi primo Olegario me encomienda, junto a Romualdo, el Duque de Cierva. Entre los manjares, propios de estas tierras, nos deleitamos de sabrosas carnes, salsas afrutadas, dulces mazapanes y buen vino que curan en barricas de madera acerezadas. Al terminar la cena, después de los festejos y discursos de los comensales, me siento cansada, agotada. Se ha ofrecido el Duque para acompañarme hasta la sala de arriba, dónde se aposentan las mujeres y los invitados. En este caso, los dos compartimos los mosaicos que dibujan el mismo pasillo. Me despido, con un beso en la mano, de mi primo Olegario y Romualdo me coge del brazo. Subimos las escaleras, que están alumbradas por enormes antorchas que prenden con aceites grasos y que van dejando aroma a hierbas, gracias a los monjes artesanos, que cocinan los aceites con hierbajos y especias de la tierra. Frente a la puerta de mis aposentos, Romualdo me apresa entre sus brazos y me desparramo sobre sus piernas. Durante la cena ha estado jugando conmigo a través de las palabras, coqueteando con los gestos, seduciendo con las miradas. En el interior de mi corazón he sentido una llamada, la sangre me ha fluido por todo el cuerpo, como el cosquilleo de una pluma cálida que se deja caer suavemente por la espalda. Un flujo candente se ha esparcido entre las enaguas bordadas de finos encajes y ha atravesado entre mis piernas mientras cenaba, y bajo la mesa, como una espada, he sentido la necesidad de ser clavada entre paredes. Ahora, entre salivas y pieles marinadas, creo haber llegado a conocer hombre viril y, asustada por los atónitos gemidos de placer que se me escapan, cierro los ojos y giro la cara hacia los ventanales, y se refleja entre mis párpados cerrados el rayo bravo de una luna llena. Con un suave mordisco en el cuello y una sutil penetrada, me sé mujer honrada por gentil caballero que no distingue espada, clavando su miembro entre mis entrañas. Es entonces cuando los siento cercanos y un fuerte dolor en el pecho me asfixia y me transporta, en una visión delirante, al segundo milenio y puedo entender a la muerte dulce. Y es ahora cuando esos suspiros, susurros de tramontana que me han atormentado mientras cantaba la sibila y, que al momento de desprenderme del cuerpo de Romualdo, sudorosa y agitada, han abierto los suelos con quiebras alargadas. Suben a la luz de la tiniebla oscura del Castillo de Casanueva, antiguos espíritus de otros tiempos que pisaron tierras de Matallana. Babilonios, bárbaros, romanos y hombres de las cavernas, los que predijeron el futuro entre los astros, griegos y celtas, vienen a bailar conmigo, una pobre cristiana de media época. Me voy con ellos hasta el fin del mundo, bailando entre mares de tierra el compás de lo eterno, y arrastro conmigo a los fieles vástagos, al Duque de Cierva, monjes y abades, obispos, condes y reinas, campesinos, pescadores y labriegos. Salimos de este mundo confuso y extraño, enredado de creencias de nuestros ancestros, alquimistas extravagantes, vírgenes negras y brujas hechiceras y nos fundimos todos en un mar de lava hambrienta, que se ha tragado insaciablemente toda la faz de la tierra.









05/12/2012 - Una sonrisa verdadera









Gustavo limpió su rostro para secar el sudor, se echó el cabello hacia atrás y lo tapó con su viejo gorro de ducha; con la desgastada esponja se embadurnó completamente la cara de polvo blanco y su rostro empezó a tomar un curioso aspecto entre frágil y melodramático, Luego se dispuso a  perfilar sus ojos con el delineador negro. Se dio cuenta que iba a ser una tarea difícil; unas inoportunas lagrimas amenazaban con arruinar la delicada labor de maquillaje. ¡Que tópico! – pensó haciendo una patética mueca. Un instante después se derrumbaba abrazado a su solitaria pena. Por unos breves segundos creyó que no podría seguir, sollozando se miró las manos, le temblaban tanto que casi era incapaz de controlarlas.  

- No eres el único que sufre pero si el único que alegra – le espetó su propia imagen  desde el espejo. 

Sobreponiéndose cogió los polvos de talco y comenzó a empolvarse la cara de una manera briosa, casi con violencia, para evitar que todo se descorriera, luego dibujó su boca y finalmente coloreó sus mejillas. Cuando se colocó la peluca naranja en la cabeza y la bola roja en su nariz, una emoción distinta le recorrió la sangre y se sintió dispuesto para afrontar la última función. La máscara de payaso una vez más le servía para aislar su verdadero rostro. Gustavo había dejado de existir. 

Gelsomín salió del cuarto, con dificultad y a oscuras fue abriéndose paso por entre el dantesco paisaje que mostraba el desolado pasillo. Con sus enormes zapatones caminaba despacio pisando enormes cantidades de gasas deshilachadas, botellas de suero despanzurradas, carpetas con historiales médicos, radiografías y multitud de medicamentos desparramados por el suelo, cada poco tenía que ir sorteando cuerpos y apartando camillas o sillas de ruedas cuyos ocupantes nunca pudieron encontrar cura para la atroz y silenciosa muerte dulce, la misma que ya lo esperaba a él.

Se sentía nervioso, tanto como el día que decidió hacer feliz a su propio hijo vestido de clown. Gelsomín caminaba con la vista al frente, ya no quiso mirar hacia atrás y por fin el payaso llegó a la única puerta de la que salía luz en toda la planta. Durante unos segundos se paró; luego, mirando al cielo cerró los ojos y tomó aire, lo hizo tan profundamente que la nariz de goma a punto estuvo de caerle al suelo.
Fue cuando de un salto entró en la habitación del ajado hospital infantil que los dos únicos niños que allí había le miraron incrédulos y sorprendidos: 

- ¡Bueeeeeenos díaaaaaas!, ¿quien de ustedes quiere una sonrisaaaaaaaaaa? 

- ¡Yooooooo! - Gritaron al unísono.  

Sus ojos en ese instante irradiaban tanta luz como la estrella más brillante del universo.







07/12/2012 - Una oración para su alma
(Aportación de José Vte. García del blog Ya que digo...)






El Sr. Servais empujaba, no sin dificultad, la pesada silla de ruedas de su mujer, entre el mar de coches y trastos viejos y abandonados en que se habían convertido las calles desde hacía ya varias semanas. No había nadie por ningún lado, ellos dos eran los únicos que quedaban allí. La muerte dulce se había ido apoderando poco a poco de todos. Miró el barrio, su barrio desde hacía setenta y ocho años, antes tan rebosante de vida, lleno de bulliciosos comercios y ruidosos coches, con el continuo trajinar de personas trabajando o paseando y de la jubilosa algarabía de los niños corriendo y jugando. Ahora ese barrio estaba vacío y hasta los pájaros, más silenciosos que nunca,  parecían haberse unido al duelo. Sólo algún ladrido lastimero y lejano de un perro buscando al amo que nunca encontraría lograba escucharse. Nada más. El resto era el silencio más absoluto. 

Había amanecido un espléndido día con una agradable temperatura que le hacía más llevadera la pesada carga de empujar la silla. Hacía ya casi un día que sentía el desagradable cosquilleo en las manos, pero sus fuerzas ya no eran las mismas. Le había costado mucho sacar a su mujer, la Sra. Servais, de la cama de la que no se había movido en los últimos dos años. Su cabeza ya no daba y sus piernas no obedecían, pero mientras estuvo lúcida y, fiel a su formación religiosa, le hizo jurar que un sacerdote le daría la extremaunción antes de morir. Ahora ya no existían curas, por eso había pensado que llevarla a morir a la iglesia tendría el mismo valor.

Cuando llegó, el templo era en sí mismo un espectáculo dantesco. Había cadáveres por doquier, todos habían querido acudir allí a pedir perdón en sus últimos momentos o acaso a solicitar un milagro que nunca llegaría. Empujando su silla, pisando y apartando cuanto había en su camino fue, lentamente pero con firmeza, abriéndose paso entre el impresionante gentío inerte hasta que se colocó en medio del pasillo. El Sr. Servais se sentó en un banco a descansar y al poco empezó a notar molestias en el brazo izquierdo, sintió una punzada en el corazón, como un pequeño infarto. Unos segundos después moría acurrucado en el banco de la iglesia, satisfecho por haber conseguido su objetivo. Su mujer, la Sra. Servais, continuó sentada en su silla de ruedas ausente de cuanto sucedía. Miraba inocentemente hacia el altar y en ocasiones hacia a su marido. Durante todo el tiempo mantuvo una ligera sonrisa humedecida por las gotas de saliva que le resbalaban constantemente por entre la comisura de los labios.
Cinco días más tarde fue a encontrarse con el Sr. Servais, su marido. Ella nunca supo que era la muerte dulce.  







        09/12/2012 - El antídoto




Después de haber perdido a toda su familia por la muerte dulce, se había atrincherado en su laboratorio para encontrar el antídoto contra ese maldito virus que estaba asolando al mundo entero.  Algunos de sus colegas lo habían acompañado un tiempo, pero todos habían ido contrayendo la enfermedad y se había quedado completamente solo. 

No recordaba cuando había sido la última vez que había dormido profundamente. Se pasaba el día entero con la mirada pegada al microscopio, probando con distintos métodos para encontrar la cura. 

Unos días antes le  había tomado muestras de sangre a su último compañero, antes de que falleciera. Estudió cada movimiento, cada transformación celular, segundo a segundo y logró llegar a conclusiones bastante positivas. Pero le faltaba un paso más, solamente uno para detenerlo. Tenía que tomar la muestra en el momento exacto en que comenzaban los cosquilleos, unos segundos después ya sería tarde. Según sus conclusiones ese era el punto donde se generarían los anticuerpos que detendrían la expansión del virus al tejido celular. 

Sabía que iba a tener poco tiempo, pero ya había preparado el frasco de vidrio esterilizado con la posible vacuna y un informe sobre los presuntos resultados y el momento en el que había que aplicarla. Lo único que le faltaba era comenzar a sentir él mismo los cosquilleos para confirmar su teoría.

Se preparó un café para mantenerse alerta y se sentó frente al microscopio una vez más.

De repente empezó a sentir que se le dormían los pies, como pudo se levantó, tomó una jeringa y se extrajo varios tubos de sangre. Puso una nueva muestra en el microscopio y le colocó las gotas de antídoto que había preparado para inmunizarlo. El virus VHM-07 no le hizo caso, siguió en expansión.
La desolación se adueño de su alma que ya había perdido toda esperanza. El dolor en el pecho se le había vuelto insoportable. Dándose por vencido se recostó en la silla y se adormeció.

Cuando volvió a abrir los ojos,  una hora después, su cuerpo estaba casi paralizado. A rastras se inclinó en la silla y se asomó a mirar el microscopio por última vez.  El virus se había quedado inmóvil, atrapado y estaba reduciendo su tamaño. 
Había encontrado la cura, la vacuna que había preparado tenía que aplicarse en el momento exacto de los cosquilleos y el virus después de una hora de resistencia al fin se detenía. Eso era todo… Pero ya era tarde…

…Un sabor dulce le inundó la boca y el frasco de vidrio que había intentado alcanzar se resbaló de sus manos, ya casi inertes, haciéndose trizas y desparramando toda la solución que contenía sobre el informe que había dejado escrito.










Amán pisó el acelerador hasta el fondo, desgarrando el viento. Podía maltratar el coche, chocarlo, volcarlo, como si fuera la versión más vertiginosa de sus juegos electrónicos, que lo apasionaban.  ¡Total, a él no le costó! Nunca hubiera imaginado encontrarse un coche como ese, tan a la mano, con su dueño dormido, inconsciente, en una franca invitación a despojarlo de él, como lo hizo. 

Recorrió algunas avenidas, llenas de coches parados, vacíos con las puertas abiertas,  o con sus conductores dentro,  recargados en las posiciones más cómicas o grotescas, sobre los volantes, las ventanas, los respaldos o de costado en los asientos. 

Para qué preocuparse en investigar los motivos de ese juego.  Amán solo se abandonó en ese placer desconocido. Sin preocuparse por agentes viales, ni policías, ni siquiera por el  castigo que le impondría su padre, al enterarse, ni por la tristeza que sentiría su madre.  Pues, difícilmente se le presentaría otra oportunidad, de pilotear un deportivo como ese, ni soñando.

Subió el volumen de la música casi al máximo.  La  pieza “techno” retumbaba, estrellándose  en bardas, paredes y asfalto, creando un remolino enloquecedor y envolvente, al que él se sumaba con gritos y alaridos, mientras que alcanzaba una de las orillas de la ciudad. Virando en una violenta maniobra, al fin tomó la carretera sur,  junto con el atardecer. Ese fue el último de su vida. 

Se internó en un ambiente de oscuridad, vacío, soledad y silencio. La luna, las estrellas y el sol desaparecieron en el mismo acto, arrancando también de la existencia al tiempo. Amán sintió como el pánico sustituyó la emoción y la adrenalina, que con tosquedad le ordenaba sujetarse al volante y solo mirar, aniquilando su posibilidad de controlar ya nada. 

Quedó secuestrado por esa emoción, muy superior a su capacidad de impedir lo que estaba sucediendo. Pasaban a los costados del coche, secuencias de imágenes desastrosas: tormentas, inundaciones, congelaciones, ciclones. Se estrellaban en el parabrisas todas las miserias humanas, acosándole. Después, rostros desfigurados y desvalidos por sus infortunios: hambre, sed, cansancio, enfermedad. 

Amán desbordó todas sus emociones, a través de carcajadas, gritos, exclamaciones y chillidos, en una catarsis incontrolable, hasta sofocarse. Extenuado, soltó el timón y se echó hacia atrás  sobre el asiento, soltando los brazos sobre sus piernas, para  llorar, casi sin fuerza, jadeante y vencido
.
Cerró los ojos, hizo un balance de su esencia, vio cada uno de sus continuos actos de irresponsabilidad, egoísmo y anarquía, hasta que llegaron las brumas, que con  movimientos ondeantes y muy suaves, desprendieron todas sus emociones negativas, sembrando en ese mismo espacio, brotes diminutos de amor, serenándolo en el acto. 

El coche, fue disminuyendo la velocidad, hasta parar ante un letrero: ¡Bienvenido a tu muerte dulce!

Al apearse Amán para corroborar la leyenda, ¡despertó! Vio que se encontraba en su cama y en su casa. – Fue  un sueño -susurró alentado-, pero con una velada desazón. 









 12/12/2012 - "Os ruego me disculpen"



Siempre he sido un hombre tranquilo y de aspiraciones espirituales. Desde pequeño, he mirado el mundo de manera distinta a como lo hacían los niños de mi edad. Cuando ellos pensaban en jugar a los “Power rangers” yo disfrutaba de la tranquilidad que emanaba del viento y de los árboles. Algo dentro de mí, se sentía unido a ellos. Podía sentir emociones intensas con solo oler el aroma de las plantas. Mi vida, aunque con alguna tapadera para no mostrar el “loco” que realmente soy a ojos de los demás, siempre ha sido una búsqueda de la verdad oculta e infinita, que se esconde en cada partícula que mora en el universo. Luego todo fue distinto. Al hacerme mayor, quise conocer la ciencia del hombre. Pero solo encontré a hombres-niño, que jugaban a ser maestros, guiados por palabras y verdades que no eran las suyas. Más no me importaba en absoluto que aquellos pobres, perdidos en su propia ignorancia, pudiesen estar equivocados o no. Tenía claro un objetivo: convertirme algún día, en alguien que ha conocido el sentido último de todo cuanto le rodea. Alguien, a quien la gente venidera, siguiese ciegamente, convirtiendo así una verdad duramente buscada y merecida, en una secta de palabras carentes de significado.

¿Acaso Siddharta o Jesus se convirtieron en Buddha y Jesucristo, abrazando un dogma ciegamente? Eso es todo lo que tengo que decir a quien me esté escuchando allá arriba en el firmamento estrellado de esta noche tan preciosa. Os contaré mi historia final, pues aunque no podáis escucharme, sé que alguien ahí arriba, quizá en alguna estación espacial, sigue viviendo ajeno a todo este caos. Quizá ellos puedan algún día repoblar la tierra, si es que podéis aterrizar. Quizá haya esperanzas. Ni lo sé, ni me importa. En fin, no me importa si hablo solo en estos últimos minutos que me quedan. Las manos me pican muchísimo. Es algo molesto, pero pronto dejaran de molestarme. En cualquier caso, allá va mi historia:

No sé como ni porque, acabé aquella noche compartiendo el fuego y la cerveza con no más de media docena de saqueadores. No preguntaron, supongo porque ya habían apurado más de veinte cervezas entre ellos. Me ofrecieron sentarme junto al fuego, al refugio del frío de la montaña y una lata de cerveza. No soy aficionado a la bebida, pero fue bien recibida por mi estómago. Uno de ellos, tras la breve presentación, continúo con la conversación que llevaban manteniendo durante toda la noche junto al fuego.

-Camaradas, brindo por esa mierda de virus que tanto nos ha dado. –Dijo alzando su lata de cerveza. –Como iba diciendo, en estas ultimas semanas, ese virus cabrón me ha dado más de lo que he podido disfrutar en toda mi vida. Hace pocos días sin ir más lejos, haciendo una visita rutinaria por los apartamentos de la ciudad, me encontré a una pava que había estirado la pata con todo el chute todavía en el brazo. –Los demás rieron su gracia. Yo me dedique a escuchar, pues no sabía muy bien de que hablaban.

-Hay que ver Paquito… el vicio es muy malo. –Añadió. –Para que veas, el otro día entre en un piso para ver si había comida y de repente –Hizo aspavientos con las manos para dar énfasis a su relato. –Me encuentro a una pava to´ macizorra desnuda y debajo de quien debería ser su novio. Los dos estaban en pelotas. Se ve que querían morir corriéndose ¡los muy calforros! –Dijo entre risotadas mientras el resto se unía en un estruendoso festín de carcajadas sobre el mal ajeno.

Comenzaba a comprender de qué estaban hablando aquellos maleantes. No solo saqueaban todo lo que encontraban a su paso, sino que encima violaban la intimidad de aquellos que habían decidido morir dignamente. ¡Se burlaban de los muertos! Algo dentro de mí comenzó a sentir asco. Pero decidí darles un voto de confianza para ver si la conversación mejoraba. Al fin y al cabo esos pobres hombres morirían igual que todos nosotros y si así se divertían en sus últimos días… No soy quien para decirles lo contrario.

-A mi me gustaría morir así. Nos ha jodio, ese par eran bien listos. ¡Morir jodiendo, eso sí que es vida! –Comentó el que estaba sentado a mi derecha.  –Dicen que la primera victima de este virus, murió vestido de tía. ¡Como el Carradine hace unos años! En fin… a gustos colores. –Y dicho esto apuró la cerveza con un largo trago.

Un silencio incomodo se adueño de la escena. Por un momento sentí miedo de que me preguntasen algo referente a la conversación que se estaba desarrollando.

-Ha pasado un Ángel. –Rompió el silencio uno de ellos, que parecía seriamente perjudicado por el alcohol.

-¡Hey Pepe!, todavía no te he preguntado que pasó el otro día. ¿Cómo es que te fuiste con el Jeep todo terreno y volviste con una mierda de Opel corsa?

-Pues veras… La ciudad parecía un puto cementerio, nano. No se escuchaba nada, solo algún gato peleándose y au. No pensaba que hubiese nadie vivo ya. Así que deje el coche con la puerta abierta y las llaves puestas y entré en el supermercado. –Hizo una pausa mientras esbozaba una sonrisa socarrona. –Y entonces oigo un ruido y pienso ¡coño, los picoletos!

-Serás gilipollas, como van a ser los picoletos ¡si no queda ni uno, flipao! –Le interrumpió Paquito.

-¡Yo que sé, nano! esos cabrones son capaces de todo para incluso no dejarte morir a gusto. Bueno total… que salgo para ver que pasa y veo como el Jeep se aleja, el muy cabrón. –De repente su semblante se tornó serio y apesadumbrado. –Soy un pringao, me han robado en el puto fin del mundo. Quedamos cuatro gatos y para una vez que me dejo el coche abierto, van y me roban.

Todos los allí presentes estallaron en carcajadas y el que se encontraba a la derecha de Pepe, le propino una palmada en la espalda a modo de compensación. Bueno, la conversación parecía estar relajándose. Esos tipos eran muy desagradables pero parecían tener corazón al fin y al cabo.

-Vamos Pepe anímate, mañana iremos a la ciudad y te buscaremos alguna “jamona” para que se te quiten las penas. –Le dijo aquel que le había palmeado la espalda.

Algo en mi mente crujió de puro horror. ¿Era posible que hablasen de ultrajar los últimos restos de otro ser humano? Ya no me apetecía quedarme allí. Esos desalmados tenían pinta de peligrosos.

-Tú, el nuevo, cuéntanos algo interesante sobre el fin del mundo. No has abierto la boca desde que has llegado. –La pregunta me sobresalto sacándome de mis pensamientos. Un sudor frío me recorrió la nuca.

-Pues… -Hice acopio de valor. –Días atrás, entre en una iglesia y allí encontré a una mujer en silla de ruedas, parecía tener alguna discapacidad severa, puesto que babeaba y no dejaba de mirar uno de los bancos donde un hombre estaba tumbado. Aquella imagen me afectó mucho. Lo último que deseaban esas personas, era que Dios les perdonase por sus pecados. Pero Dios no solo no apareció, sino que permitió que aquella pobre mujer discapacitada, muriese sola rodeada de cadáveres. –No pareció impresionarles mucho mi síntesis, pero al menos volvió a reinar el silencio.

-¡Vaya, tenemos a un filosofo hoy aquí! Dime una cosa. –Y se inclinó hacia delante para poder escucharme mejor. -¿Te tiraste a la vegetal esa, compañero? –Todos rieron sonoramente. Malditos borrachos. Yo negué con la cabeza inmediatamente, abrumado ante tal pregunta. – ¡Venga hombre, no tengas vergüenza! Aquí todos hemos desterrado la moralidad de nuestras vidas. -Hizo una pausa y señaló a un hombre que había permanecido callado durante toda la noche al igual que yo. -Ese de ahí, que está más blanco que Nosferatu, nos confeso una vez que había matado a su madre por no sé qué leches de un cumpleaños. Hasta la fecha no ha vuelto a abrir la boca. - De nuevo hizo una pausa y todos le miramos. Yo especialmente horrorizado. -Así que ya ves, ninguno de los que estamos aquí tenemos derecho a juzgarte... ¿Te la tiraste o no, compañero? –Volvió a decir, haciendo que mi mente se retorciese de espanto y agonía. Volví a negar con la cabeza, tratando de reprimir un fuego interior que me impulsaba a destrozar a aquel tío a puñetazos. Al ver que negaba con al cabeza, uno de ellos intervino en la conversación.

-¡No jodas nano! Tu no estas bien de la cabeza. ¿Sabes cuantas mujeres quedan vivas sobre la faz de la tierra? No sabes la suerte que tuviste al encontrar a un agujero bien calentito. Si yo hubiese sido tú, me la hubiese beneficiado hasta morir de agotamiento. No sabes lo que es tirarte a un fiambre frío y reseco. -No podía soportarlo más. Una arcada me recorrió todo el cuerpo, seguido de un escalofrío lleno de fría ira. Aquello había llegado demasiado lejos. Panda de orangutanes en celo. Por culpa de gente como ellos, el mundo se había ido a la mierda y a mi me tocaba resignarme y escuchar a esos cabrones, mientras la maldita mano me picaba lo que no está escrito.

-Yo creo que Dios si que existe. –Dijo uno de ellos, cambiando de tema. La cosa prometía. –Hace unos días, entré en un chalet y me encontré a una pava tremenda, con un pelazo moreno. Totalmente maquillada y con un vestidito negro que dejaba poco a la imaginación. –Dio un trago para hacer una pausa. –Sin duda fue un regalo que me hizo Dios porque ¡la tía hace poco que había muerto y todavía estaba caliente la muy zorra! Le di las gracias a “el altísimo” mientras me bajaba los pantalones y me montaba encima de mi nuevo regalo.

Mis ojos se abrieron como platos. Todos se quedaron mirándome, pero no me importaba. No podía soportarlo. No quería creer lo que me decían esos tipos.

-¿Muchacho, que te pasa? –preguntó uno de ellos.

-Os ruego me disculpen caballeros. –Conseguí balbucear. -¿Alguien siente picores en la mano o las piernas?. Todos negaron con la cabeza, extrañados ante tal incoherencia de pregunta. -Necesito… necesito tomar el aire. –Les dije. Incorporándome pesadamente.

Me adentre en el oscuro bosque y arroje hasta la primera papilla sobre el tronco de un gran árbol. Esos malditos cerdos ni siquiera tenían síntomas de la muerte dulce. ¿Cómo era posible aquello? Unas vidas llenas de depravación y salvajismo sin consecuencias. Y a mi me tocaba pagar por sus pecados, cuando lo más grave que había hecho era robarle cigarrillos a mi padre. La locura se desató dentro de mí. De pronto creí sentir la verdad oculta en todas las cosas. Cada uno es su propio Dios y aquellos hombres habían vivido sus vidas a su manera. Sin dogmas y sin ataduras. No eran unos valores muy correctos pero ¿Y si todo eso fuesen engaños y lo único que importase fuese ser fiel a uno mismo, sin engaños ni mascaras de civismo? La verdad absoluta se mostraba perturbadora en mi mente. Pero por fin lo comprendí. Sin duda, esta noche yo me convertiría en un Dios purificador de cerdos carroñeros. Sería fiel a mi mismo por una vez en mi vida y haría aquello que me pide el cuerpo.

Agarre una rama del suelo y volví junto a la fogata.

Todos se quedaron mirándome extrañados, esperando que yo hablase.

- Vosotros no merecéis una muerte dulce.

No hubo más palabras. Era todo lo que necesitaban oír. Una furia indecible se apoderó de mi cuerpo y acabé con todos ellos. Quería que sufrieran. Quizá la muerte dulce era una salvación. Quizá todos merecíamos una muerte dulce y poder elegir como morir. Tal vez algo superior nos estuviese salvando de gente como estos cerdos. Todo pasó muy deprisa. Yo solo podía escuchar el sonido de huesos que se rompen. Cuando por fin recobré la conciencia, vi que estaban esparcidos en el suelo lamentándose y llevándose las manos a algún miembro roto. Poco a poco, fui rompiéndoles las extremidades para que no pudiesen moverse  y a los que todavía conservaban la conciencia, los tumbaba de forma y manera que la cara quedase dentro de la hoguera.

Me adentré de nuevo en el bosque escuchando a lo lejos sus gemidos y gritos de agonía…

Y aquí estoy, contándole mi historia a los árboles y las estrellas que tanto me inspiraron en vida. Si existe un ente superior que nos está castigando, sin duda no quería irme de este mundo siendo castigado sin motivo alguno. Al menos le ayudé en la medida de lo posible a limpiar el planeta. No hubiese muerto a gusto pensando que se me castigaba por nada.

Un pinchazo en el pecho, me indica que ya es la hora. Que mí tiempo aquí ha concluido y debo abandonar mi cuerpo. Realmente es una muerte dulce. Un pinchazo y se acabó. Sin embargo mi alma se halla inmersa en la felicidad eterna de saberse conocedora de su misma existencia.








                13/12/2012 - El Prado

 



Fue al sentir aquel intenso cosquilleo en las manos cuando realmente tomó conciencia de que el fin ya estaba cerca.
En los últimos meses y muy lentamente había ido siendo testigo de cómo todos fueron marchándose. Su familia, sus amigos, todos, a la mayoría se los llevó la muerte dulce, otros, impacientes, no quisieron esperarla. Ahora le había alcanzado a él.
Durante muchas largas horas estuvo acurrucado en el rincón de su habitación, antes compartida y tan llena de vida y ahora vacía y silenciosa. Tenía miedo y lloró por su desgracia, que era la desgracia de la propia humanidad. Y fue entonces, consciente de su soledad, de aquella impenetrable y angustiosa soledad que le rodeaba, cuando se dio cuenta de que ahora más que nunca, necesitaba el calor y la cercanía de otros seres humanos.
Sin pensarlo demasiado salió a las desoladas calles y buscó desesperadamente un coche que funcionara. El suyo hacía tiempo que se había quedado sin gasolina y conseguirla ya era imposible desde hacía muchas semanas. Cuando lo encontró condujo con desesperación. Desde los primeros tiempos de la propagación de la plaga, corría el rumor de que grupos de personas se reunían en un lugar llamado “El Prado” para despedirse confraternizados.
Quería, necesitaba desesperadamente creer en esa leyenda, deseaba con todas sus fuerzas que existiera un lugar como ese, no podía comprender que todo terminara así, en el más absoluto vacío y abandono. Durante los últimos tres días no había hablado ni visto a nadie y necesitaba desesperadamente el calor y el abrazo humano más que ninguna otra cosa. No le importaba morir, pero de repente la posibilidad  de hacerlo, sólo y en un mundo que ya no existía, le ahogó hasta casi paralizarle la respiración.
    
Condujo durante varias horas sin saber muy bien cuanto ni hacia donde, únicamente sabía que tenía que dirigirse al sur. Finalmente, cuando ya desesperaba, encontró un gran valle y en todo su alrededor… PERSONAS. Emocionado dejó el coche y echó a correr. Cuando se acercó pudo comprobar que apenas había un centenar que paseaban por la hierba y entre los árboles. Todos iban cogidos de la mano y en pequeños grupos, unos más grandes, de hasta ocho o diez personas, otros simplemente eran parejas, pero ninguno caminaba solo. Nadie gritaba, tampoco se oían rezos desenfrenados, no se escuchaban súplicas ni maldiciones, simplemente eran hombres y mujeres, también niños, algunos llevaban sus mascotas que sin duda les sobrevivirían, que hablaban o jugaban y sobre todo esperaban lo que era inevitable.

Una joven de unos veinte años y un hombre de aproximadamente sesenta se le acercaron y le ofrecieron sus propias manos - ¿Te ha alcanzado la muerte dulce? – preguntó con suavidad el hombre. - Hace ya unas quince horas – respondió él.
Por los claros ojos de la joven resbalaron algunas lágrimas, pero ninguno de los dos  dijo nada, simplemente le cogieron de la mano y los tres comenzaron a caminar juntos y lentamente por entre la hierba.
Durante solo unas pocas horas en el atardecer de aquel jueves pudo pasear entre los árboles cogido de la mano con aquellos dos desconocidos, pero lo verdaderamente maravilloso fue que ya nunca, en ningún momento  tuvo miedo ni volvió a sentir la soledad.




    


      15/12/2012 - La maldición

  



Bajo un persistente manto de agua, Yussuf enterraba a su mujer. A su izquierda, Kuaima mantenía la cabeza agachada y el más respetuoso de los silencios, a su derecha, Simbara, con apenas tres años lloraba de manera estentórea y entre hipadas, aunque el motivo de su persistente llanto nada tenía que ver con la mujer a la que aquel hombre grande y circunspecto acababa de dar sepultura.

Tres meses había pasado Yussuf en las altas montañas de pastoreo, con sus animales como única compañía. Tres meses en los que el cielo y las estrellas se convertían asiduamente en los mejores confidentes y en sus más fieles consejeros, y donde la soledad lo transformaba en el único dueño de su propia felicidad.
Era al finalizar el tercer ciclo de luna llena cuando llegaba el momento del regreso, a su hogar con su querida esposa. Su masculina vitalidad iba rebosante de deseo carnal. Ímpetu que, a pesar de su fuerza y juventud, el Señor aun no había tenido la gracia de gratificar con un hijo. Se extraño no ver desde la lejanía a su mujer, joven, alegre e  impaciente, esperándolo como era habitual. Su extrañeza se tornó en desespero cuando al entrar al chamizo la encontró tendida en la cama, inerte y fría.
Sin pararse a averiguar si estaba viva, la angustia le llevó a cogerla en brazos y a correr colina abajo hacia el poblado. Allí el paisaje no podía ser más desolador. Por más que buscó no encontró al médico, ni a la partera, ni siquiera al jefe del poblado, No vio a nadie... con vida. Las calles y los caminos estaban inundados de cadáveres y desde el interior de las chozas de adobe únicamente salía un espantoso y sobrecogedor hedor a muerte.
Miró a su mujer y entre lágrimas reconoció que también estaba muerta. Con delicadeza la depositó en el interior de una casa vacía y con la angustia atenazándole la garganta se dispuso a recorrer el pueblo, buscando no sabía muy bien que, algo que le diera alguna explicación del porqué de aquel espectáculo dantesco y sobrecogedor. Al cabo de un rato cayó en la cuenta de que apenas había sangre por las calles, tampoco en los cuerpos, no había nadie mutilado o muerto de manera violenta, aquello que fuera lo que los había matado a todos no era la matanza de una tribu enemiga, como tantas veces ocurriera en el pasado. Sin duda algo misterioso y terrible había exterminado a la aldea entera.

Algunas cabras se paseaban por las polvorientas calles, ajenas y libres; los perros ladraban y gruñían enseñando los dientes, mirándolo con recelo y hambrientos, y  los gatos, liberados de protocolos, ya habían empezado su macabro festín. No quería estar allí mucho más tiempo. El poblado era un enorme cementerio al aire libre y el olor empezaba a impregnar todo el ambiente. Únicamente quería enterrar a su mujer y marcharse de allí, lo más pronto y lo más lejos posible.
De pronto le pareció escuchar un llanto. Salía del interior de una de las chozas. Entró y se encontró con una escena que le heló la sangre. Una familia entera de cinco personas estaba diseminada por la estancia. Todos estaban muertos. Pero al fondo, en un rincón, un niño temblaba asustado, conforme se iba acercando, el niño se acurrucó aun más, mirándolo fijamente con sus enormes ojos negros. A su lado, una niña de unos tres años, mordía del pecho de una mujer que sin duda llevaba muchas horas muerta.

Con la mayor delicadeza que un hombre de su rudeza pudo mostrar, cogió entre sus brazos a los dos niños y los sacó de allí, la niña se resistió a soltarse del pecho de su madre, luego les habló suavemente y les fue tranquilizando hasta que pudo preguntarles por lo que había ocurrido en el poblado.
Así pudo saber por boca del joven y valiente Kuaima, que desde hacía aproximadamente un mes la gente del poblado había empezado a morir de repente y sin ningún motivo aparente. Hablaban de una maldición que primero se había llevado la lluvia y luego a las personas. Todos empezaron a tener mucho miedo. El jefe de la tribu hizo asambleas y comenzó a sacrificar cabras como hacían los antiguos, pero muchos en el pueblo estaban en contra de volver a las viejas creencias porque eso insultaba a Dios. Se pelearon entre ellos, pero cada día morían muchos más, hasta que el propio jefe  también murió. Entonces todos abandonaron la esperanza, algunos se marcharon, otros se encerraron en sus propias casas a esperar.
Kuaima y Simbara eran hermanos; toda su familia había muerto apenas hacía dos días y en un breve intervalo, la última fue su madre. Murió mientras le daba el pecho a su hija, desde entonces la niña no cesó de llorar y apenas comía nada de lo que su hermano traía, nunca encontró la manera de separarla del pecho seco e inerte de su madre al que se había agarrado con todas sus fuerzas.

Yussuf escuchó en silencio y con los ojos inundados en lágrimas, cuanto le contó el niño. Algo tuvo claro, aquel lugar estaba henchido de muerte y debían de irse de allí lo más rápidamente posible, era lo único importante. Encontró un carro amarrado a una vieja bicicleta, rápidamente recogió utensilios y comida, luego buscó una pala y de una manera casi impulsiva cavó un hoyo en el que enterró a su esposa. Fue entonces cuando el cielo por fin se abrió y comenzó a llover de forma torrencial, como si Dios quisiera limpiar de un plumazo toda la pestilencia a muerte que aquel poblado desprendía. Durante unos minutos rezo por el amor de su vida, que ahora descansaba bajo aquel pedazo de tierra, pero también por todo su pueblo que ya no existía, a excepción de esos dos niños que ahora se habían convertido en su propia familia. Al terminar, y bajo el intenso aguacero, el hombre subió a los niños encima del gran fardo que había creado sobre la bicicleta y, con decisión y sin mirar hacia atrás, Yussuf, sin plantearse motivos, empujó su preciada carga lentamente y sin destino en busca de un nuevo hogar donde volver a comenzar.

Aquel hombre tenaz, en la ingenuidad de su pequeño y aislado mundo, pensó que podría escapar, huir de la amarga realidad que rodeaba al planeta. Pero nadie, en ningún lugar, escapaba jamás a la maldición de la  muerte dulce.




 




17/12/2012 - El Ángel de la muerte dulce









Un hormigueo incesante se había apoderado de sus brazos, intentando franquear la delicada frontera que suponían los hombros. Dina sabía que no tardaría en conseguirlo, lo había visto demasiadas veces como para ignorarlo. Deambulaba sola por los pasillos del hospital, contando en silencio los minutos que le quedaban por vivir. A ambos lados se amontonaban los cuerpos sin vida de aquellos a quienes un día no muy lejano sufragó. Sus rostros, deformados por la avanzada descomposición, la observaban en silencio anunciando el inminente final.

Llevaba horas recorriendo el edificio abandonado, como una niña asustada que se pierde en medio del bosque y espera que alguien la rescate. Se habría burlado de su propia cobardía si los árboles y las sombras no hubiesen sido sustituidos por cadáveres y hedor a muerte.

El hormigueo comenzaba a invadir también sus piernas y cada vez le resultaba más difícil caminar. No podía hacer nada, lo sabía. Solo esperar la llegada de la Muerte Dulce. Se sentó en un rincón de la sala de urgencias. Allí era donde se hacinaba el mayor número de cadáveres, decenas de personas sin nombre que le habían entregado sus últimas horas de vida. Aún recordaba el día que llegó a la ciudad, ocho meses antes de que el VMH-07 sembrara las calles de muerte y desolación. Atrás quedaban su familia y amigos; sola, en una ciudad bulliciosa y desconocida, Dina intentó construir una vida nueva que hoy llegaba a su fin.

Era la única enfermera que quedaba en el hospital, seguramente la única que se mantenía con vida en toda la ciudad. La mayoría de sus compañeros perecieron durante el primer mes de la pandemia. El resto, los que sobrevivieron, no tardaron en huir junto a sus familias al comprender que no había nada que pudiera detener a aquel virus mortal. No entendía muy bien cómo había logrado sobrevivir ella. Si bien era cierto que había observado con rigurosidad las normas de higiene sanitaria, sabía que no existía barrera posible para el control de la infección. La mayoría habían sido infectados por familiares o amigos, tal vez su aislamiento involuntario en una ciudad tan multitudinaria le había concedido una pequeña prórroga de tiempo.

No existía un lugar seguro donde esconderse del VMH-07 y no tenía sentido huir. Sin noticias de sus seres queridos, aquellos rostros desconocidos se transformaron con el paso de los días en los rostros de sus padres, sus hermanos… su única familia al fin. Por eso abandonó de una vez por todas su empeño por sobrevivir y se instaló en una de las habitaciones del hospital. Durante veinticinco días exactos convivió día y noche con los moribundos que le suplicaban salvación, hasta que aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad.

El hormigueo avanzaba. Sus muslos se contraían con pequeños espasmos que la incomodaban. Había perdido la sensibilidad en las manos y apenas era capaz de mover los dedos. Echó un último vistazo a cuanto le rodeaba y se preguntó si quedaría alguien con vida en algún lugar del planeta. Hacía semanas que se interrumpieron definitivamente las comunicaciones, el furgón del incinerador había dejado de recoger los cadáveres que ella misma arrastraba hasta la entrada y los voluntarios que ofrecían consuelo a los moribundos llevaban días sin aparecer. Sólo Dina continuaba allí, como una ilusión imperecedera que se niega a desaparecer. “El Ángel de la Muerte Dulce”. Así la había bautizado el último niño al que vio morir.  Para entonces ya no le quedaban lágrimas por derramar. El dolor y la desesperación de las primeras semanas habían dado paso a una sensación más irritante aún, la apatía. Ya no le importaba cuántas personas fallecían al cabo del día, ni buscaba por sus propios medios una forma de curación. Se limitaba a coger las manos de los moribundos y a esperar en silencio a que llegara el momento de la expiración.  A veces se odiaba por aquella actitud tan fría pero en el fondo envidiaba a quienes fallecieron primero porque ellos se ahorraron la imagen de la devastación.

Le costaba respirar. Se arrastró como pudo hacia la entrada, abriéndose paso entre los cadáveres que obstaculizaban su camino. El hedor a carne putrefacta lo llenaba todo pero Dina ya no era capaz de distinguirlo. Se detuvo en la puerta de urgencias, quería ver el cielo una vez más. Su último recuerdo era el de un cielo oscuro, manchado por una nube de humo gris procedente del incinerador que trabajaba incansable para limpiar la ciudad. Con el horno apagado indefinidamente, el cielo había recobrado su color azul y eso la reconfortó. Notó un ligero pinchazo en el pecho que aumentaba progresivamente de intensidad. Miró por última vez las calles solitarias; ya no queda nada, sólo un silencio aterrador que proclamaba la proximidad del fin. Las calles estaban desiertas, los escaparates rotos y los comercios saqueados. En algunos rincones las ratas devoraban los restos de lo que debía ser el cadáver de una persona. La Muerte era la única superviviente allí.

Le pareció ver la figura de un muchacho corriendo en dirección a los suburbios de la ciudad. Se preguntó si quedaría alguna esperanza para el ser humano. Se tumbó boca arriba y se dejó llevar por la inmensidad del cielo. Una enorme sensación de paz invadió todo su cuerpo. Hacía años que dejó de creer en la religión pero cuando su corazón dio el último latido, encomendó su alma a Dios.









21/12/2012 – La Profecía Maya
(Aportación de José Vte. García del blog Ya que digo...)






“… mensaje grabado y de difusión continua en determinadas frecuencias para todo el planeta, también ha sido enviado al espacio en forma de ondas de radio y en todas los lenguas conocidas de la Tierra, incluidas las lenguas muertas. El aparato que lo reproduce se alimenta de energía solar inagotable por cientos de años. El fin de ésta grabación es difundir y explicar, a posibles generaciones futuras y a cualquier ser que tenga capacidad de comprensión, las causas que han llevado a la aniquilación, probablemente total, de la Humanidad.  

El 14 de agosto de 2012, un fallo durante la manipulación genética de un virus diseñado íntegramente en un laboratorio de alto secreto, provocó su propagación de forma incontrolada y letal. Se trata del virus  VMH-07, más conocido como el virus de la muerte dulce. Se propaga por el aire, por contacto y por todo tipo de fluidos corporales, llegando a traspasar las mascarillas de uso habitual. Es el virus más potente y destructivo que haya conocido jamás la raza humana, incluso una simple conversación con un portador, es suficiente para contagiarse sin remedio. No se conocen excepciones y no se ha encontrado cura. En sólo tres meses ha exterminado a dos terceras partes de la población mundial.
El virus tiene un periodo de latencia de veinticinco días, sin que sea posible detectar su presencia en el organismo humano hasta que se vuelve activo, es entonces cuando su virulencia se torna  rápida y mortal. En apenas treinta y dos horas culmina una destrucción masiva de todas las partes blandas del organismo, corazón, riñones, bazo, páncreas, hígado y pulmones. En aproximadamente la mitad de ese tiempo el corazón ya ha dejado de latir. En ningún momento los infectados dan síntomas de dolor, sólo unas ligeras punzadas en el pecho, semejante a un pequeño infarto, precedido por un insistente cosquilleo en manos y piernas como consecuencia de la deficiente circulación de sangre…”

Amán conocía perfectamente el mensaje que machaconamente repetía la voz, pero le gustaba oírlo, era el único sonido humano que podía escuchar desde hacía bastante tiempo. Se encontraba en una de las pocas tiendas de la ciudad que no habían sido saqueadas, recogiendo afanosamente todo cuanto creía poder necesitar para marcharse de la ciudad. Llenó dos grandes sacas con alimentos, productos de aseo y herramientas, cogió libros, revistas y periódicos. Todo le parecía atractivo, pero debía seleccionar. 
La insoportable soledad y el tremendo pavor que comenzaba a sentir en aquella ciudad absolutamente vacía, en las que las noches se llenaban de lejanos ruidos y los días de lúgubres silencios, fue lo que le convenció para macharse lo más rápidamente posible de allí. Empezaba a volverse loco, prefería irse a algún rincón perdido en medio de cualquier desierto o de un infranqueable bosque e intentar empezar de cero. 

Salió fuera arrastrando pesadamente las abultadas sacas. Con la mirada buscó un coche entre los cientos que por allí habían abandonados. Vio uno grande y potente, un 4x4 que le gustó y además era bueno para su objetivo. Tuvo suerte, estaba abierto, en realidad casi todos lo estaban, la gente los iba abandonando donde les pillaba, ya no eran necesarios cuando comenzaban los picores en las manos, esa era la angustiosa señal que marcaba el principio del fin. Afortunadamente sabía conducirlo a pesar de sus cortos 15 años, el tiempo que fue miembro de una de las tres bandas callejeras de la ciudad le había enseñado bien. Sabría sobrevivir.

Regresó a su casa conduciendo despacio. Fue observando detenidamente la ciudad que iba a dejar atrás y donde había vivido toda su vida. Era un inmenso cementerio silencioso. Las aves, con sus hirientes graznidos, que revoloteaban los cielos y señoreaban la tierra, eran los únicos sonidos que rompían el monótono sosiego exaltadas ante su festín macabro. Pasó por la puerta de un hospital. Era imposible acostumbrarse a la aterradora visión, cientos de muertos se amontonaban a las puertas y cientos, quizá miles lo hacían en el interior, en pasillos atestados y habitaciones saturadas. Nadie pudo encontrar cura a su mal. Lo más irónico es que fueron los médicos y el personal sanitario los primeros en contagiarse.
A lo lejos, escarbando entre el montón de cadáveres, observó a un puñado de perros que pugnaban con las insistentes aves. Gran parte habían sobrevivido a la muerte dulce y se estaban volviendo salvajes. Actuaban en manadas, como los lobos. También los gatos y la mayoría de los animales domésticos empezaban a actuar de una manera alocada y salvaje. Aunque todavía no suponían ninguna amenaza, alimento les sobraba, pero la realidad era que la ciudad se estaba volviendo realmente peligrosa.

Finalmente llegó a la chabola de los suburbios que era su casa. Dejó el coche en la entrada y pasó dentro. Sus padres habían muerto, como todos. Su madre murió de una infección, debido a las miserables condiciones higiénicas en que vivía rodeada, según dijeron los médicos al dar a luz, sola, a su hermana Lea hacía cuatro meses cuando el virus era apenas un rumor. Su padre murió un mes después contagiado.
Amán abrió una pequeña portezuela semioculta que había al fondo de la casucha y alegrando la mirada a la vez que intentaba hacer gestos graciosos con la boca, cogió entre sus brazos a Lea, a su hermana que, ajena a todo lo recibió con una alegre risotada y moviendo sus rechonchos brazos.
Recogió cuanto quedaba en la casa y que pertenecía a la niña, ropas, biberones, comida, pañales, todo cuanto había ido acumulando en sus incursiones al centro de la ciudad en los días anteriores y lo metió en la parte de atrás del coche. Luego colocó a su hermanita en una cesta preparada y se puso a conducir rumbo a algún lugar lejano y que aun desconocía.

Ese día, 21 de diciembre de 2012, la humanidad culminó su extinción al 99,99% tal y como predijera la profecía Maya.  Sólo dos personas, dos hermanos que nunca supieron porque el destino les había permitido vivir precisamente a ellos, tenían la inconmensurable tarea de ser los padres de la nueva humanidad.
Ellos nunca se plantearon el porqué, simplemente lo aceptaron y sobrevivieron. 



Epílogo








Finales de Diciembre de 2012, Estación Espacial Internacional
 (Aportación de Ibso del blog Camino de Utopía)




-Es irónico saber que moriremos en el cielo- se escucho decir a la teniente Atziri mientras observaba otro fugaz amanecer por la escotilla del módulo de descanso.

-No admito tu derrotismo- le reprochó con dulzura el coronel Itzel mientras acariciaba su espalda desnuda – Aún tenemos víveres para un año, dos si lo racionamos bien. Balam ha recopilado todos los datos que ha podido del virus mientras hubieron supervivientes en la base y ahora trabaja en un antídoto para la “Muerte Dulce”. Y el ingeniero Canek se estruja la cabeza ideando la forma de descender con este montón de chatarra espacial. Tenemos que tener fe en que lo lograremos, seguramente somos los últimos especimenes de la raza humana.

Itzel se sintió agradecido de abrazarla desde atrás y que ella no pudiera mirarle a los ojos, le conocía demasiado bien y sabría que le estaba mintiendo.

Atziri había cerrado los ojos, no quería ver más aquel planeta azul que no volvería a ser su hogar. En silencio, intentando que él no lo notara, empezó a llorar. 

 FIN

Nota: Los nombres de los personajes del Epílogo corresponden a nombres Maya auténticos.
 

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19 comentarios:

  1. No te lo dije en tu otro blog: las fotos están genial.
    Un abrazo
    ibso

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  2. Jose Vte, permiteme desde aquí un comentario a Ibso: que su escrito tiene sensibilidad y eso se capta y a mi me gusta.
    Mi saludo a los dos.

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  3. Felicidades, esto está muy prometedor. Estupendo proyecto J.V. y me encantó la historia de Ibso también. Ya estoy por aplicarme J.V.
    Besitos para ambos.
    S.D.

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  4. El hijo del notario, que ocupa el primer lugar me gustó, sobre todo, en cuanto a la buena descripción de los personajes, lo cual no era fácil, dado sus personalidades.

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  5. Inmortalidad perdida de Anna Jorba nos deja un amargo sabor de boca. Después del dulce esperar la realidad envenenada.

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  6. Muerte dulce de MariLuzGH es un buen relato corto, que pone de manifiesto la libertad del ser humano sobre la realidad del destino.

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  7. Oh Mani Padme Hum de Marilyn Recio es un fantasioso relato de género onírico muy agradable de leer y grato de imaginar como una opción al final impuesto de la muerte dulce.

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  8. Horas de amor y fantasía es un bello relato romántico-erótico que permite al lector a través de los sentimientos de los personajes amar, sentir miedo y llorar.

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  9. Una oración para su alma es hasta ahora el mejor relato corto que he leído.

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  10. La profecía maya es muy singular porque habla de esperanza en el futuro y se vislumbra un mañana. Está bien narrado y nos saca de dudas en pequeñas cosas que en los relatos anteriores ni se mencionan, aunque no todas (tiendas, hospitales, pájaros perros, coches...).
    Gracias por compartir todos estos relatos a todos los integrantes de este concurso.

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  11. Epílogo de Ibso se muestra como una posible esperanza y renacer de la humanidad. Es un buen corto.

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  12. Hola Ricardo, ¡vaya currada que te has pegado comentando todos los relatos!, muchas gracias, ha sido todo un detalle. No se lo digas a nadie, pero a mi el relato de "Una oración para su alma", me parede una pequeña historia llena de ternura pero también de desesperanza y con bastante bilis (y eso que lo he escirito yo mismo, jejeje), pero bueno quería decir que también es de los que más me gusta, de los mios, aunque es en el que menos reparan los lectores, quizás por su cortedad y su final algo desencantado.

    Un abrazo

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  13. Estoy de acuerdo con el comentario de Ricardo en cuanto a Una oración para su alma. Me parece un relato corto fantástico. El sarcasmo se desprende de la situación tan demencial en la que se encuentran los personajes.
    Felicidades, José Vicente. Y, sobre todo, por la iniciativa que has hecho porque está resultando todo un éxito.
    Saludos.

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  14. El relato El cumpleaños me faltó por comentar. No estaba antes. Me ha impresionado por la obsesión del individuo con complejo de Edipo al que ni siquiera la muerte dulce le aparta de su obsesión. Es una mueca o rictus amargo el relato. Y me ha gustado la profundidad psicológica del autor al tratar con los personajes.

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  15. Vaya hombre, justo cuando sacan el mio, deja de hacer reseñas de los relatos el señor Corazón de león. Ahora me quedado con ganas de saber que opina sobre el mio.

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  16. José Vte. lo siento, perdona mi poca lucidez, pero no me ha quedado claro: ¿todavía estoy a tiempo de aportar mi pequeño grano de arena a tu proyecto o ya está cerrado? Besos

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    1. Hola Marta, por supuesto que aun estás a tiempo de aportar relatos si lo deseas. Al menos durante gran parte de este año será así. Si quieres date un paseo por el enlace de presentación y normas donde se explica todo.

      Serás muy bienvenida.

      Un abrazo

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  17. Vale, es posible que yo también aporte algo. Soy Sani, amigo "de toda media vida" de Marta, que es quien me acaba de dar tu dirección.
    Me tocaría añadir algun relatito, por corto que fuera, porque yo soy de un 21 de diciembre, de 1952 para ser preciso.
    O sea que me da tiempo casi según a la hora que "se joda el planeta" a cumplir los 60. Por poco que empiece por Australia y siga dando la vuelta, casi me da tiempo incluso ¡para celebrarlo !

    Sea como sea, felicidades por esa buena iniciativa y, ya te digo, intentaré escribir y mandar alguna cosilla.
    ¡Hasta más leeros!

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    1. Muchas gracias Sani, vienes bien "recomendado", jejeje.
      Cumplir años el dia que el mundo se va a hacer puñetas tiene su miga, jejeje. ¡Estos Mayas!

      Por supuesto puedes mandar el relato cuando quieras, cuanto más se envíen más interesantes serán las crónicas.

      Un abrazo y muchas gracias

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