martes, 10 de julio de 2012

15-10-2012 - La habitación






 15/10/2012 
 La habitación

 


Por fin, después de una larga búsqueda que había comenzado en el momento en que tuve conocimiento de las alarmantes noticias acerca de la aparición del virus VMH07, pude entrar en la Habitación. Aquella que según mis intensas investigaciones debería haberme desvelado el enigma de aquel virus mortífero y su antídoto, que aún estaba por descubrir. Si mis cálculos no fallaban, yo sería el primero en conseguirlo

Creyéndome ya enfermo, decidí dedicar los últimos, quién sabe si días o semanas de mi vida, a encontrar la Habitación. Cuando por fin me encontré delante de la Puerta que daba acceso a ella, pensé que aquel difícil camino había llegado a su fin.
Muchos antes de mí lo habían intentado hasta la muerte, no habían llegado a tiempo. Sus cadáveres yacían esparcidos delante del umbral, en diferentes estados de putrefacción. ¿Sería ese también mi fatal destino? Los pocos CIU (Científicos Ingerentes Unicelulares) que aún no habían muerto hacía días que procesaban la escena del crimen para aclarar la causa de sus muertes, aunque ésta era ya para todos evidente: ellos también habrían sucumbido al virus conocido ya como el de la Muerte Dulce.

Aquella Puerta era la más robusta y hermética de las que había visto a lo largo de mis experiencias en abrir Puertas Difíciles. Mirarla desde mi posición, un metro cincuenta, la hacía aún más imponente; su altura debía sobrepasar cualquier medida conocida pues se perdía en el infinito. A ambos lados parpadeaba un gran cartel luminoso que llamaba la atención con sus colores fluorescentes verde y naranja y que se encendía y se apagaba de manera intermitente advirtiendo al intruso:

¡Solo los que resuelvan esta ecuación matemática podrán abrirla!

Cuando volví la mirada hacia abajo mis cansados ojos miopes descubrieron entonces un cartelito de plástico con una cadena que colgaba de un gancho adhesivo sobre el que estaba escrita esta ecuación:




¡Retorcida propuesta! No iba a ser tarea fácil, intuí.

Ese fue el primero de los muchos obstáculos que iba a tener que superar.
Empecé por emplear mis especializados conocimientos en API (Apertura de Puertas Imposibles) en abrir aquella: la más importante. Detrás me esperaba la solución a la incógnita que podría salvar a aquella pequeña parte de la Humanidad que aún resistía.
Miré y remiré la ecuación sin que el conjunto de aquellos pequeños caracteres tuviera significado para mí en aquel orden sorprendente. Algo se me escapaba.

Pero llegado a ese punto, después de dedicarle todas mis energías a aquella aventura final, no podía darme por vencido, pensé. Así que decidí utilizar mi última tarjeta infotecada de las tres que había tomado prestadas en mi Infoteca antes de iniciar el viaje. Una vez llegado a mi destino, ya no la necesitaría. Para mi fortuna, habían instalado junto a la Puerta el último modelo de Dispensador, el de Objetos Mágicos. Quizás si mis antecesores hubieran tenido acceso a uno de ellos no habrían corrido aquella suerte nefasta. Con la tarjeta infotecada obtuve una Libreta Mágica de la que tanto había oído hablar a mis colegas. Era el último ingenio salido al mercado para la resolución de problemas complejos de todo tipo, no solo matemáticos; aún desconocía su funcionamiento. Para conseguirla el Dispensador me exigía además sacrificar una parte de mis conocimientos: era el precio que había que pagar. La Libreta a cambio de sabiduría ¡qué difícil decisión!

Apunté cuidadosamente la ecuación en un ticket arrugado del supermercado que llevaba en el bolsillo, sin dejarme ni uno solo de aquellos signos cuyo significado se ocultaba, paradójicamente, a mi mente privilegiada, pero que salvaguardaban el secreto de aquel templo sagrado como soldados en permanente imaginaria.

La Libreta que había adquirido con aquella cualidad extraordinaria resolvería la intrincada ecuación; no sería vano mi sacrificio. Era ligera, manejable, tenía dos potentes pero minúsculos altavoces a ambos lados y entre ellos debía estar el nanodifusor de sonido porque era inapreciable a la vista humana; una espiral interminable giraba y giraba sobe sí misma en todas direcciones, activando la batería que se alimentaba con rayos ultracatólicos. Solo reconocía la voz de su propietario que registraba automáticamente con solo adquirirla. Venía acompañada de un libro de instrucciones en quince volúmenes virtuales que tuve que estudiar concienzudamente para inicianizarla. Conocer todas sus cualidades me acercaría un poco más a mi destino.
Antes de realizar esta operación por primera vez, era imprescindible introducir en sus dos discos todos los datos que solicitaba a través de su sistema de vociferación indirecta. Superada la fase de suministro de información a los discos, el unívoco y el biunívoco —el más complejo— había que pasar a inicializarlos en el punto exacto, según las indicaciones del prospecto virtual. Al cabo de varias horas de operaciones frustradas que se me hicieron interminables, deduje el dato: no existía tal punto exacto. Dejé de lado las instrucciones, pues concluí que debían pertenecer a una versión anterior de la Libreta. Ahora entendía por qué nada coincidía con la mía. Opté por la intuición, arma que se había demostrado definitivamente como la más eficaz para resolver aquel tipo de dificultades y al fin completé el procedimiento. Cada vez me sentía más cerca de mi salvación.

Tuve un momento de pánico cuando la Libreta, en una de aquellas respuestas, me dijo: “Error 45.678: voz irreconocible.” Era cierto, me había quedado una leve ronquera, consecuencia de una gripe atrapada durante el viaje. Tuve que reiniciar el sistema de vociferación indirecta.
La emoción me embargaba, por fin estaba a punto de consumar la hazaña que ningún otro hombre había logrado antes de mí. Pasé el ticket con la fórmula por el detector óptico heterodino de mi Libreta y esta me confirmó: “Leyendo con el SMDEI” (Sistema Matemático Diferencial de Ecuaciones Inteligentes). Sabía que con ese sistema era imposible que la ecuación se me resistiera, nunca me había fallado. Sin embargo, al cabo de pocos segundos me dijo: “Lectura imposible: información arrugada” Cogí de nuevo el ticket e intenté alisarlo con esmero, lo pasé de nuevo por el detector y me volvió a repetir el mensaje confirmando el inicio de la lectura. Esta vez no hubo contratiempos e inició el proceso de cálculo. Desconocía la capacidad del sistema en estos nuevos artilugios de carácter fantástico, dado que era mi primera experiencia con uno de ellos. Pero estaba cada vez más cerca.
Durante el procedimiento de descodificación de la fórmula la Libreta conectó telepáticamente con mi memoria musical e inmediatamente sonó mi ópera preferida: el Carmina Burana, en versión dirigida por Zaratustra, discípulo del virtuosísimo Friedrich Nietzsche. ¡Quedé sobrecogido! Aquella música me envolvía y me transportaba a tiempos remotos, tiempos ingenuos y crédulos. A continuación conectó con esa misma memoria, pero referida a mi sentido olfativo, y una fragancia mohosa y rancia penetró por mis pelillos nasales. El olor los erizó y me trasladó a lugares inciertos y a lejanas mujeres de la vida. Supuse que los esfuerzos de la Libreta por halagar mis sentidos debía interpretarlos como una disculpa por su tardanza. No dejaba de asombrarme el artilugio.
Sin embargo, al cabo de solo unos minutos disparó un haz de luz láser muy potente que proyectó sobre la Puerta. Al final del haz de luz iban saliendo los deseados números que resolvían la endemoniada ecuación:

              


¡Por supuesto! ¡Cómo no me había dado cuenta, era evidente, hasta un niño la habría resuelto! Sentí una cierta frustración teñida de sonrojo.
En unos segundos la luz se apagó: ¡No había tenido la precaución de anotar el resultado! ¿Y si lo había perdido para siempre?
Pero la Libreta volvió a asombrarme: inmediatamente oí un quejido prolongado y la Puerta se fue deslizando poco a poco hacia el interior. ¿Qué me aguardaba en aquel lugar que yo había concebido como aquel en que encontraría la fórmula del ansiado antídoto?
Tantos meses de espera habían ido tejiendo en mi imaginación un espejismo que al fin creí tener ante mí.
Aquel intrépido paso para la Humanidad había llegado y yo iba a ser su excepcional protagonista: cuando cesó el chirrido de los goznes herrumbrados, la Puerta de la Habitación quedó completamente abierta. Avancé temeroso sin saber cuál sería la visión que me ofrecería su interior.

Al entrar la oscuridad me cegó, solo un hilo de luz solar penetraba en la estancia a través de una claraboya del techo que apenas la iluminaba; el hilo de luz descendía en una dirección perpendicular levemente inclinada hasta el suelo y a través de él se veían millones de partículas de polvo en suspensión de los cientos de millones que ensuciaban la habitación.
¿Sería esa la luz que me revelaría la fórmula? Me situé debajo, me mantuve inmóvil y expectante unos minutos: nada. A medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, fui recorriendo la estancia buscando algo, otra puerta, algún indicio que me condujera al lugar que escondía la solución. Vano intento: era la vacuidad absoluta.
Aquello desató mi desesperación: ¡todo aquel tiempo y esfuerzos dedicados… a nada! Mis esperanzas se vinieron abajo y yo con ellas, me senté con dificultad en el suelo polvoriento y lloré con amargura.
Tuve que aceptar que mi búsqueda había sido inútil. No podría salvarme yo ni salvar a la Humanidad.

Reponiéndome por un instante a tanta pesadumbre, miré hacia la Puerta en un intento desesperado de salir para poder advertir a cualquier otro ingenuo de su gran error, pero ya estaba clausurada para siempre. Con ella se cerraba también la posibilidad de revelar mi desolador testimonio: había errado el camino; este solo llevaba a un callejón sin salida.
Es esa certidumbre la que me ha llevado a dejar constancia escrita de mi experiencia antes de morir y pasarla por debajo de la Puerta, confiando en que alguien recoja este testigo y pueda entregar mi negativa experiencia a la Humanidad.


4 comentarios:

  1. Vale la pena una excepción y un esfuerzo: GRACIAS, José Vte.
    Un beso

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  2. Vale la pena una excepción y un esfuerzo: GRACIAS, José Vte.
    Un beso

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  3. la matemáticas no es una ciencia exacta y tengo como demostrarlo,
    en fin, tu también lo haces, y muy bien
    saludos

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  4. Marta que relato tan completo. Tiene de todo, imaginación, elementos, escenario, suspenso y muy buena definición final.
    Es extenso pero se deja leer de un tirón, la verdad me parece un relato de una calidad inmejorable.
    Te felicito!!!
    Un abrazo.

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