viernes, 30 de noviembre de 2012

Final de las crónicas de la Muerte Dulce




EL PROYECTO DE LAS CRÓNICAS DE LA MUERTE DULCE YA HA FINALIZADO.
EL BLOG SEGUIRÁ ACTIVO PARA EL QUE QUIERA LEER LOS RELATOS.

Ya está disponible el libro de las Crónicas de la Muerte Dulce
Más información en el blog yaquedigo

Para descargarlo:
( Pulsar con el botón derecho del ratón y gardar como)

Versión en pdf:
Cronicas_de_la_Muerte Dulce - Versión en pdf

Versión en e.pub
Cronicas_de_la_muerte_dulc - Versión para libro electrónico

Versión en mobi para Kindle de Amazon 

Cronicas_de_la_muerte_dulce - Versión para kindle

Ésta es la dirección de Obra propia donde está alojado por si alguien lo quiere pedir en formato de papel. El precio que marca es el de coste de imprimir el libro.
http://www.obrapropia.com/Obras/1073/CRONICAS-DE-LA-MUERTE-DULCE

Y por último os presento el Book -Trailer de presentación que he preparado. Espero que os guste.




Muchas gracias a todos los que han aportado algún relato y a todos los que han seguido las crónicas.





lunes, 26 de noviembre de 2012

17/12/2012 - El Ángel de la muerte dulce








     17/12/2012 - El Ángel de la muerte dulce









Un hormigueo incesante se había apoderado de sus brazos, intentando franquear la delicada frontera que suponían los hombros. Dina sabía que no tardaría en conseguirlo, lo había visto demasiadas veces como para ignorarlo. Deambulaba sola por los pasillos del hospital, contando en silencio los minutos que le quedaban por vivir. A ambos lados se amontonaban los cuerpos sin vida de aquellos a quienes un día no muy lejano sufragó. Sus rostros, deformados por la avanzada descomposición, la observaban en silencio anunciando el inminente final.

Llevaba horas recorriendo el edificio abandonado, como una niña asustada que se pierde en medio del bosque y espera que alguien la rescate. Se habría burlado de su propia cobardía si los árboles y las sombras no hubiesen sido sustituidos por cadáveres y hedor a muerte.

El hormigueo comenzaba a invadir también sus piernas y cada vez le resultaba más difícil caminar. No podía hacer nada, lo sabía. Solo esperar la llegada de la Muerte Dulce. Se sentó en un rincón de la sala de urgencias. Allí era donde se hacinaba el mayor número de cadáveres, decenas de personas sin nombre que le habían entregado sus últimas horas de vida. Aún recordaba el día que llegó a la ciudad, ocho meses antes de que el VMH-07 sembrara las calles de muerte y desolación. Atrás quedaban su familia y amigos; sola, en una ciudad bulliciosa y desconocida, Dina intentó construir una vida nueva que hoy llegaba a su fin.

Era la única enfermera que quedaba en el hospital, seguramente la única que se mantenía con vida en toda la ciudad. La mayoría de sus compañeros perecieron durante el primer mes de la pandemia. El resto, los que sobrevivieron, no tardaron en huir junto a sus familias al comprender que no había nada que pudiera detener a aquel virus mortal. No entendía muy bien cómo había logrado sobrevivir ella. Si bien era cierto que había observado con rigurosidad las normas de higiene sanitaria, sabía que no existía barrera posible para el control de la infección. La mayoría habían sido infectados por familiares o amigos, tal vez su aislamiento involuntario en una ciudad tan multitudinaria le había concedido una pequeña prórroga de tiempo.

No existía un lugar seguro donde esconderse del VMH-07 y no tenía sentido huir. Sin noticias de sus seres queridos, aquellos rostros desconocidos se transformaron con el paso de los días en los rostros de sus padres, sus hermanos… su única familia al fin. Por eso abandonó de una vez por todas su empeño por sobrevivir y se instaló en una de las habitaciones del hospital. Durante veinticinco días exactos convivió día y noche con los moribundos que le suplicaban salvación, hasta que aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad.

El hormigueo avanzaba. Sus muslos se contraían con pequeños espasmos que la incomodaban. Había perdido la sensibilidad en las manos y apenas era capaz de mover los dedos. Echó un último vistazo a cuanto le rodeaba y se preguntó si quedaría alguien con vida en algún lugar del planeta. Hacía semanas que se interrumpieron definitivamente las comunicaciones, el furgón del incinerador había dejado de recoger los cadáveres que ella misma arrastraba hasta la entrada y los voluntarios que ofrecían consuelo a los moribundos llevaban días sin aparecer. Sólo Dina continuaba allí, como una ilusión imperecedera que se niega a desaparecer. “El Ángel de la Muerte Dulce”. Así la había bautizado el último niño al que vio morir.  Para entonces ya no le quedaban lágrimas por derramar. El dolor y la desesperación de las primeras semanas habían dado paso a una sensación más irritante aún, la apatía. Ya no le importaba cuántas personas fallecían al cabo del día, ni buscaba por sus propios medios una forma de curación. Se limitaba a coger las manos de los moribundos y a esperar en silencio a que llegara el momento de la expiración.  A veces se odiaba por aquella actitud tan fría pero en el fondo envidiaba a quienes fallecieron primero porque ellos se ahorraron la imagen de la devastación.

Le costaba respirar. Se arrastró como pudo hacia la entrada, abriéndose paso entre los cadáveres que obstaculizaban su camino. El hedor a carne putrefacta lo llenaba todo pero Dina ya no era capaz de distinguirlo. Se detuvo en la puerta de urgencias, quería ver el cielo una vez más. Su último recuerdo era el de un cielo oscuro, manchado por una nube de humo gris procedente del incinerador que trabajaba incansable para limpiar la ciudad. Con el horno apagado indefinidamente, el cielo había recobrado su color azul y eso la reconfortó. Notó un ligero pinchazo en el pecho que aumentaba progresivamente de intensidad. Miró por última vez las calles solitarias; ya no queda nada, sólo un silencio aterrador que proclamaba la proximidad del fin. Las calles estaban desiertas, los escaparates rotos y los comercios saqueados. En algunos rincones las ratas devoraban los restos de lo que debía ser el cadáver de una persona. La Muerte era la única superviviente allí.

Le pareció ver la figura de un muchacho corriendo en dirección a los suburbios de la ciudad. Se preguntó si quedaría alguna esperanza para el ser humano. Se tumbó boca arriba y se dejó llevar por la inmensidad del cielo. Una enorme sensación de paz invadió todo su cuerpo. Hacía años que dejó de creer en la religión pero cuando su corazón dio el último latido, encomendó su alma a Dios.

martes, 20 de noviembre de 2012

04/11/2012 - ¿Solo una mosca muerta?





04/11/2012 - ¿Solo una mosca muerta?










Se sintió confortado tras matar a aquella mosca. Ni llegó a sospechar que la insistencia del insecto tenía una razón. 

Nunca sabrá que, de haberse fijado en ella, habría sabido como eludir los efectos del virus de la muerte dulce.


Aportación de Juan Carlos Celorio del blog ¿Y que te cuento?

 

sábado, 17 de noviembre de 2012

10/11/2012 - Almas de ceniza







10/11/2012 – Almas de ceniza






¡Qué difícil levantarse cada mañana para vivir una vida sin sentido, sin futuro, sin ilusión, sin esperanza… una vida de muerte! 

Hemos intentado mantener la calma y continuar con el protocolo habitual durante todo este tiempo, desde que el VMH-07 empezó a propagarse y a sembrar el planeta de víctimas mortales. Ahora ya no es posible. El terror nos está paralizando a todos y aunque la idea de un mañana inexistente nos hace pensar en arrojar la toalla, en abandonar la lucha, no nos rendiremos antes de tiempo, tenemos que seguir adelante… hasta el final. 

El pánico a la muerte dulce será aún mayor si las calles permanecen sembradas de cadáveres en descomposición, los malos olores inundan nuestros hogares, el aire se hace irrespirable y el solo hecho de pisar la calle se convierte en un espectáculo dantesco; es nuestra obligación encargarnos de las víctimas y eso haremos.

Hace ya tiempo que se ha implantado el plan de contingencias para grandes catástrofes, pero esto desborda todas las previsiones.

Las brigadas para la recogida de cadáveres son insuficientes, necesitan ayuda, cada día más ciudadanos se ofrecen voluntarios para retirar los cuerpos sin vida que se agolpan en las calles, en los parques, en las puertas de nuestras casas…, después son trasladados a las plantas de incineración, ya no damos tiempo ni a que se enfríen; hay hornos crematorios improvisados por todas partes; en cuestión de segundos se convierten en polvo, tan solo una breve explosión, un fogonazo y un calor insoportable.

Tras cada hornada unas horas grises de desolación en las que el sol se oculta tras una nube de muerte.

El tiempo se agota, nadamos contracorriente.

 Soy el único trabajador que queda en la planta; intentaré mantenerla  en funcionamiento, no sé por cuanto tiempo…

jueves, 1 de noviembre de 2012

15/12/2012 - La maldición


   


 15/12/2012 - La maldición



  

Bajo un persistente manto de agua, Yussuf enterraba a su mujer. A su izquierda, Kuaima mantenía la cabeza agachada y el más respetuoso de los silencios, a su derecha, Simbara, con apenas tres años lloraba de manera estentórea y entre hipadas, aunque el motivo de su persistente llanto nada tenía que ver con la mujer a la que aquel hombre grande y circunspecto acababa de dar sepultura.

Tres meses había pasado Yussuf en las altas montañas de pastoreo, con sus animales como única compañía. Tres meses en los que el cielo y las estrellas se convertían asiduamente en los mejores confidentes y en sus más fieles consejeros, y donde la soledad lo transformaba en el único dueño de su propia felicidad.
Era al finalizar el tercer ciclo de luna llena cuando llegaba el momento del regreso, a su hogar con su querida esposa. Su masculina vitalidad iba rebosante de deseo carnal. Ímpetu que, a pesar de su fuerza y juventud, el Señor aun no había tenido la gracia de gratificar con un hijo. Se extraño no ver desde la lejanía a su mujer, joven, alegre e  impaciente, esperándolo como era habitual. Su extrañeza se tornó en desespero cuando al entrar al chamizo la encontró tendida en la cama, inerte y fría.
Sin pararse a averiguar si estaba viva, la angustia le llevó a cogerla en brazos y a correr colina abajo hacia el poblado. Allí el paisaje no podía ser más desolador. Por más que buscó no encontró al médico, ni a la partera, ni siquiera al jefe del poblado, No vio a nadie... con vida. Las calles y los caminos estaban inundados de cadáveres y desde el interior de las chozas de adobe únicamente salía un espantoso y sobrecogedor hedor a muerte.
Miró a su mujer y entre lágrimas reconoció que también estaba muerta. Con delicadeza la depositó en el interior de una casa vacía y con la angustia atenazándole la garganta se dispuso a recorrer el pueblo, buscando no sabía muy bien que, algo que le diera alguna explicación del porqué de aquel espectáculo dantesco y sobrecogedor. Al cabo de un rato cayó en la cuenta de que apenas había sangre por las calles, tampoco en los cuerpos, no había nadie mutilado o muerto de manera violenta, aquello que fuera lo que los había matado a todos no era la matanza de una tribu enemiga, como tantas veces ocurriera en el pasado. Sin duda algo misterioso y terrible había exterminado a la aldea entera.

Algunas cabras se paseaban por las polvorientas calles, ajenas y libres; los perros ladraban y gruñían enseñando los dientes, mirándolo con recelo y hambrientos, y  los gatos, liberados de protocolos, ya habían empezado su macabro festín. No quería estar allí mucho más tiempo. El poblado era un enorme cementerio al aire libre y el olor empezaba a impregnar todo el ambiente. Únicamente quería enterrar a su mujer y marcharse de allí, lo más pronto y lo más lejos posible.
De pronto le pareció escuchar un llanto. Salía del interior de una de las chozas. Entró y se encontró con una escena que le heló la sangre. Una familia entera de cinco personas estaba diseminada por la estancia. Todos estaban muertos. Pero al fondo, en un rincón, un niño temblaba asustado, conforme se iba acercando, el niño se acurrucó aun más, mirándolo fijamente con sus enormes ojos negros. A su lado, una niña de unos tres años, mordía del pecho de una mujer que sin duda llevaba muchas horas muerta.

Con la mayor delicadeza que un hombre de su rudeza pudo mostrar, cogió entre sus brazos a los dos niños y los sacó de allí, la niña se resistió a soltarse del pecho de su madre, luego les habló suavemente y les fue tranquilizando hasta que pudo preguntarles por lo que había ocurrido en el poblado.
Así pudo saber por boca del joven y valiente Kuaima, que desde hacía aproximadamente un mes la gente del poblado había empezado a morir de repente y sin ningún motivo aparente. Hablaban de una maldición que primero se había llevado la lluvia y luego a las personas. Todos empezaron a tener mucho miedo. El jefe de la tribu hizo asambleas y comenzó a sacrificar cabras como hacían los antiguos, pero muchos en el pueblo estaban en contra de volver a las viejas creencias porque eso insultaba a Dios. Se pelearon entre ellos, pero cada día morían muchos más, hasta que el propio jefe también murió. Entonces todos abandonaron la esperanza, algunos se marcharon, otros se encerraron en sus propias casas a esperar.
Kuaima y Simbara eran hermanos; toda su familia había muerto apenas hacía dos días y en un breve intervalo, la última fue su madre. Murió mientras le daba el pecho a su hija, desde entonces la niña no cesó de llorar y apenas comía nada de lo que su hermano traía, nunca encontró la manera de separarla del pecho seco e inerte de su madre al que se había agarrado con todas sus fuerzas.

Yussuf escuchó en silencio y con los ojos inundados en lágrimas, cuanto le contó el niño. Algo tuvo claro, aquel lugar estaba henchido de muerte y debían de irse de allí lo más rápidamente posible, era lo único importante. Encontró un carro amarrado a una vieja bicicleta, rápidamente recogió utensilios y comida, luego buscó una pala y de una manera casi impulsiva cavó un hoyo en el que enterró a su esposa. Fue entonces cuando el cielo por fin se abrió y comenzó a llover de forma torrencial, como si Dios quisiera limpiar de un plumazo toda la pestilencia a muerte que aquel poblado desprendía. Durante unos minutos rezo por el amor de su vida, que ahora descansaba bajo aquel pedazo de tierra, pero también por todo su pueblo que ya no existía, a excepción de esos dos niños que ahora se habían convertido en su propia familia. Al terminar, y bajo el intenso aguacero, el hombre subió a los niños encima del gran fardo que había creado sobre la bicicleta y, con decisión y sin mirar hacia atrás, Yussuf, sin plantearse motivos, empujó su preciada carga lentamente y sin destino en busca de un nuevo hogar donde volver a comenzar.

Aquel hombre tenaz, en la ingenuidad de su pequeño y aislado mundo, pensó que podría escapar, huir de la amarga realidad que rodeaba al planeta. Pero nadie, en ningún lugar, escapaba jamás a la maldición de la  muerte dulce.

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 Aportación de José Vte. García del blog El sueño de la colina