jueves, 21 de junio de 2012

Jueves Relato - 13/12/2012 - El Prado

 En este jueves que quiere hablar de ser y sentir al grupo, yo he querido participar con un relato alegórico a mi primera vez en los jueveros. Fue con un relato múltiple que me sirvió para inaugurar este blog "Las Crónicas de la Muerte Dulce", por eso he querido hacerlo desde la base y el espíritu de las propias crónicas, por lo que espero entendais el sentido algo fatalista de la historia. A esta primera vez  y a todos vosotros va dedicado.

 
13/12/2012 - El Prado


Fue al sentir aquel intenso cosquilleo en las manos cuando realmente tomó conciencia de que el fin ya estaba cerca.
En los últimos meses y muy lentamente había ido siendo testigo de cómo todos fueron marchándose. Su familia, sus amigos, todos, a la mayoría se los llevó la muerte dulce, otros, impacientes, no quisieron esperarla. Ahora le había alcanzado a él.
Durante muchas y largas horas estuvo acurrucado en el rincón de su habitación, antes compartida y tan llena de vida y ahora vacía y silenciosa. Tenía miedo y lloró por su desgracia, que era la desgracia de la propia humanidad. Y fue entonces, consciente de su soledad, de aquella impenetrable y angustiosa soledad que le rodeaba, cuando se dio cuenta de que ahora más que nunca, necesitaba el calor y la cercanía de otros seres humanos.
Sin pensarlo demasiado salió a las desoladas calles y buscó desesperadamente un coche que funcionara. El suyo hacía tiempo que se había quedado sin gasolina y conseguirla ya era imposible desde hacía muchas semanas. Cuando lo encontró condujo con desesperación. Desde los primeros tiempos de la propagación de la plaga, corría el rumor de que grupos de personas se reunían en un lugar llamado “El Prado” para despedirse confraternizados.
Quería, necesitaba desesperadamente creer en esa leyenda, deseaba con todas sus fuerzas que existiera un lugar como ese, no podía comprender que todo terminara así, en el más absoluto vacío y abandono. Durante los últimos tres días no había hablado ni visto a nadie y necesitaba desesperadamente el calor y el abrazo humano más que ninguna otra cosa. No le importaba morir, pero de repente la posibilidad  de hacerlo, sólo y en un mundo que ya no existía, le ahogó hasta casi paralizarle la respiración.
    
Condujo durante varias horas sin saber muy bien cuanto ni hacia donde, únicamente sabía que tenía que dirigirse al sur. Finalmente, cuando ya desesperaba, encontró un gran valle y en todo su alrededor… PERSONAS. Emocionado dejó el coche y echó a correr. Cuando se acercó pudo comprobar que apenas había un centenar que paseaban por la hierba y entre los árboles. Todos iban cogidos de la mano y en pequeños grupos, unos más grandes, de hasta ocho o diez personas, otros simplemente eran parejas, pero ninguno caminaba solo. Nadie gritaba, tampoco se oían rezos desenfrenados, no se escuchaban súplicas ni maldiciones, simplemente eran hombres y mujeres, también niños, algunos llevaban sus mascotas que sin duda les sobrevivirían, que hablaban o jugaban y sobre todo esperaban lo que era inevitable.

Una joven de unos veinte años y un hombre de aproximadamente sesenta se le acercaron y le ofrecieron sus propias manos - ¿Te ha alcanzado la muerte dulce? – preguntó con suavidad el hombre. - Hace ya unas quince horas – respondió él.
Por los claros ojos de la joven resbalaron algunas lágrimas, pero ninguno de los dos  dijo nada, simplemente le cogieron de la mano y los tres comenzaron a caminar juntos y lentamente por entre la hierba.
Durante solo unas pocas horas en el atardecer de aquel jueves pudo pasear entre los árboles cogido de la mano con aquellos dos desconocidos, pero lo verdaderamente maravilloso fue que ya nunca, en ningún momento  tuvo miedo ni volvió a sentir la soledad.

miércoles, 28 de marzo de 2012

19/09/2012 - Amor de verbena






19/09/2012 - Amor de verbena






Eran las fiestas de San Genaro y Alex y su banda tocaban, completamente entregados, las canciones programadas y otras que le iba pidiendo la entusiasta y agradecida audiencia de aquella recóndita aldea alejada de casi cualquier lugar.
Todo el pueblo, más concurrido que nunca, estaba en la plaza engalanada, los niños correteaban alegres y alocados por entre la gente, los hombres daban buena cuenta de los botellines de cerveza que se iban amontonando en las improvisadas barras que por toda la plaza habían dispuestas, y las mujeres y los jóvenes bailaban agradecidos a los sones de la versión que Alex y su grupo hacían de Black Eyed Peas y otros cantantes de moda.

Todos allí eran ajenos a cuanto sucedía en el mundo. Ese día todo lo que no fuera diversión estaba prohibido.

Hacía rato que Alex se había fijado en un grupo de jóvenes, y en especial en una de ellas que lo miraba con ojos entre tímidos y seductores, bailando con un ritmo acompasado, mientras daba pequeños sorbos a través de una pajita metida dentro de un vaso de plástico.
Alex era consciente de que estar ahí arriba era un imán para muchas jóvenes, atraídas por lo que ellas consideraban el fulgor de alguien famoso por el simple hecho de estar subido a un escenario. Alex no dudó en seguirle la corriente, y así se inició un juego de miradas y seducción entre ambos. A sus veintinueve años sabía muy bien como atraer a jovencitas como ella. Esa era una ventaja a la que raramente renunciaba. Hoy menos que nunca.

Al terminar la verbena, Alex y su grupo fueron a la escuela y allí hicieron uso de las duchas a modo de camerino, algo muy habitual en aquellos bolos de verano por los pueblos. A la salida, y tal y como habían quedado mediante gestos y guiños, estaba Rosa, así dijo llamarse la joven, esperando bajo un árbol en una zona semioscura y algo alejada de la escuela y de la plaza. Cuando Alex llegó, la saludó con cortesía mientras le  pasaba un cigarrillo de marihuana a medio consumir, ella inicialmente lo rehusó, pero ante la insistencia de él, finalmente lo aceptó, dando unas profundas y desenvueltas caladas. Era Rosa una morena de diecinueve años recién cumplidos, de complexión recia y prominente pecho, aunque no muy alta; sus ojos color caramelo era lo que más sobresalía de un rostro decididamente vulgar aunque agradable. Apenas había salido del pueblo y trabajaba ayudando en la carnicería de su padre. Y lo más interesante para Alex, nunca había tenido novio ni relaciones con otros chicos.

Alex, halagador y zalamero, fue envolviéndola en un halo de irrealidad con lisonjas y preguntas interesadas que la hacían sentir importante y única. Rosa se sentía bien junto a él, la escuchaba y parecía entenderla; así es que no tuvo ningún reparo en contarle cuan harta estaba de todo. Le contó lo reprimida y sola que se sentía en aquel pueblo perdido en mitad de ningún sitio y lo aburrido de no ver nunca a nadie salvo a las cuatro abuelas chismosas que acudían a la carnicería; le explicó su hartazgo de vivir  durante meses y meses casi sin amigas, todas estudiaban en la capital, y sin apenas distracciones. Su madre hacía ya varios años que había muerto, según dijo Rosa también de aburrimiento, y las peleas con su padre eran continuas. Hacía ya tiempo que le rondaba por la cabeza irse de allí.


Esa noche iba a ser la de su verdadera liberación.

Mientras se sentaban bajo la tenue luz de la luna de Septiembre, Alex dejó salir toda su aura de seductor implacable, aunque no pudo evitar sentir una cierta empatía por aquella joven que había abierto su corazón a un desconocido como él. Eso le gustó, hacía más tentadora la conquista.

Le gustaba Rosa, le había caído bien su franqueza y hasta hubiera jurado que empezaba a sentir cierta atracción hacia ella. Idea que rápidamente retiró de su cabeza.
Con seguridad y delicadeza la fue empujando hasta el suelo, ella quedó allí esperando  y entregada, él la miró con deleite durante unos segundos. Luego, mientras en el pueblo lanzaban los fuegos artificiales que anunciaban el fin de las fiestas de San Genaro, Alex sacó de uno de sus bolsillos una pequeña navaja de apenas cinco centímetros. Rosa embriagada por el momento no  fue capaz de detectar ningún peligro, ni siquiera cuando, con una mano, Alex le tapaba suavemente la boca mientras con la otra le hacía una pequeña incisión en el cuello para rápidamente comenzar a absorber su sangre.

Desde hacía algunas semanas corría el rumor de que una epidemia estaba asolando el planeta dejando miles de muertos a su paso, la muerte dulce la llamaban, también decían que bebiendo la sangre de una virgen se lograba ser inmune al virus. Alex no quería morir.

martes, 20 de marzo de 2012

10/12/2012 - El sueño



10/12/2012 - El sueño





Amán pisó el acelerador hasta el fondo, desgarrando el viento. Podía maltratar el coche, chocarlo, volcarlo, como si fuera la versión más vertiginosa de sus juegos electrónicos, que lo apasionaban.  ¡Total, a él no le costó! Nunca hubiera imaginado encontrarse un coche como ese, tan a la mano, con su dueño dormido, inconsciente, en una franca invitación a despojarlo de él, como lo hizo.

Recorrió algunas avenidas, llenas de coches parados, vacíos con las puertas abiertas,  o con sus conductores dentro,  recargados en las posiciones más cómicas o grotescas, sobre los volantes, las ventanas, los respaldos o de costado en los asientos.

Para qué preocuparse en investigar los motivos de ese juego.  Amán solo se abandonó en ese placer desconocido. Sin preocuparse por agentes viales, ni policías, ni siquiera por el  castigo que le impondría su padre, al enterarse, ni por la tristeza que sentiría su madre.  Pues, difícilmente se le presentaría otra oportunidad, de pilotear un deportivo como ese, ni soñando.

Subió el volumen de la música casi al máximo.  La  pieza “techno” retumbaba, estrellándose  en bardas, paredes y asfalto, creando un remolino enloquecedor y envolvente, al que él se sumaba con gritos y alaridos, mientras que alcanzaba una de las orillas de la ciudad. Virando en una violenta maniobra, al fin tomó la carretera sur,  junto con el atardecer. Ese fue el último de su vida.

Se internó en un ambiente de oscuridad, vacío, soledad y silencio. La luna, las estrellas y el sol desaparecieron en el mismo acto, arrancando también de la existencia al tiempo. Amán sintió como el pánico sustituyó la emoción y la adrenalina, que con tosquedad le ordenaba sujetarse al volante y solo mirar, aniquilando su posibilidad de controlar ya nada.

Quedó secuestrado por esa emoción, muy superior a su capacidad de impedir lo que estaba sucediendo. Pasaban a los costados del coche, secuencias de imágenes desastrosas: tormentas, inundaciones, congelaciones, ciclones. Se estrellaban en el parabrisas todas las miserias humanas, acosándole. Después, rostros desfigurados y desvalidos por sus infortunios: hambre, sed, cansancio, enfermedad.

Amán desbordó todas sus emociones, a través de carcajadas, gritos, exclamaciones y chillidos, en una catarsis incontrolable, hasta sofocarse. Extenuado, soltó el timón y se echó hacia atrás  sobre el asiento, soltando los brazos sobre sus piernas, para  llorar, casi sin fuerza, jadeante y vencido.

Cerró los ojos, hizo un balance de su esencia, vio cada uno de sus continuos actos de irresponsabilidad, egoísmo y anarquía, hasta que llegaron las brumas, que con  movimientos ondeantes y muy suaves, desprendieron todas sus emociones negativas, sembrando en ese mismo espacio, brotes diminutos de amor, serenándolo en el acto.

El coche, fue disminuyendo la velocidad, hasta parar ante un letrero: ¡Bienvenido a tu muerte dulce!

Al apearse Amán para corroborar la leyenda, ¡despertó! Vio que se encontraba en su cama y en su casa. – Fue  un sueño -susurró alentado-, pero con una velada desazón.  

martes, 6 de marzo de 2012

25/10/2012 - Alborada oscura

 


25/10/2012 - Alborada oscura







En ésta alborada oscura, de luz acibarada y triste,
cuando el negro dolor envuelve mi alma,
y mi cabeza rebosa de recuerdos exaltados,
evoco un amor envuelto en puro delirio.

Quiero ver tu cuerpo blanco y tocarlo
sentir tu piel entre mis dedos y acariciarla
besar tus pechos como pétalos rosados y libarlos
y saborearte preso de lujuria inacabable y amarte.

Pero tú ya no estás, mi amor.
La casa vacía como ese jarrón solitario,
que no vierte agua, sino soledad y desconsuelo,
llora tu ausencia y es mi tormento.

Porque la muerte te ha deseado,
con más fiereza que la mayor de mis pasiones,
Esa muerte que no es dulce, tampoco amarga,
Solo es dolorosa porque es, únicamente muerte.


domingo, 26 de febrero de 2012

13/11/2012 - SACRIFICIO







               13/11/2012 - SACRIFICIO








No para de hablar, Marita consigue atraparme con su charla, yo la observo  como bebe de su copa y dibuja una sonrisa de pintalabios rojo.   Pero lo que más me gusta de ella es su forma de mirarme mientras se dirige  a mí. En esos momentos me alegro de haber aceptado la invitación a cenar,  nada es comparable al brillo de sus ojos. Ya desde pequeña  me enamoró  ese desparpajo de mujer fatal que desprendía sin ser consciente de ello. A lo largo de mi extensa vida he conocido muchas mujeres, que me han  vuelto loco o me han enamorado,   he conocido su cálido sexo y me he alimentado de ellas para sobrevivir.  Quizá,  porque la he visto crecer y   he conocido  a todos sus amigos, novios y amantes, podía perdonarme ser un canalla esta noche.   Y estaba decidido a serlo con ella.  He notado su pie descalzo deslizarse por mi entrepierna,  la he mirado  como  introducía el dedo en su copa de vino y luego  lo ha colocado en  sus labios.  Mis ojos se detienen  en  su pecho que  respira agitado y  me contengo las ganas de acariciar su cuello con mi lengua. 
Ahora no  escucho; ella me habla y me habla, pero yo la he desnudado con mi imaginación, la he colocado en la mesa y he respirado su aroma de perfume caliente.   Noto el deseo que me empuja y comienzo a desnudarme para sujetarla contra mi cuerpo. Pero despierto del ensueño cuando me llega un olor fuerte a sangre fresca y otro olor familiar que  me  advierte. No la  he visto salir de la habitación  pero llega desde la cocina  con una copa.
- Esta es mi sorpresa . - dijo colocando  la copa de sangre frente a mí.- Conozco tu secreto.
 No sabía qué decir, son muchos años los que vivo en esta ciudad, he tratado de ser discreto, pero ya quedan pocos de mi especie. Sonrío. Sólo tengo ganas de estrecharla entre mis brazos, de perderme bajo su  piel, de tocar su sexo húmedo y de escuchar la música de sus gemidos. Tal vez la sangre me consuele y me dispongo a beber de mi copa  cuando ella me la arrebata.
-Tómame a mí. - Y  me ofrece  su garganta.
Abandono mi asiento,  me coloco  detrás de su espalda y le susurro al oído. Me envuelve su perfume, me seduce su nuca, su pelo, su cuerpo. Quiero hacerle el amor antes de que  la muerte dulce se apodere de ella, porque está aquí, acechando, la huelo por la habitación.  Mi deseo  busca la 'petit morte'  para vivir un instante. Marita  se abre  toda entera  y me abraza,  mis manos  suben por sus caderas y noto  su cuerpo  que vibra junto a mi sexo,  juego con su boca  y no puedo contenerme, le muerdo los labios  para tener el sabor de su sangre y desde  allí, recojo su gemido  y  el mío  me azuza las entrañas. Repite una y otra vez en su lamento que no quiere morir.
-Muérdeme... quiero ser como tú. - me susurra.
Quiere vivir eternamente conmigo  y sonríe feliz  cerrando los ojos,  su cuerpo desnudo se desvanece  entre mis brazos. Con premura   muerdo su  cuello y bebo su sangre hasta saciarme; sé que está contaminada con el virus, por eso,  me aferro  a su cuerpo  tibio  y espero  a que llegue mi turno.

martes, 21 de febrero de 2012

12/12/2012 - "Os ruego me disculpen"






 12/12/2012 - "Os ruego me disculpen"






Siempre he sido un hombre tranquilo y de aspiraciones espirituales. Desde pequeño, he mirado el mundo de manera distinta a como lo hacían los niños de mi edad. Cuando ellos pensaban en jugar a los “Power rangers” yo disfrutaba de la tranquilidad que emanaba del viento y de los árboles. Algo dentro de mí, se sentía unido a ellos. Podía sentir emociones intensas con solo oler el aroma de las plantas. Mi vida, aunque con alguna tapadera para no mostrar el “loco” que realmente soy a ojos de los demás, siempre ha sido una búsqueda de la verdad oculta e infinita, que se esconde en cada partícula que mora en el universo. Luego todo fue distinto. Al hacerme mayor, quise conocer la ciencia del hombre. Pero solo encontré a hombres-niño, que jugaban a ser maestros, guiados por palabras y verdades que no eran las suyas. Más no me importaba en absoluto que aquellos pobres, perdidos en su propia ignorancia, pudiesen estar equivocados o no. Tenía claro un objetivo: convertirme algún día, en alguien que ha conocido el sentido último de todo cuanto le rodea. Alguien, a quien la gente venidera, siguiese ciegamente, convirtiendo así una verdad duramente buscada y merecida, en una secta de palabras carentes de significado.

¿Acaso Siddharta o Jesus se convirtieron en Buddha y Jesucristo, abrazando un dogma ciegamente? Eso es todo lo que tengo que decir a quien me esté escuchando allá arriba en el firmamento estrellado de esta noche tan preciosa. Os contaré mi historia final, pues aunque no podáis escucharme, sé que alguien ahí arriba, quizá en alguna estación espacial, sigue viviendo ajeno a todo este caos. Quizá ellos puedan algún día repoblar la tierra, si es que podéis aterrizar. Quizá haya esperanzas. Ni lo sé, ni me importa. En fin, no me importa si hablo solo en estos últimos minutos que me quedan. Las manos me pican muchísimo. Es algo molesto, pero pronto dejaran de molestarme. En cualquier caso, allá va mi historia:

No sé como ni porque, acabé aquella noche compartiendo el fuego y la cerveza con no más de media docena de saqueadores. No preguntaron, supongo porque ya habían apurado más de veinte cervezas entre ellos. Me ofrecieron sentarme junto al fuego, al refugio del frío de la montaña y una lata de cerveza. No soy aficionado a la bebida, pero fue bien recibida por mi estómago. Uno de ellos, tras la breve presentación, continúo con la conversación que llevaban manteniendo durante toda la noche junto al fuego.

-Camaradas, brindo por esa mierda de virus que tanto nos ha dado. –Dijo alzando su lata de cerveza. –Como iba diciendo, en estas ultimas semanas, ese virus cabrón me ha dado más de lo que he podido disfrutar en toda mi vida. Hace pocos días sin ir más lejos, haciendo una visita rutinaria por los apartamentos de la ciudad, me encontré a una pava que había estirado la pata con todo el chute todavía en el brazo. –Los demás rieron su gracia. Yo me dedique a escuchar, pues no sabía muy bien de que hablaban.

-Hay que ver Paquito… el vicio es muy malo. –Añadió. –Para que veas, el otro día entre en un piso para ver si había comida y de repente –Hizo aspavientos con las manos para dar énfasis a su relato. –Me encuentro a una pava to´ macizorra desnuda y debajo de quien debería ser su novio. Los dos estaban en pelotas. Se ve que querían morir corriéndose ¡los muy calforros! –Dijo entre risotadas mientras el resto se unía en un estruendoso festín de carcajadas sobre el mal ajeno.

Comenzaba a comprender de qué estaban hablando aquellos maleantes. No solo saqueaban todo lo que encontraban a su paso, sino que encima violaban la intimidad de aquellos que habían decidido morir dignamente. ¡Se burlaban de los muertos! Algo dentro de mí comenzó a sentir asco. Pero decidí darles un voto de confianza para ver si la conversación mejoraba. Al fin y al cabo esos pobres hombres morirían igual que todos nosotros y si así se divertían en sus últimos días… No soy quien para decirles lo contrario.

-A mi me gustaría morir así. Nos ha jodio, ese par eran bien listos. ¡Morir jodiendo, eso sí que es vida! –Comentó el que estaba sentado a mi derecha.  –Dicen que la primera victima de este virus, murió vestido de tía. ¡Como el Carradine hace unos años! En fin… a gustos colores. –Y dicho esto apuró la cerveza con un largo trago.

Un silencio incomodo se adueño de la escena. Por un momento sentí miedo de que me preguntasen algo referente a la conversación que se estaba desarrollando.

-Ha pasado un Ángel. –Rompió el silencio uno de ellos, que parecía seriamente perjudicado por el alcohol.

-¡Hey Pepe!, todavía no te he preguntado que pasó el otro día. ¿Cómo es que te fuiste con el Jeep todo terreno y volviste con una mierda de Opel corsa?

-Pues veras… La ciudad parecía un puto cementerio, nano. No se escuchaba nada, solo algún gato peleándose y au. No pensaba que hubiese nadie vivo ya. Así que deje el coche con la puerta abierta y las llaves puestas y entré en el supermercado. –Hizo una pausa mientras esbozaba una sonrisa socarrona. –Y entonces oigo un ruido y pienso ¡coño, los picoletos!

-Serás gilipollas, como van a ser los picoletos ¡si no queda ni uno, flipao! –Le interrumpió Paquito.

-¡Yo que sé, nano! esos cabrones son capaces de todo para incluso no dejarte morir a gusto. Bueno total… que salgo para ver que pasa y veo como el Jeep se aleja, el muy cabrón. –De repente su semblante se tornó serio y apesadumbrado. –Soy un pringao, me han robado en el puto fin del mundo. Quedamos cuatro gatos y para una vez que me dejo el coche abierto, van y me roban.

Todos los allí presentes estallaron en carcajadas y el que se encontraba a la derecha de Pepe, le propino una palmada en la espalda a modo de compensación. Bueno, la conversación parecía estar relajándose. Esos tipos eran muy desagradables pero parecían tener corazón al fin y al cabo.

-Vamos Pepe anímate, mañana iremos a la ciudad y te buscaremos alguna “jamona” para que se te quiten las penas. –Le dijo aquel que le había palmeado la espalda.

Algo en mi mente crujió de puro horror. ¿Era posible que hablasen de ultrajar los últimos restos de otro ser humano? Ya no me apetecía quedarme allí. Esos desalmados tenían pinta de peligrosos.

-Tú, el nuevo, cuéntanos algo interesante sobre el fin del mundo. No has abierto la boca desde que has llegado. –La pregunta me sobresalto sacándome de mis pensamientos. Un sudor frío me recorrió la nuca.

-Pues… -Hice acopio de valor. –Días atrás, entre en una iglesia y allí encontré a una mujer en silla de ruedas, parecía tener alguna discapacidad severa, puesto que babeaba y no dejaba de mirar uno de los bancos donde un hombre estaba tumbado. Aquella imagen me afectó mucho. Lo último que deseaban esas personas, era que Dios les perdonase por sus pecados. Pero Dios no solo no apareció, sino que permitió que aquella pobre mujer discapacitada, muriese sola rodeada de cadáveres. –No pareció impresionarles mucho mi síntesis, pero al menos volvió a reinar el silencio.

-¡Vaya, tenemos a un filosofo hoy aquí! Dime una cosa. –Y se inclinó hacia delante para poder escucharme mejor. -¿Te tiraste a la vegetal esa, compañero? –Todos rieron sonoramente. Malditos borrachos. Yo negué con la cabeza inmediatamente, abrumado ante tal pregunta. – ¡Venga hombre, no tengas vergüenza! Aquí todos hemos desterrado la moralidad de nuestras vidas. -Hizo una pausa y señaló a un hombre que había permanecido callado durante toda la noche al igual que yo. -Ese de ahí, que está más blanco que Nosferatu, nos confeso una vez que había matado a su madre por no sé qué leches de un cumpleaños. Hasta la fecha no ha vuelto a abrir la boca. - De nuevo hizo una pausa y todos le miramos. Yo especialmente horrorizado. -Así que ya ves, ninguno de los que estamos aquí tenemos derecho a juzgarte... ¿Te la tiraste o no, compañero? –Volvió a decir, haciendo que mi mente se retorciese de espanto y agonía. Volví a negar con la cabeza, tratando de reprimir un fuego interior que me impulsaba a destrozar a aquel tío a puñetazos. Al ver que negaba con al cabeza, uno de ellos intervino en la conversación.

-¡No jodas nano! Tu no estas bien de la cabeza. ¿Sabes cuantas mujeres quedan vivas sobre la faz de la tierra? No sabes la suerte que tuviste al encontrar a un agujero bien calentito. Si yo hubiese sido tú, me la hubiese beneficiado hasta morir de agotamiento. No sabes lo que es tirarte a un fiambre frío y reseco. -No podía soportarlo más. Una arcada me recorrió todo el cuerpo, seguido de un escalofrío lleno de fría ira. Aquello había llegado demasiado lejos. Panda de orangutanes en celo. Por culpa de gente como ellos, el mundo se había ido a la mierda y a mi me tocaba resignarme y escuchar a esos cabrones, mientras la maldita mano me picaba lo que no está escrito.

-Yo creo que Dios si que existe. –Dijo uno de ellos, cambiando de tema. La cosa prometía. –Hace unos días, entré en un chalet y me encontré a una pava tremenda, con un pelazo moreno. Totalmente maquillada y con un vestidito negro que dejaba poco a la imaginación. –Dio un trago para hacer una pausa. –Sin duda fue un regalo que me hizo Dios porque ¡la tía hace poco que había muerto y todavía estaba caliente la muy zorra! Le di las gracias a “el altísimo” mientras me bajaba los pantalones y me montaba encima de mi nuevo regalo.

Mis ojos se abrieron como platos. Todos se quedaron mirándome, pero no me importaba. No podía soportarlo. No quería creer lo que me decían esos tipos.

-¿Muchacho, que te pasa? –preguntó uno de ellos.

- Os ruego me disculpen caballeros. –Conseguí balbucear. -¿Alguien siente picores en la mano o las piernas?. Todos negaron con la cabeza, extrañados ante tal incoherencia de pregunta. -Necesito… necesito tomar el aire. –Les dije. Incorporándome pesadamente.

Me adentre en el oscuro bosque y arroje hasta la primera papilla sobre el tronco de un gran árbol. Esos malditos cerdos ni siquiera tenían síntomas de la muerte dulce. ¿Cómo era posible aquello? Unas vidas llenas de depravación y salvajismo sin consecuencias. Y a mi me tocaba pagar por sus pecados, cuando lo más grave que había hecho era robarle cigarrillos a mi padre. La locura se desató dentro de mí. De pronto creí sentir la verdad oculta en todas las cosas. Cada uno es su propio Dios y aquellos hombres habían vivido sus vidas a su manera. Sin dogmas y sin ataduras. No eran unos valores muy correctos pero ¿Y si todo eso fuesen engaños y lo único que importase fuese ser fiel a uno mismo, sin engaños ni mascaras de civismo? La verdad absoluta se mostraba perturbadora en mi mente. Pero por fin lo comprendí. Sin duda, esta noche yo me convertiría en un Dios purificador de cerdos carroñeros. Sería fiel a mi mismo por una vez en mi vida y haría aquello que me pide el cuerpo.

Agarre una rama del suelo y volví junto a la fogata.

Todos se quedaron mirándome extrañados, esperando que yo hablase.

-Vosotros no merecéis una muerte dulce.

No hubo más palabras. Era todo lo que necesitaban oír. Una furia indecible se apoderó de mi cuerpo y acabé con todos ellos. Quería que sufrieran. Quizá la muerte dulce era una salvación. Quizá todos merecíamos una muerte dulce y poder elegir como morir. Tal vez algo superior nos estuviese salvando de gente como estos cerdos. Todo pasó muy deprisa. Yo solo podía escuchar el sonido de huesos que se rompen. Cuando por fin recobré la conciencia, vi que estaban esparcidos en el suelo lamentándose y llevándose las manos a algún miembro roto. Poco a poco, fui rompiéndoles las extremidades para que no pudiesen moverse  y a los que todavía conservaban la conciencia, los tumbaba de forma y manera que la cara quedase dentro de la hoguera.

Me adentré de nuevo en el bosque escuchando a lo lejos sus gemidos y gritos de agonía…

Y aquí estoy, contándole mi historia a los árboles y las estrellas que tanto me inspiraron en vida. Si existe un ente superior que nos está castigando, sin duda no quería irme de este mundo siendo castigado sin motivo alguno. Al menos le ayudé en la medida de lo posible a limpiar el planeta. No hubiese muerto a gusto pensando que se me castigaba por nada.

Un pinchazo en el pecho, me indica que ya es la hora. Que mí tiempo aquí ha concluido y debo abandonar mi cuerpo. Realmente es una muerte dulce. Un pinchazo y se acabó. Sin embargo mi alma se halla inmersa en la felicidad eterna de saberse conocedora de su misma existencia.


domingo, 19 de febrero de 2012

15-11-2012 - AMANECER DE NUEVO

 

 

 

 

15-11-2012 - AMANECER DE NUEVO 

 

 

 

 

 

 

Desperté bruscamente, estaba mareado, mi situación, era realmente extraña, allí estaba mi cuerpo en una cama rodeado de aparatos desconectados y sin vida, de mi brazo izquierdo colgaba una vía, que en otro tiempo habría sido el sitio por donde recibiría los fármacos necesarios para poder seguir existiendo, y que ahora su función era más que prescindible, con cuidado la arranqué de la vena y la deposité en un cubo donde habían restos de vendas y demás deshechos hospitalarios, me incorporé lentamente,  era todo realmente extraño no había nadie en la estancia, recorrí como pude los largos pasillos del hospital y no encontré a nadie, intenté viajar por mi memoria para recordar algo en lo que pudiera identificarme, mi nombre, mi aspecto, los hechos por los cuales fui ingresado en aquel centro hospitalario, no encontré nada, solo el vacío, solamente me llegaban preguntas, sin respuesta.

Empecé a darme cuenta de lo grave de aquella situación, hacía frío en la calle y solo llevaba puesto el liviano pijama del hospital, así que retomé los pasos y busqué algo con que aliviarme, al fin encontré un armario con varias prendas que me vendrían de maravilla para enfrentarme a mi delicada aventura, lo mismo encontré en las desangeladas calles vacías, un silencio brutal, no esperaba que ese silencio rebumbaría tanto dentro de mí, era insoportable ver los coches vacíos, las aceras desiertas, las tiendas sin su algarabía habitual, ¿que habría pasado durante mi estancia en el hospital? ¿cuanto tiempo habría estado inconsciente? un mar de dudas empezaba a taladrar mi recién cobrada consciencia, empecé a andar mas rápido que de costumbre la amplia y desértica avenida, quizás tenia miedo, el miedo te hace obrar de manera diferente, miedo ¿a que? buscaba respuestas, subí el ritmo de los pasos, esperando encontrar a alguien, algo que me diera alguna solución, pero nada ocurría,  pasaba los cruces de calles miraba a un lado y a otro y solo encontraba el devenir del gélido viento que  resecaba mi rostro, cansado me senté a reflexionar el porqué de todo aquello, y algo ocurrió, era como un lejano murmullo, que cada vez se hacia mas insistente y cercano, mi estado anímico se disparó como un resorte, el rumor se hacía evidente a cada minuto que pasaba y los latidos de mi corazón empezaron a retumbar en mi cabeza como un tambor.

No podía dar crédito a lo que se acercaba, era como una maraña inmensa, una jauría indecente de destrucción, en esa nube se amontonaban miles de perros que en otro tiempo habían estado a servicio de las personas, y ahora locos por el hambre se aprestaban a dar caza a todo aquello que estuviera a su alcance, ni que decir tiene que mi situación ahora si que había ido a peor en un cien por cien, y loco por el miedo empecé a correr todo lo que me permitían mis flojas  piernas, que no era ni mucho menos lo que yo quisiera.

Aquello pintaba muy mal, tanto que pensé por un momento acabar de otra forma mi fugaz bienvenida al mundo, acabar cuanto antes, pero el instinto de supervivencia me hacia retraerme de esa suicida idea, había que encontrar una salida de alguna forma pero ¿cual? las fuerzas empezaban a fallarme, creo que ya no podría resistir mucho más, me paré, el corazón estaba a punto de desbocarse y mis menguadas fuerzas dijeron basta, habría que resignarse a este fin, y prepararse para acabar cuanto antes, me arrodillé como el que pide clemencia, ante algo que iba a acabar con mi recién estrenada vida, algo que no entendía, que me superaba en todo momento, y me sentí frágil, mi cuerpo se volvió blando, caí de bruces encima del asfalto, y un pinchazo dentro de mi pecho alivió de algún modo mi posterior sufrimiento, porque cuando el enjambre de canes cayó sobre mí, hacía unos segundos que me había ausentado para siempre de este mundo