lunes, 3 de septiembre de 2012

07/10/2012 - Sentir la muerte dulce







07/10/2012 - Sentir la muerte dulce
 






Era consciente de que la muerte dulce llamaría a su puerta, pero lejos de pensar en un triste final, sentía que era un alivio arrebujarse entre sus brazos, rodearse de ese misterio que representa el vacío, el eterno silencio, la nada y dejarse llevar definitivamente hacía la serenidad.

Repasaba mentalmente sus últimos meses,  reteniendo el recuerdo de las personas que le habían acompañado; quería despedirse de todos y de cada uno de ellos, porque empezaba a sentir un cansancio extremo. En su estudio, frente al ordenador, su lugar habitual, testigo de su ingenuidad, recorría en pensamiento la lista de esa buena gente con la que había disfrutado.

Recordó a sus jóvenes seguidores que lavaban la ropa en la lavadora de los sueños, a su amiga de unir puentes solidarios entre los más desfavorecidos, recorrió la granja de Villarochel sintiendo el gorgorito de aves queridas revoloteando a su alrededor; recordó el hablar familiar llano y sencillo de aquella mujer viajera, madura y sensata, de la que aprendió a comerse el tiempo para que no fuera a escaparse, sin darse cuenta, como se escapa apresuradamente la vida; recordó aquel cobijo en donde se refugió con palabras bien escritas que la apoyaron cuando las necesitó; viajó con su mente sobre el mar, posando su mirada en aquel faro, cuya luz serena le había iluminado en momentos oscuros; suspiró recordando al hombre sensible que cada día escribía mejor y el eco de sus palabras cuando no quería que nada le salpicara y entorpeciera  en el camino a  esa colina de sueños; sonrió pensando en los buenos momentos pasados con aquella vital mujer y sus esotéricos pensamientos, que le habían hecho reflexionar sobre el destino o la casualidad; recordó los escritos sinceros de quien estuvo a su lado en momentos difíciles.

Retenía sosegadamente los bellos instantes vividos, cuando de pronto... palideció. Se vio en la cuneta como un fardo envuelto en papel de desprecio y desaire, en ese mismo instante se abrió la puerta de su estudio.... Venían para llevarse todo el material informático: ordenadores, disco duro, impresora, accesorios, etc., porque había prometido finalizar esa etapa virtual para dedicarse a otras actividades. 

Sintió paz en el silencio, calma en la nada.

Cerró los ojos y se abrazó a esta muerte dulce que tanto había deseado para liberarse de ataduras inútiles y estériles.


martes, 21 de agosto de 2012

12/10/2012 - Claustrofobia







    12/10/2012 - Claustrofobia





¡El hombre, no se lo podía creer!. Quería salir de su pequeño utilitario, pero por mucho que empujaba, no se abría ninguna puerta. Lo intentaba una y otra vez y nada. Rompería los cristales, si estos no bajaban, con las manos o con los zapatos. Nada. Le entró un sudor frío que le empujaba a una velocidad de vértigo hacia el desespero, directamente al abismo. Los otros coches, que como él estaban atrapados en aquel atasco de tráfico en una calle de salida de la ciudad, lo miraban con la indeferencia, con que se mira al vecino de al lado: de soslayo. Las señoras conductoras, muy puestas en su papel de señoras estresadas, por la familia y el trabajo, seguían hablando por teléfono mientras repasaban con la mirada el aspecto de sus manos y el maquillaje de su cara en el espejo retrovisor. Los hombres casi siempre con papeles, revisando quietos sus asuntos, sus papeles, sus periódicos...

Incluso en aquella escapada masiva provocada por un enemigo desconocido e invisible, cada cual iba centrado en sus propios asuntos y preocupaciones.

Todos parecían no darse cuenta de nada y tampoco sospechaban que aquel hombre, atrapado dentro de su vehículo, luchaba con todas sus fuerzas para que le vieran. El tiempo pasaba. El atasco no se disolvía y nadie se movía. Todos sin pestañear eran completamente ajenos a la gran angustia de aquel hombre atrapado y medio ahogado.

Pronto se dio cuenta de que ya no lo veían, habían desaparecido de su vista y él tampoco podía mirarlos a ellos. El vaho de su propia respiración ya no le dejaba ver nada con claridad. Y esto le aturdía más y más. Cada vez más. No podía  chillar y ya no veía a nadie para pedir auxilio. Solo se trataba de que abriesen la puerta desde fuera, pero no lo sabían ni nadie se percató de la situación. Ni al tocar insistentemente el claxon, solo recibió que protestas con más pitadas, hasta que agotó la batería. El miedo se adueñó de él. Se encontraba desvalido. Luchaba contra todos los elementos y contra su propio miedo. Se sentía perdido, solo en el mundo y abandonado a su suerte. Ya no quedaba nada donde aferrarse. Nada.

Cerró los ojos, quería descansar un poco. Si, si eso, descansar. Enseguida se dio cuenta que lo conseguiría, en un lugar que hasta entonces no había atinado. 
Bajo la cabeza hasta los pedales del acelerador y el embrague. Ya le empezaba a entrar por una pequeña rotura de la junta de goma el aire fresco de la playa, aquella playa desierta que hacia tanto tiempo soñaba. Y allí estaba ¡¡¡Santo Dios que felicidad!!! Era el goce supremo que por fin empezaba a tocar con la punta de  los dedos.

Aportación de Montserrat Sala del blog Refexións en veu alta


domingo, 5 de agosto de 2012

Cuando acabe todo

Poema para un Apocalipsis

 Cuando acabe todo


Cuando acabe todo lo que conocemos,
y el todo sea la nada perdida en la nada,
la soledad disuelta en cenizas,
el vacío intangible de la no existencia.
Cuando ya no tenga sentido la vida,
ni el poder, ni el más fuerte, ni el futuro, ni el éxito.
Y nos quede tan solo un instante fugaz
en el que aferrarnos a lo que más queremos
y apretarlo tan fuerte contra nuestro pecho
que apenas quede espacio para ese frío suspiro
que nos arranca el alma y hace dulce la muerte.
Cuando acabe todo lo que conocemos,
quedaremos tú y yo para siempre

miércoles, 1 de agosto de 2012

24/09/2012 - La última mirada



 



24/09/2012
 La última mirada


 



Hacía semanas que no salían a la calle para evitar el contagio, habían adquirido todo lo necesario para poder atrincherarse en el departamento desde que se habían enterado de la expansión del virus VMH-07.
Las noticias eran cada día más nefastas. En la ciudad ya casi no quedaba gente con vida, los hospitales estaban cerrados, habían desbordado de pacientes que a pesar de los esfuerzos habían fallecido y que, sin saberlo ni quererlo, habían infectado a todos los que se habían cruzado en su camino.
Pero ahora por fin había llegado el momento.
La noche anterior su mujer  había pasado por un infierno de dolor, pero las contracciones más fuertes habían sido esa mañana.
Este era el día que habían esperado toda su vida. Les había costado tanto poder engendrar a ese hijo que cuando su mujer le dijo que estaba embarazada pensaron que había sido un milagro. Después de tantos años de tratamientos, estudios y medicaciones, cuando al fin se habían dado por vencidos, ocurrió lo inesperado.
Los primeros tres meses habían permanecido callados, mirándose todos los días llenos de miedos, sin decir casi nada. Como si el mundo fuera de algodón. Después del cuarto mes se relajaron y le dieron a todos la noticia. Y  luego cada día había sido un nuevo descubrimiento para los dos. Cada ultrasonido, cada monitoreo se había convertido en un acontecimiento.
Cuando empezó la locura del virus, y aunque todavía no se conocían bien las razones ni los riesgos, habían decidido suspender todo, no arriesgarse ni un minuto más a contagiarse  y tener el bebé en casa.
Esa mañana cuando las contracciones de su esposa le indicaron que ya era el momento preparó la cama con sábanas limpias, agua, desinfectante y pinzas para cortar el cordón. Ya habían practicado el procedimiento miles de veces y estaba listo.
El parto fue rápido, el bebé salió a la vida de una disparada, sin desgarros ni desarreglos. Así como asomó a la vida, lo tomó entre los brazos, lo limpió con una toalla húmeda,  le cortó el cordón y se lo puso a su esposa en el pecho.
Menos mal que el obstetra no se había equivocado con la fecha del nacimiento.  No le quedaba mucho tiempo más. No se resignaba a  perderse la oportunidad de verle la cara a su hijo y tampoco de poder disfrutarlo al menos por esas horas que le quedaban.  El día anterior había sentido  un cosquilleo que le recorría las piernas y las manos, sabía lo que se le anunciaba, pero no dijo nada, era demasiado tarde para dar la mala noticia, si él estaba infectado todos en su hogar también lo estaban. La muerte dulce ya estaba cerca.  Evidentemente el virus se había fortalecido en todo ese tiempo y ya no respetaba ni siquiera a los que se habían mantenido aislados.
Cuando terminó de limpiar todo, se recostó al lado de su esposa que con los ojos empañados le mostró sus manos adormecidas. Ella también había sentido los síntomas desde el día anterior y no se había animado a decir nada. Se abrazaron en silencio y dejaron correr las lágrimas. Después los rodeó el silencio.
Ambos posaron sus ojos en los ojos de su hijo,  que acurrucado sobre el pecho de su mamá ya respiraba con dificultad,  y  esperaron. Hasta sentir como  la muerte se hacía dulce por el amor reflejado en esa última mirada.

domingo, 29 de julio de 2012

25/09/2012 - Día de mi Lúgubre Jubilación




 

25/09/2012 
 Día de mi Lúgubre Jubilación




  

Es increíble como ha pasado todo, en tan poco tiempo como ha ido acelerándose la marcha de los míos, amigos y familiares... ¿y porque yo no?, me pregunto... ¿cuando me llegará la hora del ataque a mi metabolismo?

Cuando mis hijos y nietos decidieron irse a la Ribera Maya a disfrutar de todos los encantos que allí ofrece aquella tierra, sentí como si algo por dentro se me rompiera; les pregunté el porque de esa decisión, ¿porque tan lejos? aquí en España había muchísimas bellas playas y montañas donde podrían disfrutar de la naturaleza viva...los niños eran muy pequeños aún y quizás no lo recordarían pasados unos años...pero se fueron, se fueron con la ilusión de vivir aventuras nuevas con la naturaleza salvaje de aquellas lejanas tierras que,  aunque mancilladas por la mano del hombre, aún ofrecían algo de lo ancestrales que siempre fueron... y se bañaron entre tortugas y delfines, en aquellas playas paradisíacas mejicanas donde parece que nada puede pasar, pero si, claro que pasa, los terremotos son muy frecuentes allí, por las placas tectónicas cercanas que hacen cambiar la faz de la tierra. Pero la maldición estaba ya echada...no con sus terremotos y volcanes, sino con ese virus letal que estaba acabando con el mundo entero... y ellos mis hijos, no lo sabían, Vivian en su mundo "feliz" y se fueron en busca de más felicidad, las distracciones y las visiones de otros mundos más naturales que el que tenían aquí, trabajando desde que comienza el día, hasta que cae la tarde, recogiendo y llevando a sus hijos del colegio a las actividades y vuelta a empezar, un mundo esclavizado por mantener una calidad de vida, que me pregunto si lo será, aunque ellos lo vivan felizmente.

Y lo consiguieron, si, consiguieron ver esas realidades de otros mundos diferentes, dentro del mismo mundo, porque yo pienso que solo tenemos un mundo, no hay terceros mundos porque sean más pobres que los llamados del primer mundo...y ahí está la respuesta...todos somos del mismo mundo, pobres y ricos, sanos y enfermos, ante una amenaza mortal como la que estamos padeciendo.
Sus muertes allí, según me contaron las autoridades que quedaban vivas, fueron de las más dulces, abrazados en la playa les sorprendió la muerte, todos y cada uno de mi amada familia dejaron allí sus vidas, en aquella tierra en donde la maldición Maya se estaba resarciendo de su pronóstico necrófilo...quien pensaría que iba a sobrevenir la antigua maldición Maya, por un virus y no por el cataclismo natural de volcanes y maremotos.

No me pesa no poder haberles visto, los recuerdo tal como eran, alegres, inocentes, con aquel toque de felicidad inconsciente de que se rodeaban. Yo cada día me debilito más, pero no sé porque no acaba ya mi naturaleza de "doblar" ante tanta destrucción; a mi perro le pasa lo que a mi, debe ser su fiel naturaleza hacia mi persona... vamos vagando lánguidamente por los caminos, viendo el panorama cruento del que nadie escapa; ¿porque tengo que durar yo más que mis hijos? y ¿porque a mi perro no le ha pasado ya, al igual que a otros animales?...¡¡ahggg, me ahogo, no respiro ¡¡ ya llega por fin mi muerte, creo... me abrazo a mi perro que estaba mientras escribía estas letras a mis pies y noto que su cuerpo esta tan solo tibio... que alegría ya me llega el fin, y al menos me llega junto al más fiel hijo animal, que me ha concedido la naturaleza ... y
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Veinticinco de septiembre de dos mil doce. Día de mi Lúgubre Jubilación.


miércoles, 25 de julio de 2012

18/09/2012 - Feliz cumpleaños


  

       18/09/2012 - Feliz cumpleaños





 
Hoy cumplo cuarenta y tengo la certeza de que es mi último cumpleaños.

No puedo decir que me siento feliz porque no sería cierto pero sí he decidido celebrarlo. Daré una fiesta en  mi casa esta noche, nada multitudinario ni ostentoso aunque bien pudiera haberlo hecho, de poco me van a servir ya los ahorros que tengo en el banco o el plan de pensiones.

Estaremos en familia: mi marido, mis hijos, nos acompañarán mis padres, vendrán también mis hermanos con sus parejas, mi sobrina… pobrecilla, apenas hace unos meses que empezó a vivir… y algunos amigos, los más cercanos; otros ya no viven para poder acompañarme hoy, el maldito virus VMH-07 los infectó y acabó con sus vidas dejándonos una amarga sensación de impotencia, se fueron sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo.

Ha sido una cena muy agradable, tranquila y divertida, sin tensiones familiares ni malos rollos.

La noche transcurrió rememorando anécdotas de cuando éramos pequeños y recordando buenos momentos; nos hemos reído, nos hemos abrazado y, por unas horas, he conseguido que olvidaran que nuestros días estaban contados.

Saqué la tarta de la nevera, de selva negra, mi favorita y unas botellas de cava.
Brindamos por el pasado, no tenía sentido hacerlo por el futuro.

A la mañana siguiente hallaron nuestros cadáveres. Después de todo tuvimos una muerte dulce, puse el veneno en la tarta,  nadie lo notó; lo más duro fue darle ese biberón letal a la niña, se me saltaban las lágrimas mientras lo hacía, solo yo sabía que  era el último que tomaba.
Decidí por todos, es cierto, pero no me arrepiento; yo ya estaba infectada,  el contagio era inevitable.

En nuestro último aliento permanecimos juntos y fuimos felices..
 

jueves, 19 de julio de 2012

07/11/2012 - El sobre secreto



Los jueves relato: La curiosidad...


      07/11/2012 - El sobre secreto



 



Nos conocemos desde hace más de quince años, el tiempo que llevamos trabajando juntos. Él, Emil, es… mejor dicho… era mi jefe, yo, su fiel empleado. Nada más. La realidad más evidente es que, a pesar de los años trascurridos, apenas nos conocemos. Todos estos años nos hemos tratado con corrección y respeto, pero sin ningún atisbo de amistad que pudiera romper la relación laboral. Emil siempre lo dejó bien claro desde el principio y así lo mantuvo siempre. 

El ejemplo más claro de la falta de confianza entre nosotros se ha dado durante los últimos meses. Todos los días Emil abría la caja fuerte que se encuentra en su despacho y, tras recoger el sobre que había colocado el día anterior, colocaba uno nuevo. Al principio era de vez en cuando, pero pronto fue a diario. Así todos los días, sin faltar ninguno, recogía el viejo, lo destruía  y depositaba el nuevo, lo curioso es que no siempre lo llevaba él encima, a veces lo traían y otras salían misteriosamente de algún cajón. Al principio no le di importancia, me parecía el juego absurdo de un viejo inútil, pero con el discurrir de las semanas, y al ver que el continuo cambio de sobres no cesaba, empecé a pensar que algún gran secreto se traía entre manos. Pensé en amantes y en sobres de dinero negro, también que quizás querría despedirme y estaba recopilando nombres de candidatos, pero rápidamente lo fui descartando todo, nada de aquello tenía sentido. Esos sobres secretos tenían que contener algo muy importante y sin duda ilegal. Nuestra pequeña empresa se dedicaba a la coordinación de transporte logístico entre países. Si, algo de eso debería de ser. La cuestión es que poco a poco se fue apoderando de mí una enorme curiosidad, que yo mismo sentía que se estaba convirtiendo en patológica. Nunca le pregunté directamente por el contenido de esos sobres, Emil era muy estricto en este asunto y no me hubiera permitido semejante intromisión en su privacidad. Más de una vez me lo había dejado bien claro, pero mi intriga iba más y más en aumento y ya era algo que difícilmente podía controlar.

Cuando al poco tiempo se empezó a rumorear que una siniestra plaga en forma de virus se extendía inexorablemente por el planeta, llegué a la conclusión de que en esos sobres estaría la clave de la enfermedad, y quizás de la curación. Busqué las mil y una formas de hacerme con la combinación de la caja fuerte. Le espiaba, intentaba ver el movimiento de sus dedos al pulsar las teclas, aprovechando sus ausencias probé cientos de combinaciones, pero todo fue inútil. Finalmente tuve claro que únicamente me quedaba una solución.
Ahora Emil esta sentado en la silla de su despacho, el cuerpo reposa inclinado sobre su mesa y encima de sus brazos se acomoda su cabeza, pareciera que ha decidido tomarse un descanso, pero en realidad está muerto, un hilillo de sangre resbala desde su sien hasta el suelo y un gran charco ha empezado a formarse inundando parte del suelo.

Rápidamente me puse manos a la obra. Tenía que hacerme con la combinación y acceder al sobre como fuera. Busqué por toda la oficina, en cajones y armarios, entre los libros, incluso entre sus propias ropas algo que me diera alguna pista sobre la clave, pero todo fue inútil. La impaciencia y la intriga me consumían, entonces recordé esos chismes de láser verde que permiten ver las huellas marcadas. Busqué por toda la ciudad alguna tienda que los tuviera. La ventaja de vivir en una ciudad fantasma y devastada era que todos los comercios estaban accesibles para coger todo lo que uno quisiera, la desventaja consistía en que yo no era ningún experto en cuestiones tecnológicas y prácticamente no había nadie a quien preguntar. Finalmente lo encontré. Al pasarlo por la tableta de dígitos de la caja comprobé con horror que todas las teclas estaban marcadas casi por igual. El despreciable de Emil probablemente cambiaba la cifra cada poco. Creí morirme, pero me negué a desistir. En la combinación de esos números estaba sin duda la clave y el acceso al conocimiento para la curación de la Muerte Dulce.

Empezando por el número 1 y de manera metódica y ordenada empecé a probar combinaciones posibles. Ahora llevo treinta y dos horas probando infinidad de variantes numéricas. No he comido, ni he dormido, tengo los dedos entumecidos y la cabeza embotada, pero ahora ya es algo más que paranoica curiosidad, ahora me va en ello la vida, hace más de quince horas que he comenzado a tener los síntomas que llevan a la inevitable muerte dulce. El cosquilleo en manos y pies empiezan a ser casi insoportables... ¡Un momento!, ¡he escuchado un clic! Si… la caja por fin se ha abierto, río a carcajadas entre saltos de alegría, estoy tan frenético que a punto estoy de resbalarme con el charco de sangre que inunda la habitación, pero lo conseguí y eso es lo que importa. ¡Ahora si que estoy seguro de que me voy a curar! Miro entre la enorme pila de folios llenos de números la anotación de la combinación que la ha abierto: 7,2,9,6,3... ¡¡¡no me lo puedo creer!!! el muy canalla no tuvo mejor idea que colocar la fecha de mi propio nacimiento. Ahora más que nunca, me alegro de que esté muerto. ¡Que se joda!, no se merecía otra cosa.

Con cuidado, el que me permiten mis temblorosas manos, cojo el sobre y, con toda la meticulosidad de que soy capaz, lo abro. El corazón parece que me va a estallar, pero aun me quedan ocho horas para que eso ocurra y quizás la solución la tenga en mis propias manos.
Abro el sobre. En su interior hay únicamente una hoja, está escrita de puño y letra por Emil, dando un profundo suspiro empiezo a leer:

“¡Diantres Dominic, te ha costado! Si estás leyendo esta carta significa que finalmente has conseguido abrir la caja fuerte y que yo estoy muerto. Como es improbable que haya sido a consecuencia del virus de la muerte dulce, eso significa que tú mismo me has matado. No te preocupes, lo esperaba. Hace ya varias semanas que el sobre que coloco tiene este mismo mensaje. El otro, el que de verdad te interesa, ese que te hace rumiar despierto, ese que te está consumiendo de dudas, ese que piensas que te puede ayudar a librarte de la plaga mortal. Ese sobre hace ya varias semanas que dejé de colocarlo aquí. Ya no era necesario. Fue el mismo día que me diagnosticaron un cáncer de hueso que acabará conmigo de una manera dolorosa en cuestión de meses. Pronto no habrá ni médicos ni nadie que me ayude a aliviarlos. Por eso, consciente de tu estupidez y de tu avaricia, me inventé este juego del sobre, sabiendo que tarde o temprano te dejarías llevar por tu intrigante curiosidad y acabarías conmigo.
Sin duda nos veremos en muy poco tiempo. Si es en la Puerta de San Pedro nos saludaremos como viejos conocidos y lo celebraremos, si es en la entrada del Infierno, maldeciremos nuestro destino. Pero si nuestros caminos son los opuestos, veré la manera de mandarte un querubín o algún ángel de la oscuridad para que te de conocimiento del contenido real del sobre que tanto te ha intrigado todas estas semanas. Si nada de todo esto existe… lo siento mucho por ti. Adiós Dominic”

Emil Hubs

Ahora, sentado aquí en el frío suelo y con la carta estrujada entre mis manos, sólo espero el final. Únicamente tengo un deseo, que no exista un después. No podría soportar su risa por toda la eternidad.

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